¿Quién paga los platos rotos? Acerca del pago por el rescate arqueológico

Crecí en la arqueología escuchando y viviendo las palabras “rescate arqueológico“. Mi primer trabajo fue en un rescate: había que recuperar, salvar, investigar el sitio Aguacaliente en vista de que iban a construir una urbanización. En esos años todavía no había una ley del ambiente, ni una Secretaria Técnica Nacional Ambiental (SETENA).

Había una ley que sigue estando vigente -la 6703- que dice que hay que avisar al Museo Nacional de Costa Rica cuando se encuentre un sitio arqueológico. El MNCR tiene 10 días para decidir qué hacer con ese sitio, especialmente si está en riesgo por saqueo o por obras de infraestructura. Y casi siempre, cuando hay “riesgo” se termina en un rescate arqueológico.

Pero, ¿qué es un rescate? Es una serie de operaciones de campo orientadas a recuperar la evidencia cultural. Se ejecuta por medio de excavaciones en las que se recolecta la mayor cantidad de material arqueológico, se documentan los distintos contextos y al final se da el visto bueno para cubrir o para arrasar el terreno. En unos pocos casos se dejan sectores en “reserva” que no pueden ser afectados.

A mediados de los años 90 del siglo pasado se aprobó la ley del ambiente y se creó la SETENA. Sin que desde la arqueología se hubiera pedido, se incluyó la variable arqueológica en los novedosos estudios de impacto ambiental. El desarrollador tendría que pagar por los estudios y la SETENA aprobaría la viabilidad del proyecto a partir de la información técnica proporcionada por distintos especialistas.

Por primera vez, iríamos antes que los tractores. Por primera vez se pedía opinión técnica sobre el valor de un sitio arqueológico y se generaban medidas para investigarlo, protegerlo -si era el caso- y para recuperar los restos sin la presión de máquinas, obreros e ingenieros.

Desde 1996 hasta la fecha, o sea desde hace 20 años, se han aprobado cientos o quizá miles de proyectos de infraestructura a lo largo y ancho del país. No sé decir en este momento cuántos sitios arqueológicos se han localizado. Tampoco sabría decir cuántos se salvaron, o cuántos han sido rescatados. Eso es tema de estudio para una tesis doctoral.

Lo que si sé es que a lo largo de estos años el patrimonio arqueológico de Costa Rica se ha salvado sacrificándolo. Suena a tragedia griega, y lo es. No griega, pero si tragedia en el sentido de que gran parte de lo que se ha investigado ha sido a costa de extraer para “liberar“.

Liberar“. La palabra que muchos evitan pero que está latente en todo lo que gira alrededor de las inspecciones, evaluaciones o rescates arqueológicos. Liberamos para que se puedan desarrollar los proyectos de desarrollo. Liberamos para no limitar la propiedad privada. “Liberamos”, o nos liberamos del patrimonio arqueológico. Limpiamos el suelo de restos; limpiamos el pasado para que otros construyan un presente y un futuro.

Supongo que estoy en crisis existencial. Sé que si quiero hacer arqueología de campo también tengo que ir a liberar. Cual trágica Ifigenia, en lugar de sacrificar a los extranjeros que llegan a la isla, debo ser participe del sacrificio patrimonial. Y eso duele.

Por mucho tiempo hemos estado convencidos de que por lo menos llegamos antes. Estamos convencidos de que por lo menos las empresas o las instituciones de gobierno pagan para que salvemos el patrimonio. Estamos convencidos de que con guardar lo que recogemos es suficiente.

¿Es suficiente?

No… no es suficiente. Al contrario: ya es momento de decir ¡basta! Basta de entregar, basta de fragmentar el patrimonio; basta de destruir lo que no es nuestro bajo la legitimidad profesional y un marco legal al servicio de un modelo económico depredador.

Cada día los depósitos del Museo Nacional aumentan. Cajas y cajas de patrimonio salvado, rescatado. Cajas y cajas con restos de pueblos, de gente, de cosas de esa gente. Cajas que son cuidadas, numeradas y mantenidas mediante nuevos rituales de cuido y devoción profesional.

Cada día hay mas informes técnicos; cada día hay mas información. Proporcional a ese aumento es la perdida de sitios arqueológicos. Sitios que ya nunca más volverán a ser. Lugares habitados, ocupados, creados, construidos, pensados, adaptados que ya dejan de ser espacios con sustancia social e histórica para convertirse en esqueletos vacíos de los que quedan solo las piedras.

Sin conservación in situ, con demarcación de “reservas arqueológicas” sin marco legal para protegerlas y ponerlas en valor, sin mecanismos para un seguimiento a mediano y largo plazo. ¿Qué estamos haciendo? ¿Somos mejores que los antiguos saqueadores? ¿Estamos realmente protegiendo, investigando y poniendo en valor la historia antigua? O, ¿no será que el sistema nos convirtió en técnicos especializados en la limpieza/vaciamiento del patrimonio?

Sé que desde la academia o pseudo-academia muchos se lavarán las manos diciendo que no hacen “arqueología gris“. Que no están en función del sistema. Pero ¿es así? Todos somos participes de este sacrificio. Por mirar hacia otro lado; por complicidad; por lucro; por negligencia; por egoísmo; por falta de visión; por creer que cumplen lo que la ley dice.

¿Quién paga el sacrificio patrimonial? ¿Porqué nos importa tan poco lo que estamos haciendo? ¿Por qué los desarrolladores contratan a arqueólogos baratos? ¿Por qué los arqueólogos se abaratan?¿Por qué piden descuentos para quitar de ahí lo que les obstaculiza sus proyectos? ¿Por qué tanta complacencia y tan poco interés en ir más allá, en buscar nuevas manera de hacer arqueología?

El rol del museo como templo y de los arqueólogos como sumos sacerdotes del patrimonio ya tiene los días contados en Costa Rica. O debería de tenerlos. Proteger no es extraer para guardar. No puede significar despojo para las comunidades locales. No puede ser solo escribir un informe y catalogar. No puede ser no comunicar lo estudiado.

Debemos pensar y analizar lo que estamos haciendo con ese legado antiguo. Nada nos da legitimidad para ser sus depredadores. Y esto no es problema de los arqueólogos: no es un problema gremial. Esto es problema de un país sin memoria, que niega su historia indígena. Si la historia indígena nos importara como país, como parte de la historia nuestra y de la humanidad quizá actuáramos de manera diferente.

Creo que en última instancia seguimos en el proceso colonizador. Seguimos borrando la historia profunda que no es otra que la historia indígena. La metemos en cajas o exhibimos las piezas bonitas y estamos felices y orgullosos de ello.

Creo que ya es momento de decir ¡basta!, ¡suficiente! ¡paremos! ¡pensemos! no tenemos derecho a seguir haciendo lo que hacemos con eso que llamamos patrimonio arqueológico nacional.

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