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Esas cosas que parecen pedazos de teja

paisaje campestre Salazar Herrera

En Costa Rica tenemos muy arraigada la idílica imagen de la casa campesina construida con bloques de adobe y techada con hermosas tejas de barro de color rojizo. De hecho, hace un tiempo el historiador de arte Carlos Francisco Echeverría escribió sobre esto en el suplemento Áncora del periódico La Nación.
En tiempos coloniales, y hasta hace unas décadas, estas casas dominaban el paisaje rural-campesino costarricense. Los terremotos, la prohibición de usar adobe en los sistemas constructivos y  la introducción de otros materiales como el cemento, el hierro y las láminas de zinc, entre otras razones, han llevado a la casi desaparición de este tipo de arquitectura de herencia hispana.

De las casas de adobe ha quedado algo en la memoria costarricense, aparte de la nostalgia. Ese algo es el color rojizo de las tejas que curiosamente se ha convertido en una amenaza, y en un pretexto, para destruir el patrimonio arqueológico de origen precolombino. Pero, ¿por qué son una amenaza? Por la sencilla razón de que se usa “el pensar que eran tejas” para justificar que no sabían que esas “cosas rojizas que estaban dispersas por el suelo” eran fragmentos de viejas vasijas de barro de tiempos precolombinos.

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Detalle de un techo de teja antigua.

A diferencia de las tejas, los fragmentos cerámicos precolombinos  son patrimonio nacional y están protegidos por la ley y por convenciones internacionales. Estos fragmentos junto con otros materiales de piedra, hueso, concha, maderas carbonizadas, entre otros, son componentes de los sitios arqueológicos precolombinos.

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En muchos casos la confusión entre teja y fragmento cerámico precolombino es falsa porque es fácil diferenciar un fragmento de teja por su color rojizo uniforme y su grosor. La teja no tiene pintura, ni decoraciones, ni formas mas allá de la que su funcionalidad le otorga. Foto: I.Quintanilla.

Confundir restos de tejas con restos precolombinos puede parecer inocente; sin embargo, tiene graves repercusiones sobre el patrimonio arqueológico de Costa Rica. Las   “tejas” no tienen  valor patrimonial salvo que formen parte de una estructura declarada patrimonio histórico-arquitectónico según la ley 7555. Los fragmentos cerámicos que parecen “tejas“, son los indicios principales en muchos sitios arqueológicos y son la clave para identificarlos y protegerlos.

Con el argumento de la “teja“, o el “no sabíamos que eso era indígena y antiguo y patrimonio nacional” se destruyen a diario, parcial o completamente, muchos sitios arqueológicos en Costa Rica. Esta destrucción, tristemente, es irreversible y significa una gran perdida patrimonial.

En Costa Rica no existe educación sobre el patrimonio arqueológico. Existe una lejanía emocional y un desarraigo sobre el pasado y la historia que representa. Esto implica que la cultura material vinculada a ese pasado no constituye un elemento reconocible fuera del ámbito de los museos. Esta es una las razones por las que la mayoría de las veces se argumenta el desconocimiento cuando se dan casos de destrucción de sitios arqueológicos.

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Con el patrimonio arqueológico gran parte de la población actúa como si fueran niños. Alegan ignorancia; alegan que nadie los educó para reconocer estos restos; alegan que de por sí son pedazos. Y, aunque duela reconocerlo, es cierto que se han dedicado pocos esfuerzos para crear conciencia y empatía sobre lo que representan esos restos.

En Costa Rica tenemos un problema muy serio con el pasado: la mayoría de las personas no se reconocen en él. Los restos del pasado son apreciados si tienen valor económico o si están completos. Si no los puedo coleccionar, ni vender o apropiarme de ellos, tampoco tienen valor.

Este desapego hacia el pasado se vuelve más crítico en el caso de los sitios arqueológicos ubicados en zonas donde se desarrollan proyectos de infraestructura. Si ya no hay un valor emocional individual o colectivo, muchos menos lo hay en casos de proyectos en los que predomina el valor económico y la rentabilidad. Es muy poco probable que vayan a detener las máquinas para no destruir.

Por otra parte, destruir sitios arqueológicos sale muy barato. Casi que es mas grave tener colecciones arqueológicas ilegales que pasar maquinaria pesada y arrasar un sitio arqueológico. Si se pone una denuncia penal existe la figura de la conciliación y con dar equipo al Museo Nacional, pintar una escuela o pagar un equivalente económico a lo destruido se evita ir a juicio y recibir una sanción judicial.

Si décadas atrás el saqueo y el huaquerismo eran la principal amenaza del patrimonio arqueológico de Costa Rica, hoy la principal amenaza son los tractores, los desarrolladores de proyectos y quienes alegan que “solo son pedazos” . Cada sitio arqueológico destruido es memoria borrada. Cada sitio arqueológico negado por ser “solo pedazos” es también la negación de una parte de la historia antigua; una historia que parece lejana pero que es nuestra y de otros. Una historia que no tenemos derecho a destruir

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Enlace al artículo de Carlos Francisco Echeverría en el Suplemento Ancora de La Nación

https://www.nacion.com/ancora/como-la-casa-se-ha-ganado-un-espacio-privilegiado/MTBXCSDM5NGCJKKJUE3WHPSNKY/story/

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Sobre el arte de sanar una esfera de piedra

Las piedras se enferman. Aunque son materiales inorgánicos, las piedras sufren por los cambios bruscos de temperatura, por el crecimiento de microorganismos, por el fuego, por el maltrato humano y de la naturaleza. Por eso se enferman.

Las piedras, que son viejas de por sí, envejecen y se deterioran; pierden capas, se fragmentan, se disgregan, cambian y a veces se vuelven otras. La lluvia, el sol, la nieve, los sismos, el paso del tiempo…Todo afecta de una u otra manera a las piedras y, en gran medida, gracias a eso tenemos arena en el mar, suelos, cuevas, montañas y muchas cosas hermosas y útiles.

Las rocas han sido parte fundamental de nuestra vida. Foto: Diego Matarrita.

Aunque ahora las piedras nos parecen lejanas y solo útiles para decorar o construir, ellas siempre han estado vinculadas a nosotros. De la piedra salieron las primeras herramientas para cortar, para cazar, para abrir claros en el bosque, para construir viviendas, para prender fuego y procesar alimentos.

De la piedra también salieron armas, muchas letales y efectivas para producir dolor y muerte. Las piedras han sido mucho, y casi todo, en buena parte de la historia de la humanidad.

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Puñal de piedra. Colección Museo del Jade y la cultura precolombina. Foto: Diego Matarrita.

En tiempos recientes hemos ido abandonando a las piedras y cada vez estamos mas lejos de ellas. Por eso no las percibimos cercanas y hasta hablamos de ellas como insensibles, sin alma, sin ser.

Sin embargo, hay piedras que tienen alma, que tienen un ser. Estas rocas con alma son aquellas que han sido escogidas para plasmar pensamientos e ideas; aquellas que fueron transformadas en útiles que sirvieron para dar o quitar vida. Son aquellas rocas que han eternizado el pensamiento y las capacidades humanas.

En el mundo de la piedra transformada hay un grupo al que le he dedicado buena parte de mi vida. Son las esculturas de tiempos precolombinos fabricadas y usadas en el Diquís. Mas que estudiarlas, mi relación con ellas ha sido de cercanía familiar. Esta cercanía, especialmente con las esferas de piedra, me ha permitido sentir su deterioro, los riesgos y peligros por su exposición a las condiciones medioambientales y al des-cuido humano.

La vida de las esferas en el trópico húmedo es una historia de resistencia permanente. Esferas de Bahía Ballena, Osa.

Desde 1991, año en que inicié mis investigaciones en el delta del Diquís, empezó mi vínculo emocional con las esferas de piedra. Encontrar algunas de ellas en su lugar original; ver el estado de abandono y darme cuenta que eran invisibles en la arqueología y en la protección patrimonial, generaron en mí un compromiso que no tuve anteriormente con otros objetos.

Desde entonces, siendo funcionaria del Museo Nacional de Costa Rica y luego como arqueóloga independiente, he mantenido la preocupación constante por las esferas. Preocupación que en algunos casos se convirtió en dolor, en sentimiento de culpa y en frustración.

Esfera del sitio arqueológico El Silencio en el 2009.

Uno de mis mayores dolores, desde que la encontré en 1991, ha sido la esfera del sitio El Silencio. Esta es la más grande de todas. Tiene un diámetro de dos metros con sesenta y seis centímetros y su peso se calcula en 24 toneladas. Es la esfera emblema. La madre-esfera.

A pesar de haber sido fabricada en un sólido bloque de roca ígnea (granodiorita, según los análisis especializados), esta esfera estaba muy deteriorada desde que la encontramos. Este deterioro se fue acrecentando con el tiempo hasta convertirse en una real amenaza de perdida total de su superficie esculpida.

Esfera del sitio arqueológico El Silencio en el 2015. Foto: Diego Matarrita.

La esfera de El Silencio- evocador nombre dado desde tiempos inmemoriales al lugar donde se encuentra- ha sufrido mucho. En 1991, en sus alrededores hacían quemas para sembrar arroz y otros alimentos. Por el fuego y su misma composición geológica fue debilitándose y perdiendo capas (laminaciones o exfoliaciones) que amenazaban su forma escultórica.

Estaba agrietada, y por la exposición a la intemperie y a los cambios bruscos de temperatura la pérdida de capas se fue haciendo mas pronunciada a lo largo del tiempo. Además, por el clima tropical crecían múltiples microorganismos sobre ella que de una otra manera la afectaban. El deterioro parecía no tener fin.

En junio del 2014, el sitio arqueológico El Silencio y su esfera emblema fueron incluidos en la declaratoria de los Asentamientos precolombinos cacicales con esferas de piedra del Diquís como patrimonio mundial de la UNESCO. Este sitio y otros tres mas (Finca 6, Batambal y Grijalba) fueron reconocidos como parte del patrimonio de la humanidad. Esto cambió su suerte.

Al convertirse el sitio El Silencio en parte del patrimonio mundial sucedió algo muy importante: había que garantizar la conservación de los bienes patrimoniales incluidos en la declaratoria. Esta responsabilidad era una tarea del estado costarricense, pero ayudar en la conservación de los mismos, también era responsabilidad de los países miembros de la UNESCO.

Gracias a esta declaratoria, el Museo Nacional de Costa Rica -ente estatal encargado de administrar este sitio de patrimonio mundial- buscó colaboración internacional para atender la restauración y la conservación de la esfera del sitio El Silencio. Esta colaboración la encontró en México, un país con una larga y probada trayectoria en conservación del patrimonio arqueológico.

Después un proceso de estudio y documentación de tres años que permitió hacer un diagnóstico y definir los tratamientos, en abril del 2019 un equipo de especialistas inició la restauración de la esfera.

La esfera enferma iba a ser sanada y tratada de acuerdo a los protocolos internacionales. La roca dañada sería intervenida y sus enfermedades y achaques curados o mitigados.

La Dra. Isabel Medina, experta en restauración y conservación, junto a Javier Fallas y Alfredo Duncan del Museo Nacional de Costa Rica retocan los sectores restaurados de la esfera de El Silencio. Foto Diego Matarrita

El conocimiento experto de la Dra. Isabel Medina, arqueóloga y especialista en restauración y conservación, dio la pauta para llevar adelante el proceso de restauración de la esfera de El Silencio. Ella, junto con un equipo de especialistas del Museo Nacional de Costa Rica y con el apoyo de otras instituciones tuvieron la responsabilidad de restaurarla y sanarla.

Alfredo Duncan y Javier Fallas en labores de restitución cromática de los sectores restaurados de la esfera de El Silencio. Foto: Diego Matarrita.

Después de limpiarla y eliminarle los microorganismos y la suciedad que la cubrían, empezaron a sanar sus heridas, a rellenar los puntos débiles con una mezcla de cal y arena previamente probada y a pegar fragmentos desprendidos. Ya curada, le hicieron retoques de pintura (restitución cromática) para que la mezcla de cal y arena adherida no contrastara con el acabado natural.

A lo largo de un mes de trabajo, la esfera del sitio El Silencio y el empedrado de cantos rodados que está asociada a ella fueron intervenidos. Por primera vez se hacía un trabajo integral de restauración de una esfera conservada en su lugar original.

A mitad de mayo, cuando ya casi estaban por acabar el proceso de restauración pedí permiso para visitar el sitio y documentar parte del proceso. Entrevisté a la Dra. Medina y le pedí que nos dejará filmar su explicación del proceso. En el video adjunto podrán escucharla. Diego Matarrita, quien me acompañó a la gira fue quien lo grabó y lo editó.

El proceso de restauración de la esfera de piedra del El silencio tuvo gran cobertura mediática. Diversos medios de comunicación nacionales e internacionales informaron sobre el mismo. Fue todo un acontecimiento en la arqueología nacional.

Para mí, la restauración de la esfera de El Silencio constituyó un alivio y, en cierta medida, una liberación. Verla reparada y atendida como a una enferma que merecía un trato especial me dio mucha alegría.

Esfera del sitio El Silencio días después del proceso de restauración. Foto: I Quintanilla.

Yo inicié este blog en el 2012 y lo llamé “El Drama de las esferas“. Lo llamé así en gran medida por el drama de la esfera de El Silencio y sus enfermedades no atendidas. Hoy una parte de ese drama se ha subsanado, sin embargo quedan muchas esferas, muchos sitios arqueológicos necesitados de atención, cuido y conservación. La tarea no ha terminado.

Las esculturas de piedra llevan el alma de quienes la labraron, de la época y de las motivaciones con las que fueron hechas.  Cargan con el paso del tiempo. Es nuestra responsabilidad cuidarlas y garantizar que esa alma siga viva.

=======================================================================Mas información en el siguiente enlace:

p://www.museocostarica.go.cr/boletin/entrevistas/461-profesionales-de-costa-rica-y-méxico-se-unen-para-conservar-y-restaurar-la-esfera-de-piedra-precolombina-más-grande-del-pa%C3%ADs.html#sthash.OjDFn4V8.dpbs

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Un pasado que estorba

He estado reflexionando sobre mi trabajo como arqueóloga, sobre lo que hacemos estudiando, buscando cosas del pasado. Como siempre, volví a entrar en crisis. ¿Al servicio de quién trabajamos? ¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿A quién le importa eso que llamamos historia?

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Encontrar restos arqueológicos para muchos propietarios es como si la peste negra le hubiera caído.

He llegado a una conclusión -ya otra gente lo dijo antes- y es que somos parte del proceso inacabado de colonización. Quizá me equivoque, pero uno de los campos donde mas se visibiliza la violencia y la negación del mundo indígena es en la práctica de la arqueología.

La arqueología, escudada en la ciencia, en un marco legal y en un proyecto de nación, ha sido una herramienta de despojo, de negación de derechos, de irrespeto y de apropiación indebida. El museo, como institución que da sentido a la arqueología, ha sido el lugar donde se materializa esa apropiación y donde se despoja al mundo indígena de su mundo material al convertir eso en patrimonio de la nación; un patrimonio anónimo, un patrimonio que necesita ser cuidado, al igual que “nuestros indígenas“.

Es licito pensar que sin los museos toda ese mundo material antiguo habría desaparecido, o habría sido subsumido por la mercantilización de esos restos. Es innegable. Sin embargo, si hay algo cierto es que desde los museos, desde la academia y desde el poder se define qué, cómo, cuándo y quién recoge, investiga, protege, libera, valora y decide sobre esos restos del pasado.

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Incomodos pedazos que fácilmente se logran desaparecer con una buena maquinaria.

El proyecto de estado-nación en Costa Rica ha usado el pasado, la historia antigua, de acuerdo a sus intereses. El pasado solo es eso, es pasado, y por lo tanto, no tiene relación con el presente ni con el futuro, salvo por el invento que no termina de cuajar de la “identidad nacional“. La identidad nacional ha diluido, ha desaparecido, ha renegado de las otras identidades. Por eso, para la mayoría de los costarricenses, los restos del pasado solo son restos, solo son cosas para guardar en el museo, para ver de vez en cuando, para consumir como producto dentro de la oferta cultural.

Hace unos años, me reuní con un diputado progresista de la Asamblea Legislativa. Le estuve explicando sobre la necesidad de una nueva ley sobre el patrimonio arqueológico, le comenté sobre la indefensión del patrimonio, sobre la necesidad de trascender el enfoque actual de protección centrado en los objetos… en fin, trataba de convencerlo de que se apuntara en la elaboración de una nueva ley y que se comprometiera con el patrimonio nacional. Después de escucharme un buen rato, se movió en su silla, levantó los brazos y me dijo: pero Ifigenia, ¡que desgracia es encontrar un sitio arqueológico dentro de la propiedad¡ se lo digo yo que soy finquero. ¡Que desgracia!

Ha pasado el tiempo y no deja de darme vuelta en la cabeza eso que me dijo el diputado… ¡Que desgracia es encontrar un sitio arqueológico en mi propiedad! ¿Por qué es una desgracia? ¿Por qué, para la mayoría de costarricenses, un hallazgo arqueológico en su propiedad o en propiedades del mismo Estado, es casi una maldición?

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El perro es inconsciente y no repara sobre lo que representa eso sobre lo que orina. Mucha de la destrucción de los sitios arqueológicos es realizada por personas conscientes, estudiadas y económicamente pudientes.

Cada vez que aparece un sitio arqueológico en una propiedad donde planean construir alguna obra, los propietarios o los desarrolladores lo consideran una “desgracia” . ¿Por qué nuestra propiedad y en las vecinas no? ¿Por qué a nosotros si y los que construyeron a la par no?

Nada como evadir los estudios arqueológicos; nada como saltarse la débil ley hecha para no castigar; nada como una buena maquinaria que arrase con todo.

En estos días una asociación de desarrollo local salió al paso de la desgracia que le tocó y que le trastocaba su megalómano proyecto. Para eso están los tractores, para eso están las influencias. Dentro de poco, podrán inaugurar con toda la pompa del mundo el moderno edificio comunal con nombre huetar. Vergüenza les debería de dar usar un nombre indígena de manera tan indigna.

El pasado, ¿a quién le importa?

 

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Extraño personaje de piedra con bastones y serpientes

Actualmente tenemos una visión muy simple sobre los especialistas en el mundo indígena. Mucha gente habla sobre chamanes o sukias para referirse a las personas dedicadas a la medicina tradicional y a las labores relacionadas con el mundo espiritual. También se habla de los caciques para designar a quienes ocupan un rol importante en términos políticos y económicos. Sin embargo, el mundo de los especialistas indígenas y sus roles en la organización política, económica y social ha sido, y es, mucho mas compleja de lo que pensamos.

Ayer leí un artículo que escribió la antropóloga María Eugenia Bozzolli donde habla sobre los cargos tradicionales entre los indígenas bribris. El artículo se llama La posición social entre los especialistas en la medicina aborigen de Talamanca y es un interesante texto donde explica los diferentes cargos y su relación con la jerarquía social. Habla sobre los seis tipos de cargos conocidos ( Useköl, Jtösköl, BLu’, Awá, BikakLa, y Óköm), los procesos de aprendizaje por el que pasan para acceder a estos cargos, sus rasgos característicos y cómo se diferencian en sus tareas uno del otro.

Antonio Saldaña (izquierda) fue rey de Talamanca por 30 años.
Antonio Saldaña, último “rey” de Talamanca con un bastón en su mano y un colgante con águilas de oro.

 Un elemento muy relevante de lo que menciona doña María Eugenia es el uso de bastones por algunos de ellos, especialmente los de mayor rango. El uso de bastones es algo universal en términos de la materialización de poder y los especialistas talamanqueños no son la excepción en su uso.

Entre los talamanqueños, los bastones son objetos eminentemente masculinos. Hechos de madera por ellos mismos, muchas veces son pintados y usados como portadores de relatos o de atrapador de seres como los que provocan las enfermedades. Los bastones ayudan a los especialistas en sus prácticas rituales y los acompañan a donde van denotando su cargo.

En el mundo talamanqueño existe un estrecho vínculo entre los bastones que llevan en sus manos los especialistas y las serpientes. Estos objetos no se pueden poner en el suelo porque se convierten en serpientes peligrosas que causan daño. Sobre esto existen varias historias que los etnógrafos, como doña María Eugenia, han recopilado y que son el sustento de la cosmovisiçon bribri y cabécar,

Después de leer el artícuo de doña María Eugenia me acordé de una de las esculturas del Diquís que mas me ha impresionado. Aquí les comparto fotos de ellas.

Esta escultura forma parte de la extraordinaria colección de objetos que resguarda el Museo Nacional de Costa Rica en sus depósitos. No tiene datos de procedencia precisos, pero está registrada como del Diquís.

Su cabeza es redondeada y no tiene pelo. El rostro es una mezcla de humano y de saurio o felino. Tiene grandes y notorios dientes y boca; sus labios son gruesos y están claramente marcados. Probablemente tuvo colmillos pero esa parte de la boca se perdió antiguamente.

Este personaje tiene orejas que son inexpresivas cabezas humanas hechas mediante un prominente alto-relieve.

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De su cabeza, en la parte dorsal, y como si fuera una cesta por la larga banda que lo rodea, cuelga un ser humano con los piernas hacia arriba. Las piernas semi-dobladas se apoyan sobre la cabeza del personaje. La cabeza del ser colgado, que es desproporcionadamente grande, se apoya en la espalda del cargador.

Está escultura parece corresponder a un cazador con su presa: una presa humana que cuelga mientras él sostiene los bastones /serpientes en sus manos. Probablemente corresponda a un personaje mítico del que no sabemos nada, porque esta tradición escultórica no tiene un correlato etnográfico.

Esta escultura es muy  singular aparte de sus características formales por otras dos cosas. Una de ellas es que tiene restos de pigmentos de color crema y rojo lo que indica que estuvo pintada. Además, en la parte de la cara que perdió hicieron un retoque para afinar los puntos angulosos de la fractura. Esto indica que la escultura se siguió usando a pesar de “haberse dañado“.

No podemos interpretar esta escultura del Diquís dentro del contexto etnográfico bribri o cabécar de la Cordillera de Talamanca. Sabemos que las cosmovisiones indígenas del sur de Centroamérica tienen un sustrato común y por eso podemos relacionarlas. Es muy probable que esta práctica de uso de bastones y la simbología de las serpientes corresponda a una antigua cosmovisión que los talamanqueños todavía mantienen.

En el delta del Diquís tenemos objetos de piedra que nos recuerdan lo que pudo haber sido esa cosmovisión. Esta escultura es un buen recordatorio y una muestra de la piedra domesticada mediante el trabajo escultórico que nos dice cosas del pasado que nos llegan fragmentadas. Por suerte, doña María Eugenia con su trabajo nos ayuda a entender mejor este pasado.

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Nota: el artículo que menciono de doña María Eugenia Bozzoli está publicado en el libro: La mirada antropológica de María Eugenia Bozzoli 1960-1985. Editorial UNED. 2015. Este libro contiene diversas publicaciones de ella que fueron recopilados por Olga Echeverría y Margarita Bolaños en un esfuerzo por poner a disposición de todos la obra  de la gran pionera de la antropología de Costa Rica. Los invito a que lo adquieran y disfruten y aprendan del aporte de esta gran señora.
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¿Quién paga los platos rotos? Acerca del pago por el rescate arqueológico

Crecí en la arqueología escuchando y viviendo las palabras “rescate arqueológico“. Mi primer trabajo fue en un rescate: había que recuperar, salvar e investigar el sitio Aguacaliente en vista de que iban a construir una urbanización. En esos años -1983- todavía no había una ley del ambiente, ni una Secretaria Técnica Nacional Ambiental (SETENA).

El Monumento Nacional Guayabo fue hasta hace poco el único sitio arqueológico de uso público. No ha sido política cultural de Costa Rica investigar, conservar y hacer de uso público los sitios arqueológicos. Foto: I.Quintanilla.

Había una ley que sigue estando vigente -la 6703- que dice que hay que avisar al Museo Nacional de Costa Rica cuando se encuentre un sitio arqueológico. El MNCR tiene 10 días para decidir qué hacer con ese sitio, especialmente si está en riesgo por saqueo o por obras de infraestructura. Casi siempre, cuando se determina que hay “riesgo de destrucción” se hace un rescate arqueológico.

Pero, ¿qué es un rescate, un salvamento arqueológico? Un rescate se hace a través de una serie de operaciones de campo orientadas a recuperar la evidencia cultural en riesgo. Se ejecuta por medio de excavaciones en las que se recolecta la mayor cantidad de material arqueológico, se documentan los distintos contextos y al final se da el visto bueno para cubrir o para arrasar el terreno. En unos pocos casos se dejan sectores en “reserva” que no pueden ser afectados.

A mediados de los años 90 del siglo pasado se aprobó la Ley del ambiente y se creó la SETENA. Sin que desde la arqueología se hubiera pedido, se incluyó la variable arqueológica en los novedosos estudios de impacto ambiental. El desarrollador tendría que pagar por los estudios y la SETENA aprobaría la viabilidad del proyecto a partir de la información técnica proporcionada por distintos especialistas.

Muchos sitios arqueológico de Costa Rica tienen a los fragmentos cerámicos como su principal indicador.

Por primera vez, iríamos antes que los tractores. Por primera vez se pedía opinión técnica sobre el valor de un sitio arqueológico y se sgeneraban medidas para investigarlo, protegerlo -si era el caso- y para recuperar los restos sin la presión de máquinas, obreros e ingenieros.

Desde 1996 hasta la fecha, o sea desde hace 20 años, se han aprobado cientos o quizá miles de proyectos de infraestructura a lo largo y ancho del país. No sé decir en este momento cuántos sitios arqueológicos se han localizado. Tampoco sabría decir cuántos se salvaron, o cuántos han sido rescatados. Eso es tema de estudio para una tesis doctoral.

Lo que si sé es que a lo largo de estos años el patrimonio arqueológico de Costa Rica se ha salvado sacrificándolo. Suena a tragedia griega, y lo es. No griega, pero si tragedia en el sentido de que gran parte de lo que se ha investigado ha sido a costa de extraer para “liberar“.

Liberar“. La palabra que muchos evitan pero que está latente en todo lo que gira alrededor de las inspecciones, evaluaciones o rescates arqueológicos. Liberamos para que se puedan desarrollar los proyectos de desarrollo. Liberamos para no limitar la propiedad privada. “Liberamos”, o nos liberamos del patrimonio arqueológico. Limpiamos el suelo de restos; limpiamos el pasado para que otros construyan un presente y un futuro.

Supongo que estoy en crisis existencial. Sé que si quiero hacer arqueología de campo también tengo que ir a liberar. Cual trágica Ifigenia, en lugar de sacrificar a los extranjeros que llegan a la isla, debo ser participe del sacrificio patrimonial. Y eso duele.

Por mucho tiempo hemos estado convencidos de que por lo menos llegamos antes. Estamos convencidos de que por lo menos las empresas o las instituciones de gobierno pagan para que salvemos el patrimonio. Estamos convencidos de que con guardar lo que recogemos es suficiente.

¿Es suficiente?

No… no es suficiente. Al contrario: ya es momento de decir ¡basta! Basta de entregar, basta de fragmentar el patrimonio; basta de destruir lo que no es nuestro bajo la legitimidad profesional y un marco legal al servicio de un modelo económico depredador.

Cada día los depósitos del Museo Nacional aumentan. Cajas y cajas de patrimonio salvado, rescatado. Cajas y cajas con restos de pueblos, de gente, de cosas de esa gente. Cajas que son cuidadas, numeradas y mantenidas mediante nuevos rituales de cuido y devoción profesional.

Cada día hay mas informes técnicos; cada día hay mas información. Proporcional a ese aumento es la perdida de sitios arqueológicos. Sitios que ya nunca más volverán a ser. Lugares habitados, ocupados, creados, construidos, pensados, adaptados que ya dejan de ser espacios con sustancia social e histórica para convertirse en esqueletos vacíos de los que quedan solo las piedras.

Sin conservación in situ, con demarcación de “reservas arqueológicas” sin marco legal para protegerlas y ponerlas en valor, sin mecanismos para un seguimiento a mediano y largo plazo. ¿Qué estamos haciendo? ¿Somos mejores que los antiguos saqueadores? ¿Estamos realmente protegiendo, investigando y poniendo en valor la historia antigua? O, ¿no será que el sistema nos convirtió en técnicos especializados en la limpieza/vaciamiento del patrimonio?

Sé que desde la academia o pseudo-academia muchos se lavarán las manos diciendo que no hacen “arqueología gris“. Que no están en función del sistema. Pero ¿es así? Todos somos participes de este sacrificio. Por mirar hacia otro lado; por complicidad; por lucro; por negligencia; por egoísmo; por falta de visión; por creer que cumplen lo que la ley dice.

¿Quién paga el sacrificio patrimonial? ¿Porqué nos importa tan poco lo que estamos haciendo? ¿Por qué los desarrolladores contratan a arqueólogos baratos? ¿Por qué los arqueólogos se abaratan?¿Por qué piden descuentos para quitar de ahí lo que les obstaculiza sus proyectos? ¿Por qué tanta complacencia y tan poco interés en ir más allá, en buscar nuevas manera de hacer arqueología?

Proteger no es extraer para guardar. No puede significar despojo para las comunidades locales. No puede ser solo escribir un informe, catalogar los objetos y almacenarlos. Se necesita comunicar lo estudiado, mostrar la importancia de los hallazgos, socializar el conocimiento generado por esos estudios.

Debemos pensar y analizar lo que estamos haciendo con ese legado antiguo. Nada nos da legitimidad para ser sus depredadores. Y esto no es problema de los arqueólogos: no es un problema gremial. Esto es problema de un país sin memoria, que niega su historia indígena. Si la historia indígena nos importara como país, como parte de la historia nuestra y de la humanidad quizá actuáramos de manera diferente.

Creo que en última instancia seguimos en el proceso colonizador. Seguimos borrando la historia profunda que no es otra que la historia indígena. La metemos en cajas o exhibimos las piezas bonitas y estamos felices y orgullosos de ello.

Creo que ya es momento de decir ¡basta!, ¡suficiente! ¡paremos! ¡pensemos! no tenemos derecho a seguir haciendo lo que hacemos con eso que llamamos patrimonio arqueológico nacional.

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Una arqueóloga ajena al espectáculo

El acto más esperado y mas concurrido del pasado Festival de las Esferas fue el concierto de inauguración con el grupo musical Los Ajenos como estrellas. Supongo que sus éxitos musicales Pamela Chu Pamela y Me vale un Cu generaron gritos, risas y alegría entre la gran multitud que se concentró en el parque de Palmar Sur el viernes pasado. Yo no los escuché. No quise. Me fui a tomar una cerveza lejos del ruido, de las luces y para no ver.

Festival de las Esferas 1
Las esferas como protagonistas en una noche de concierto en el Parque de Palmar Sur. Sirvieron como posa botellas, para subirse y ver mejor a Los Ajenos. Fueron mas ajenas que Los Ajenos.

A veces es mejor no ver. Es mejor evitar. ¿Para qué? La voz exhaltada del locutor que amenizaba el concierto antes de la presentación de Los Ajenos me empujó a huir. Sus repetitivas palabras llamando a agradecer al alcalde de Osa el logro de haber traído al Festival de las Esferas a este popular grupo me invitaron a no estar ahí. No por el alcalde -él es un político y hace su trabajo- sino por el contexto, por el lugar, por las esferas perdidas entre la multitud, porque lo que estaba ocurriendo ahí no tenía nada que ver con el patrimonio arqueológico, con su revalorización, con la historia, con nada de lo que me había llevado a colaborar con ese festival. 

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Parte de la experiencia y del recuerdo de la visita al parque de Palmar Sur es fotografiarse junto a esta esfera. Es hermosa; es casi perfecta, mide cerca de 150 cm de diámetro, tiene una superficie pulida. En el pasado festival fue excluida del espectáculo. Supongo que casi nadie se fotografió junto a ella. Foto: I. Quintanilla.

Entiendo a los organizadores. Entiendo que quieran congregar gente. Entiendo que quieran alegrar el patrimonio. Entiendo que se hayan esforzado en no traer aburridos espectáculos culturales. Les respeto que las conferencias las dejen para entre semana. Comprendo que no promocionen los tours a ver los sitios con esferas con la misma vehemencia que lo hacen con la clásica carrera Las Esferas o con los grupos musicales. 

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Estudiantes del Colegio Técnico Profesional de Osa en la gira para conocer las esferas de cerca. Foto: Carolina Arias.

Lo que no entiendo es cómo entienden los organizadores las esferas y lo que representan. Lo que no entiendo es porqué un festival orientado a la revalorización del patrimonio cultural, de fortalecimiento de la identidad local, de reconocimiento hacia los pueblos indígenas y su gran aporte a la historia colectiva, se vaya convirtiendo en la suma de actos sin contenido ni coherencia.

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La gestión del patrimonio arqueológico requiere sensibilidad, sutileza y coherencia. Quizá esto le esté faltando a los organizadores del Festival de las Esferas de Osa. Foto: Carolina Arias.

Yo tengo un problema. Me invitan a un lugar a hablar sobre las esferas, sobre arqueología o patrimonio cultural y voy. Con comida o sin comida; con buen hospedaje o durmiendo en un camastro; con transporte o sin él. Siempre acepto las invitaciones. Casi nunca, o mas bien nunca, recibiendo pago alguno mas que el agradecimiento de algunas personas.

Aunque mi papá se enojaba por esta tontería mía, siempre he justificado que hay que hacerlo por responsabilidad profesional y por amor a lo que hago. Sin embargo, mi pasada colaboración con el Festival de las Esferas ha sido como una bofetada.  He chocado con mi espejo y me he visto estando en un no lugar; me he visto bailando en un baile que no era para mí, ni para lo que yo hago.

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La visita a Olla Cero a conocer los bloques de piedra como los que se pudieron haber usado para hacer esferas siempre es una grata experiencia. Aquí el grupo que participó en el recorrido.

Fui al festival porque me invitaron los encargados de la parte educativa. Di una conferencia el viernes al mediodía a 15 estudiantes sobre la biografía de los objetos y la escultura en piedra del Diquís. También ofrecí una visita guiada el sábado por la mañana a un grupo de 15 personas que quisieron conocer los secretos de las esferas. Como siempre, fue una grata experiencia compartir mi conocimiento y sentir que hay interés y ganas de saber y conocer más.

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En el recorrido sensorial pudimos sentir, tocar, ver, rodear, escuchar, percibir, aprender y hasta danzar alrededor de las esferas. Eso también es divertido.

Antes de venirme del festival, de regreso a mi casa, llevé las facturas con los gastos de alimentación a los organizadores. ¿Por qué lo hice? Sabía que no lo habían presupuestado y que solo comprometía a quienes se las entregara. La mirada de desconcierto de la coordinadora al verlas -no porque había comido caviar ni nada por el estilo, si no por el simple hecho de cobrar mi alimentación y parte del transporte- me confirmó que no estaba dentro de los planes de los organizadores pagar por mis gastos.

Sé que a Los Ajenos no les faltó la cerveza que pidieron, ni los jugos, ni los chocolates. Mucho menos les faltó el pago por su hora y media de espectáculo. Entonces, ¿por qué hubo una mirada de asombro por las facturas de la comida de la arqueóloga especialista? ¿Por qué no pueden pensar que los que estudiamos eso que les da prestigio como comunidad, de eso de lo que ahora se sirven los políticos, también tiene un valor? ¿Es que mas bien, en mi caso como arqueóloga independiente, debo pagar por estar ahí?

Sabía que mi participación era secundaria. Que ser especialista en el tema no significaba nada. Que compartir y transmitir mi conocimiento sobre el tema principal del festival no podía competir con Los Ajenos ni con ningún otro espectáculo. Que putada, ¿no? Aun así, fui e hice lo que me comprometí hacer.

Soy ajena al poder; soy ajena al mundo del espectáculo. Soy invisible y estoy ausente para los políticos de turno. Pero tengo una voz y un blog. Y como dirían esos catalanes de quienes aprendí a no callar: Perdoneu, pero algú debia de dir-ho. Y ese algú, soy yo, sin pedir perdón.

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Gracias a Carolina Arias que me llevó en su carro y tomó las fotos; a Fito Guevara que me acompañó en el recorrido sensorial e hizo danzar a las chicas del colegio alrededor de las esferas. Gracias al Brunka Lodge que me dio cama para dormir. Gracias al antropólogo Carlos Morales, educador del Museo Nacional. Espero que no tenga que pagar mis facturas.