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Esas cosas que parecen pedazos de teja

paisaje campestre Salazar Herrera

En Costa Rica tenemos muy arraigada la idílica imagen de la casa campesina construida con bloques de adobe y techada con hermosas tejas de barro de color rojizo. De hecho, hace un tiempo el historiador de arte Carlos Francisco Echeverría escribió sobre esto en el suplemento Áncora del periódico La Nación.
En tiempos coloniales, y hasta hace unas décadas, estas casas dominaban el paisaje rural-campesino costarricense. Los terremotos, la prohibición de usar adobe en los sistemas constructivos y  la introducción de otros materiales como el cemento, el hierro y las láminas de zinc, entre otras razones, han llevado a la casi desaparición de este tipo de arquitectura de herencia hispana.

De las casas de adobe ha quedado algo en la memoria costarricense, aparte de la nostalgia. Ese algo es el color rojizo de las tejas que curiosamente se ha convertido en una amenaza, y en un pretexto, para destruir el patrimonio arqueológico de origen precolombino. Pero, ¿por qué son una amenaza? Por la sencilla razón de que se usa “el pensar que eran tejas” para justificar que no sabían que esas “cosas rojizas que estaban dispersas por el suelo” eran fragmentos de viejas vasijas de barro de tiempos precolombinos.

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Detalle de un techo de teja antigua.

A diferencia de las tejas, los fragmentos cerámicos precolombinos  son patrimonio nacional y están protegidos por la ley y por convenciones internacionales. Estos fragmentos junto con otros materiales de piedra, hueso, concha, maderas carbonizadas, entre otros, son componentes de los sitios arqueológicos precolombinos.

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En muchos casos la confusión entre teja y fragmento cerámico precolombino es falsa porque es fácil diferenciar un fragmento de teja por su color rojizo uniforme y su grosor. La teja no tiene pintura, ni decoraciones, ni formas mas allá de la que su funcionalidad le otorga. Foto: I.Quintanilla.

Confundir restos de tejas con restos precolombinos puede parecer inocente; sin embargo, tiene graves repercusiones sobre el patrimonio arqueológico de Costa Rica. Las   “tejas” no tienen  valor patrimonial salvo que formen parte de una estructura declarada patrimonio histórico-arquitectónico según la ley 7555. Los fragmentos cerámicos que parecen “tejas“, son los indicios principales en muchos sitios arqueológicos y son la clave para identificarlos y protegerlos.

Con el argumento de la “teja“, o el “no sabíamos que eso era indígena y antiguo y patrimonio nacional” se destruyen a diario, parcial o completamente, muchos sitios arqueológicos en Costa Rica. Esta destrucción, tristemente, es irreversible y significa una gran perdida patrimonial.

En Costa Rica no existe educación sobre el patrimonio arqueológico. Existe una lejanía emocional y un desarraigo sobre el pasado y la historia que representa. Esto implica que la cultura material vinculada a ese pasado no constituye un elemento reconocible fuera del ámbito de los museos. Esta es una las razones por las que la mayoría de las veces se argumenta el desconocimiento cuando se dan casos de destrucción de sitios arqueológicos.

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Con el patrimonio arqueológico gran parte de la población actúa como si fueran niños. Alegan ignorancia; alegan que nadie los educó para reconocer estos restos; alegan que de por sí son pedazos. Y, aunque duela reconocerlo, es cierto que se han dedicado pocos esfuerzos para crear conciencia y empatía sobre lo que representan esos restos.

En Costa Rica tenemos un problema muy serio con el pasado: la mayoría de las personas no se reconocen en él. Los restos del pasado son apreciados si tienen valor económico o si están completos. Si no los puedo coleccionar, ni vender o apropiarme de ellos, tampoco tienen valor.

Este desapego hacia el pasado se vuelve más crítico en el caso de los sitios arqueológicos ubicados en zonas donde se desarrollan proyectos de infraestructura. Si ya no hay un valor emocional individual o colectivo, muchos menos lo hay en casos de proyectos en los que predomina el valor económico y la rentabilidad. Es muy poco probable que vayan a detener las máquinas para no destruir.

Por otra parte, destruir sitios arqueológicos sale muy barato. Casi que es mas grave tener colecciones arqueológicas ilegales que pasar maquinaria pesada y arrasar un sitio arqueológico. Si se pone una denuncia penal existe la figura de la conciliación y con dar equipo al Museo Nacional, pintar una escuela o pagar un equivalente económico a lo destruido se evita ir a juicio y recibir una sanción judicial.

Si décadas atrás el saqueo y el huaquerismo eran la principal amenaza del patrimonio arqueológico de Costa Rica, hoy la principal amenaza son los tractores, los desarrolladores de proyectos y quienes alegan que “solo son pedazos” . Cada sitio arqueológico destruido es memoria borrada. Cada sitio arqueológico negado por ser “solo pedazos” es también la negación de una parte de la historia antigua; una historia que parece lejana pero que es nuestra y de otros. Una historia que no tenemos derecho a destruir

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Enlace al artículo de Carlos Francisco Echeverría en el Suplemento Ancora de La Nación

https://www.nacion.com/ancora/como-la-casa-se-ha-ganado-un-espacio-privilegiado/MTBXCSDM5NGCJKKJUE3WHPSNKY/story/

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Las esferas pintadas de Pejibaye de Pérez Zeledón

Durante  muchos años fue una práctica común en Costa Rica decorar los jardines de las casas, los parques públicos o la parte frontal de los templos católicos o las instituciones públicas con esferas de piedra precolombinas. Eran esferas extraídas de sitios arqueológicos del sur del país que, sin ningún cuidado ni control científico, eran sacadas de sus lugares originales.

Las esferas se convirtieron en elementos decorativos, sin valor científico ni patrimonial y sin significación histórica. Ubicadas en un nuevo paisaje y en otro contexto social e histórico, quedaban sujetas a las decisiones de sus nuevos poseedores.

En su nueva vida, muchas de estas esferas fueron a sometidas a nuevos sentidos estéticos y a nuevas formas de presentación pública.

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Esfera extraída de algún sitio arqueológico ubicado en las antiguas fincas bananeras de Palmar Sur y que hoy día está situada en el parque de Sierpe, Osa. Foto: Diego Matarrita.

Hace varios años visité el pueblo de Pejibaye de Pérez Zeledón para estudiar un conjunto de esferas precolombinas. Cuando llegué al centro del pueblo me encontré con  la sorpresa de cuatro esferas colocadas en las esquinas de la plaza de fútbol, todas ellas pintadas de color verde con rosado.

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Esfera precolombina pintada a tono con un monolito que sostiene una placa conmemorativa moderna. Plaza de deportes de Pejibaye, Pérez Zeledón. Foto: I. Quintanilla

Ellas, a tono con las bancas y otras obras de la plaza, habían perdido su identidad indígena y su cualidad de piedra labrada en tiempos antiguos. Ahora eran nuevas y coloridas esferas, irreconocibles a menos que alguien le dijera a una que eran de manufactura precolombina y que habían sido halladas en las cercanías.

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Pejibaye se ubica en un hermoso valle del interior de la cordillera Costeña. Esfera ubicada en una de las esquinas de la plaza del pueblo. Foto: I. Quintanilla

Es probable que la motivación de pintar las esferas en Pejibaye haya tenido relación con el hecho de que esas esferas fueron fabricadas en roca arenisca. Quizá les parecían feas, poco acabadas, sin brillo, o puede que haya sido un asunto estético, tan común en el campo costarricense, donde gustaban, y gustan, las cosas pintadas con colores llamativos.

El  actual pueblo de Pejibaye está asentado sobre dos sitios arqueológicos –Tenorio y Pejibaye– registrados en los años noventa el siglo pasado, pero que han sido poco estudiados. Estos dos sitios arqueológicos son antiguos asentamientos indígenas de hace por lo menos 1500 años. Ahí se han registrado once esferas de piedra junto con montículos artificiales, cerámica y otros restos culturales.

Un aspecto muy relevante de la zona de Pejibaye es la considerable cantidad de esferas registradas. Esto es especialmente relevante porque es un pequeño valle de la cordillera Costeña y no un sitio principal del delta del Diquís, que es donde se han documentado los mayores conjuntos de esferas dentro de un mismo yacimiento.

Otro aspecto significativo del hallazgo de esferas en la zona de Pejibaye es que nueve de ellas fueron fabricadas en arenisca, que es un tipo de roca sedimentaria de grano fino, medio o grueso que difícilmente adquiere brillo y que se deteriora con relativa facilidad.

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Esfera fabricada en arenisca, un tipo de roca sedimentaria poco utilizada en la fabricación de esferas precolombinas. Esfera ubicada en la iglesia del pueblo de Pejibaye, Pérez Zeledón. Foto: I.Quintanilla.

Los registros de esferas precolombinas fabricadas en roca sedimentaria, como las areniscas de Pejibaye, son escasos. De hecho, las nueve de  Pejibaye son un caso especial, ya que la mayoría de las esferas del Diquís fueron fabricadas en rocas ígneas de tipo gabroide o granitoide, que tienen como cualidad su dureza y su capacidad de ser labradas y de adquirir brillo mediante abrasión.

Cuando revisé una a una las esferas pintadas de Pejibaye me sentí muy triste y frustrada. Estaban totalmente cubiertas de pintura acrílica industrial -un material muy difícil de remover sobre piedras porosas como las areniscas- y parecía que no era la primera vez que las pintaban porque se observaban capas anteriores.

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Esfera fabricada en roca arenisca y decorada con pintura acrílica en tiempos recientes. Plaza de Pejibaye de Pérez Zeledón. Foto: I. Quintanilla.

Lo de la pintura era triste. A esta acción tan irracional había que agregarle la remoción de su lugar original, porque aunque estaban en el mismo pueblo donde fueron halladas, no se conservó ningún dato de la ubicación exacta del hallazgo, ni de los materiales a los que estaban asociadas. No quedaron fotos, ni mapas, ni detalles escritos del momento en que las movieron y trasladaron a la plaza ¡Eso si que era terrible!

A la fecha, solo hay una esfera en su lugar original en el pueblo de Pejibaye. Es una hermosa esfera de unos 120 cm de diámetro que se encuentra en la propiedad del Colegio Técnico de Pejibaye. Fue fabricada en gabro y parece ser muy simétrica y tener un acabado muy pulido.

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Esfera en su contexto original en Pejibaye de Pérez Zeledón. Así se miraba en el 2003. Foto: I. Quintanilla.

Yo espero que la esfera del Colegio Técnico de Pejibaye siga enterrada. Lo ideal sería estudiarla a ella, a sus hermanas y a todo el conjunto arqueológico de Pejibaye. Sería una pesadilla saber que esta esfera corrió la misma suerte de sus hermanas verderosaceas, o que ya no está ahí donde la registré en el 2003.

Pensando en las esferas de Pejibaye, me da mucha pena que haya tantas esferas sin identidad, sin estudiar ni proteger. Todos los sitios arqueológicos con esferas, así como  las esferas sacadas de contexto, merecen tanta atención como  los cuatro sitios arqueológicos de Osa declarados patrimonio de la humanidad por sus esferas de piedra.

Me duelen las esferas pintadas; igual me duelen todas las demás esferas y todos los sitios arqueológicos del país que no tienen ninguna protección, ni son sujetos de investigación ni son valorados patrimonialmente.

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En el 2003 esta esfera de arenisca con acabado irregular estaba abandonada en una propiedad a un costado de la plaza de deportes de Pejibaye. Foto: I. Quintanilla.

Hay que remover la pintura del desamor, de la falta de compromiso con el patrimonio arqueológico de este país. Quizá sea hora de ir a despintar y de limpiar la conciencia colectiva por cada brochazo de pintura lanzado contra este ignorado patrimonio.

Quizá sea hora de dejar de ser gente a la que le gustan las cosas bonitas y pintadas puestas en museos; ya toca ir al campo; ya toca ir a proteger lo que está abandonado y no para extraer y volver a pintar, sino para que nadie más pinte nuestro patrimonio a juego con los muebles, ni decore sus casas con él, ni construya sobre él, ni pase sobre él.

 

 

 

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Un pasado que estorba

He estado reflexionando sobre mi trabajo como arqueóloga, sobre lo que hacemos estudiando, buscando cosas del pasado. Como siempre, volví a entrar en crisis. ¿Al servicio de quién trabajamos? ¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿A quién le importa eso que llamamos historia?

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Encontrar restos arqueológicos para muchos propietarios es como si la peste negra le hubiera caído.

He llegado a una conclusión -ya otra gente lo dijo antes- y es que somos parte del proceso inacabado de colonización. Quizá me equivoque, pero uno de los campos donde mas se visibiliza la violencia y la negación del mundo indígena es en la práctica de la arqueología.

La arqueología, escudada en la ciencia, en un marco legal y en un proyecto de nación, ha sido una herramienta de despojo, de negación de derechos, de irrespeto y de apropiación indebida. El museo, como institución que da sentido a la arqueología, ha sido el lugar donde se materializa esa apropiación y donde se despoja al mundo indígena de su mundo material al convertir eso en patrimonio de la nación; un patrimonio anónimo, un patrimonio que necesita ser cuidado, al igual que “nuestros indígenas“.

Es licito pensar que sin los museos toda ese mundo material antiguo habría desaparecido, o habría sido subsumido por la mercantilización de esos restos. Es innegable. Sin embargo, si hay algo cierto es que desde los museos, desde la academia y desde el poder se define qué, cómo, cuándo y quién recoge, investiga, protege, libera, valora y decide sobre esos restos del pasado.

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Incomodos pedazos que fácilmente se logran desaparecer con una buena maquinaria.

El proyecto de estado-nación en Costa Rica ha usado el pasado, la historia antigua, de acuerdo a sus intereses. El pasado solo es eso, es pasado, y por lo tanto, no tiene relación con el presente ni con el futuro, salvo por el invento que no termina de cuajar de la “identidad nacional“. La identidad nacional ha diluido, ha desaparecido, ha renegado de las otras identidades. Por eso, para la mayoría de los costarricenses, los restos del pasado solo son restos, solo son cosas para guardar en el museo, para ver de vez en cuando, para consumir como producto dentro de la oferta cultural.

Hace unos años, me reuní con un diputado progresista de la Asamblea Legislativa. Le estuve explicando sobre la necesidad de una nueva ley sobre el patrimonio arqueológico, le comenté sobre la indefensión del patrimonio, sobre la necesidad de trascender el enfoque actual de protección centrado en los objetos… en fin, trataba de convencerlo de que se apuntara en la elaboración de una nueva ley y que se comprometiera con el patrimonio nacional. Después de escucharme un buen rato, se movió en su silla, levantó los brazos y me dijo: pero Ifigenia, ¡que desgracia es encontrar un sitio arqueológico dentro de la propiedad¡ se lo digo yo que soy finquero. ¡Que desgracia!

Ha pasado el tiempo y no deja de darme vuelta en la cabeza eso que me dijo el diputado… ¡Que desgracia es encontrar un sitio arqueológico en mi propiedad! ¿Por qué es una desgracia? ¿Por qué, para la mayoría de costarricenses, un hallazgo arqueológico en su propiedad o en propiedades del mismo Estado, es casi una maldición?

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El perro es inconsciente y no repara sobre lo que representa eso sobre lo que orina. Mucha de la destrucción de los sitios arqueológicos es realizada por personas conscientes, estudiadas y económicamente pudientes.

Cada vez que aparece un sitio arqueológico en una propiedad donde planean construir alguna obra, los propietarios o los desarrolladores lo consideran una “desgracia” . ¿Por qué nuestra propiedad y en las vecinas no? ¿Por qué a nosotros si y los que construyeron a la par no?

Nada como evadir los estudios arqueológicos; nada como saltarse la débil ley hecha para no castigar; nada como una buena maquinaria que arrase con todo.

En estos días una asociación de desarrollo local salió al paso de la desgracia que le tocó y que le trastocaba su megalómano proyecto. Para eso están los tractores, para eso están las influencias. Dentro de poco, podrán inaugurar con toda la pompa del mundo el moderno edificio comunal con nombre huetar. Vergüenza les debería de dar usar un nombre indígena de manera tan indigna.

El pasado, ¿a quién le importa?

 

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Lo que no nos dicen los museos

Una de las cosas que me señalan mis estudiantes cuando vamos de recorrido por los museos es que no hay datos sobre los objetos que se exhiben y, cuando los hay, sólo tienen una escueta información sobre su región de procedencia y período al que pertenecen.

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Sala de arqueología del Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Diego Matarrita.

En los museos con colecciones arqueológicas hay muchas piezas “bonitas” y muchas otras que no lo son. Esas -las bonitas, las completas- son las que, generalmente, se exhiben. Las feillas, las rotas, las incompletas, aunque tengan datos de contexto, casi nunca son mostradas al público. Esto no tiene que sorprendernos por que a fin de cuentas los museos y sus exhibiciones siguen enfocados en lo estético, en los objetos como obras de arte y no como cultura material portadora de información histórica.

¿Por qué los objetos exhibidos no son acompañados de datos sobre ellos y su historia? Creo que predomina la idea de que lo exhibido es “representativo de algo“. Representativos de períodos culturales, de fases cerámicas, de sociedades cacicales, de colapsos, de intercambio, por ejemplo.

Al ser “representativos“,  los objetos pierden su identidad. Es así como la mayoría de ellos, aunque sean “bellos” o “singulares” no tienen nombre ni apellido, ni filiación cultural, ni historia que contar mas allá de lo que representan. Si a eso le sumamos la  errada idea de que la gente no lee los textos de los museos y que se guía por lenguajes básicos y masticados previamente por educadores y expertos, entonces poca cosa queda mas allá del objeto en sí mismo.

Esa falta de identidad de los objetos musealizados implica una perdida de información importante. Además, provoca indiferencia y falta de empatía, ya que no se genera ningún vínculo entre los visitantes y ellos, porque no tienen ninguna historia que contar ni compartir.

En los museos hay muchos objetos con historias fascinantes no solo por sus asociaciones contextuales, por su materia prima, por sus cualidades tecnológicas, por los largos caminos que han recorrido y por cómo llegaron ahí, entre otras cosas.

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Las miradas sobre los objetos son subjetivas. Depende de cómo nos los presenten, junto a qué y qué dicen sobre ellos es que podremos conocer su historia y la Historia de la que forma parte. Foto: I. Quintanilla.

Hay objetos que cargan grandes historias vinculadas a la gente que los hizo y los usó; de la gente que los rompió y que los volvió a usar, de la gente que tuvo la destreza y la inventiva de crearlos.

Los objetos como “cultura material” nos hablan de las “culturas” a las que pertenecían, sin embargo, en los museos; es decir en los lugares donde son usados para transmitir información, son silenciados con montajes museográficos carentes de contenido social e histórico.

Tienen mucha razón mis estudiantes cuando ven objeto tras objeto y salen del museo sin saber casi nada de arqueología, ni de historia antigua, ni de patrimonio. Lo mas que pueden decir es el “que cosas mas bonitas hicieron nuestros indígenas” de rigor. Por suerte, casi siempre voy con ellos y les doy una paliza de conocimiento y logran ir mas allá de lo que ven. La gran mayoría de personas no tienen esa suerte. Eso me da mucho pesar.

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Una señora huetar caminando por Santa Ana

Ayer vi a una señora que conozco desde que yo era niña. Iba caminando por la calle toda pequeñita, un poco tímida, con el pelo negro recogido y con unas bolsas en las manos. No me acuerdo cómo se llama, pero sé que es de apellido Parra, que su familia es de Quitirrisí y que vinieron a vivir a Santa Ana, mi pueblo, desde hace muchos años.

La señora cruzó la calle y le dije a mi hijo: “Esa señora es de los últimos huetares“. Se lo comenté brevemente y le expliqué que todo el Valle Central de Costa Rica y otras partes del país estaba habitado por miles de personas de lengua huetar antes de la conquista española.

Hoy, los huetares son una pocos cientos de personas que viven en el territorio indígena de Zapatón-Quitirrisí, entre Ciudad Colón y Puriscal. Las pacacuas, o pacacas, les dicen por las referencias al cacicazgo de Pacacua que mencionaron los cronistas coloniales. Aislados y reducidos en una tierras quebradas y poco fértiles ahí vive la mayoría de estos descendientes indígenas, privados de su antigua historia y acompañados de escasas palabras de su lengua ancestral, ya desaparecida.

Desde ayer que vi pasar a esa señora no he dejado de pensar en mis propias palabras –“ella es de los últimos huetares”-. Con que facilidad lo dije, a pesar de lo trágico de esas palabras.

Es trágico y terrible que veamos con naturalidad que hayan pueblos que mueren, que desaparecen o que han desaparecido y que sigamos caminado por la calle como si nada pasara. Es terrible que vivamos en el Valle Central, en la Gran Área Metropolitana, sobre el territorio histórico huetar y que no tengamos conciencia de eso.

Nuestra inconsciencia, nuestra intencional falta de memoria histórica, naturaliza hechos de despojo, de violencia y de permanente colonización sobre los pueblos indígenas. Tan violento y permanente es este proceso que los asentamientos antiguos de estos pueblos son destruidos implacablemente por las obras de infraestructura o por saqueo. Y, quizá mucho mas violento todavía es que la cultura material que se conserva de estos pueblos se convirtió en objetos de museos, en piezas de coleccionistas, en objetos del discurso identitario nacional.

Nadie reconoce en los sitios arqueológicos a pueblos indígenas concretos. Y no es porque no tenemos lo nombres de esos pueblos. Es que reconocer en los restos arqueológicos  a pueblos concretos, implica reconocer su historia, sus derechos y, principalmente, reconocer los crímenes cometidos contra ellos.

Cada día estoy mas convencida que la destrucción del patrimonio arqueológico y el marco legal orientado a proteger objetos no tiene que ver únicamente con la deficiencia de la ley. No…esto tiene que ver con la manera en que el colectivo que se define como “costarricense” niega, invisibiliza y sigue en su afán de colonizar a los pueblos indígenas. No cambiamos la obsoleta ley de patrimonio arqueológico, flexibilizamos los procedimientos para no detener el “desarrollo” y seguimos con la idea de pasado como museo y de pueblos indígenas como restos del pasado.

No nos interesa el pasado indígena salvo para exhibir objetos artísticos. No nos interesa ese pasado mas allá de intereses académicos. No nos interesa ese pasado ni este presente indígena, salvo si constituyen un problema para el desarrollo del país.

Ayer vi pasar a una señora que conozco desde niña y que no recuerdo como se llama. Es de las últimas mujeres huetares. Se lo dije a mi hijo y seguimos caminando como si nada.

 

 

 

 

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Conocer para defender, cantar para celebrar, luchar para conservar

El pasado sábado 24 de junio celebré los tres años de la declaratoria de patrimonio mundial de los sitios con esferas de piedra del Diquís de una manera especial. Me fui de tour con un grupo de gente que vive sobre y alrededor de la antigua Finca 4, uno de los sitios arqueológicos con esferas de piedra mas importantes de Osa.

Primero fuimos a la quebrada Olla Cero donde están los bloques naturales de gabro y que pudo haber sido uno de los puntos de extracción de materia prima para fabricar las esferas.

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Recorrido entre los bloques de piedra de la quebrada Olla Cero. Foto: Gorka Izurzu.

Entre los bloques de piedra hablamos sobre los sistemas de traslado de las esferas, los problemas que enfrentaron los indígenas para moverlos y los criterios de selección para hacer las esferas de gran tamaño. Hablamos sobre tecnología, saberes ancestrales y organización del trabajo. Se sorprendieron de que en el tiempo en que hicieron los esferas, los indígenas no tenían ni caballos, ni bueyes ni carretas para trasladarlas. Todo, en esa época, era a pura fuerza humana e ingenio y, principalmente, buena organización del trabajo.

En medio de tanta explicación técnica, hubo espacio para el tambor y la guitarra y para cantar a viva voz entre las piedras y los árboles

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Cantando después de una larga explicación. Foto: Gorka Izurzu.

Después de Olla Cero nos fuimos a ver el sitio El Silencio y su gran esfera. Palabras de admiración, tristeza, silencio…, de todo brotó mientras veían por primera vez la mas grande de todas: la esfera emblema… la mas afectada y enferma de todas.

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Esfera del sitio El Silencio. Foto: Gorka Izurzu.

Estaban sorprendidos por el tamaño de la esfera y dolidos al ver las profundas huellas que han quedado por la perdida de fragmentos que dejan los cambios bruscos de temperatura. Practicaron la palabra exfoliación que les enseñé para que enriquecieran el vocabulario. Se disgustaron por lo feo de la estructura construida con hierro alrededor de la esfera y por la falta de información y de protección para la esfera y su entorno.

De El Silencio nos fuimos al sitio Grijalba. Aprovechamos la carretera de acceso, la zona de parqueo recién construida y el nuevo sendero para llegar a la zona de estructuras precolombinas. Caminamos con cuidado entre las piedras; jugamos a estar dentro y fuera de cada vivienda, de movernos entre las áreas de paso entre estructuras que se marcan por los desniveles.

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Recorrido entre las estructuras habitacionales del sitio arqueológico Grijalba. Foto: Gorka Izurzu.

Subimos al mirador, es decir la loma desde donde se puede ver todo el conjunto arquitectónico y desde ahí probamos la acústica maravillosa del sitio. Fabian y Juan tocaron el tambor y la guitarra y cantaron. Arriba los escuchábamos como si los tuviéramos a la par. Sonrisas, asombro, alegría y emoción por el sonido, por el almuerzo al aire libre, por estar ahí.

Desde el primer momento todos se enamoraron del sitio Grijalba. Estar en un pueblo antiguo, ver las bases de las casas, los dos montículos, el terreno modificado para adaptarlo  a lo que necesitaban. Todo era motivo de comentario. Algunos querían irse a vivir ahí, otros se extrañaban de no haber conocido este lugar antes.

Fuimos a ver la esfera semi-enterrada. Discutimos sobre el estado de conservación y me preguntaron porqué estaba así; si se iba a romper del todo, si esas grietas se harían mas grandes. Fue una sesión intensa sobre lo que implica una declaratoria de patrimonio mundial en términos de la conservación y restauración.

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La esfera del sitio Grijalba se encuentra muy deteriorara por grietas y fisuras que la cruzan en distintas direcciones. Foto Diego Matarrita, 2015.

Después del agradable rato en Grijalba nos fuimos al sitio Batambal. Fue llegar y ver cabezas y cuerpos girando. La perspectiva de 360º fue la gran sorpresa. Ver el delta en toda su extensión, isla Violín, isla del Caño, las serranías de Osa, el puente del río Térraba, la fila Grisera. ¡Todo desde un mismo punto con solo girar el cuerpo! También se enamoraron de Batambal.

Hablamos de lo extraño que es el sitio en su configuración, salieron hipótesis acerca de su ubicación estratégica, se imaginaron el delta inundado por una crecida del río y la gente de la llanura refugiada en esa loma. Hablamos sobre el mito de las esferas dinamitadas, que no es mas que mito porque hasta ahora no se ha encontrado ninguna evidencia sobre esto.

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Recorrido entre las esferas y las estructuras arquitectónicas del sitio Batambal. Foto: Gorka Izurzu.

Después de caminar, hablar e imaginar vino el acto revolucionario del tour. De espaldas al delta y con una gran manta en la mano se hizo la fotografía del grupo. Una fotografía con un mensaje claro: una fotografía para decirle No a la expansión de las plantaciones de piña hacia Osa y Sí al patrimonio arqueológico. Todo esto estuvo matizado por música, manos levantadas y espíritu guerrero.

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La foto de grupo desde el sitio Batambal.Foto: Gorka Izurzu.

Ya teníamos muchas horas de recorrido y la energía del grupo seguía intacta, o mas bien se había despertado. Nos fuimos al parque de Palmar Sur a ver esferas. Aunque no están en su lugar original se puede aprender mucho de ellas y eso lo aprovechamos. Pudimos tocar, sentir, percibir la forma esférica, las texturas, los cambios de coloración.

La esfera estrella fue la fabricada en caliza. Para ellos, era sorprendente ver una esfera blanca y mas sorprendente era descubrir los fósiles de conchas y ver los cortes y pulidos que tuvieron que hacer los indígenas para que quedara esférica.

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Esfera de caliza colocada en 1999 en el parque de Palmar Sur. Aunque el perro orine sobre ella, no es el culpable de las irregularidades que presenta. Foto: I. Quintanilla,

Las esferas de caliza que se conocen provienen de Finca 4, el sitio arqueológico sobre el que vive la mayoría de ellos. En 1996 tuvimos que mover seis de ellas a una esquina, a la orilla de la carretera que conduce a Sierpe. Se hizo para protegerlas de las actividades agrícolas. Hace unas semanas el Museo Nacional trasladó cuatro de ellas a Finca 6 y eso generó gran molestia entre los vecinos.

Hubo denuncia pública, cruce de acusaciones, disculpas de la directora del Museo Nacional por no haber informado a la comunidad. Entre el grupo que me acompañaba estaba la persona que denunció y se plantó ante el traslado. Se lo agradecí. Le comenté que esa acción había generado conciencia de la importancia de informar y coordinar. Que estaba en su derecho de protestar. Me sonrió levemente y bajó la cabeza.

Dice Fabian, quien nos acompañó con su tambor y su voz, que las luchas hay que hacerlas con alegría. Que hay que cantar mientras se defiende. Nunca había hecho un viaje tan alegre, tan emotivo y tan lleno de esperanza como este del 24 de junio.

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Recorrido final por Palmar Sur. Foto: Gorka Izurzu.

Enseñar para que puedan defender. Compartir para luchar con mas fuerza. Así hay que celebrar que en el delta del Diquís hay un sitio de patrimonio mundial cultural de la UNESCO. Así hay que celebrar que la comunidad de Osa pertenece a un lugar donde hay una historia antigua que ha sido reconocida como de gran valor para toda la humanidad.

Esta gente de Finca Changuena y Finca Térraba, de Cootraosa tienen años de estar luchando por tierra y por vivir dignamente como campesinos. Ahora tienen otra lucha más: cuidar y defender el patrimonio arqueológico. Lo van a hacer mejor que nadie porque saben lo que es luchar. Y ya tienen canciones para cantar cuando sea necesario salir a la calle.

 

 

 

 

 

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¿Quién paga los platos rotos? Acerca del pago por el rescate arqueológico

Crecí en la arqueología escuchando y viviendo las palabras “rescate arqueológico“. Mi primer trabajo fue en un rescate: había que recuperar, salvar e investigar el sitio Aguacaliente en vista de que iban a construir una urbanización. En esos años -1983- todavía no había una ley del ambiente, ni una Secretaria Técnica Nacional Ambiental (SETENA).

El Monumento Nacional Guayabo fue hasta hace poco el único sitio arqueológico de uso público. No ha sido política cultural de Costa Rica investigar, conservar y hacer de uso público los sitios arqueológicos. Foto: I.Quintanilla.

Había una ley que sigue estando vigente -la 6703- que dice que hay que avisar al Museo Nacional de Costa Rica cuando se encuentre un sitio arqueológico. El MNCR tiene 10 días para decidir qué hacer con ese sitio, especialmente si está en riesgo por saqueo o por obras de infraestructura. Casi siempre, cuando se determina que hay “riesgo de destrucción” se hace un rescate arqueológico.

Pero, ¿qué es un rescate, un salvamento arqueológico? Un rescate se hace a través de una serie de operaciones de campo orientadas a recuperar la evidencia cultural en riesgo. Se ejecuta por medio de excavaciones en las que se recolecta la mayor cantidad de material arqueológico, se documentan los distintos contextos y al final se da el visto bueno para cubrir o para arrasar el terreno. En unos pocos casos se dejan sectores en “reserva” que no pueden ser afectados.

A mediados de los años 90 del siglo pasado se aprobó la Ley del ambiente y se creó la SETENA. Sin que desde la arqueología se hubiera pedido, se incluyó la variable arqueológica en los novedosos estudios de impacto ambiental. El desarrollador tendría que pagar por los estudios y la SETENA aprobaría la viabilidad del proyecto a partir de la información técnica proporcionada por distintos especialistas.

Muchos sitios arqueológico de Costa Rica tienen a los fragmentos cerámicos como su principal indicador.

Por primera vez, iríamos antes que los tractores. Por primera vez se pedía opinión técnica sobre el valor de un sitio arqueológico y se sgeneraban medidas para investigarlo, protegerlo -si era el caso- y para recuperar los restos sin la presión de máquinas, obreros e ingenieros.

Desde 1996 hasta la fecha, o sea desde hace 20 años, se han aprobado cientos o quizá miles de proyectos de infraestructura a lo largo y ancho del país. No sé decir en este momento cuántos sitios arqueológicos se han localizado. Tampoco sabría decir cuántos se salvaron, o cuántos han sido rescatados. Eso es tema de estudio para una tesis doctoral.

Lo que si sé es que a lo largo de estos años el patrimonio arqueológico de Costa Rica se ha salvado sacrificándolo. Suena a tragedia griega, y lo es. No griega, pero si tragedia en el sentido de que gran parte de lo que se ha investigado ha sido a costa de extraer para “liberar“.

Liberar“. La palabra que muchos evitan pero que está latente en todo lo que gira alrededor de las inspecciones, evaluaciones o rescates arqueológicos. Liberamos para que se puedan desarrollar los proyectos de desarrollo. Liberamos para no limitar la propiedad privada. “Liberamos”, o nos liberamos del patrimonio arqueológico. Limpiamos el suelo de restos; limpiamos el pasado para que otros construyan un presente y un futuro.

Supongo que estoy en crisis existencial. Sé que si quiero hacer arqueología de campo también tengo que ir a liberar. Cual trágica Ifigenia, en lugar de sacrificar a los extranjeros que llegan a la isla, debo ser participe del sacrificio patrimonial. Y eso duele.

Por mucho tiempo hemos estado convencidos de que por lo menos llegamos antes. Estamos convencidos de que por lo menos las empresas o las instituciones de gobierno pagan para que salvemos el patrimonio. Estamos convencidos de que con guardar lo que recogemos es suficiente.

¿Es suficiente?

No… no es suficiente. Al contrario: ya es momento de decir ¡basta! Basta de entregar, basta de fragmentar el patrimonio; basta de destruir lo que no es nuestro bajo la legitimidad profesional y un marco legal al servicio de un modelo económico depredador.

Cada día los depósitos del Museo Nacional aumentan. Cajas y cajas de patrimonio salvado, rescatado. Cajas y cajas con restos de pueblos, de gente, de cosas de esa gente. Cajas que son cuidadas, numeradas y mantenidas mediante nuevos rituales de cuido y devoción profesional.

Cada día hay mas informes técnicos; cada día hay mas información. Proporcional a ese aumento es la perdida de sitios arqueológicos. Sitios que ya nunca más volverán a ser. Lugares habitados, ocupados, creados, construidos, pensados, adaptados que ya dejan de ser espacios con sustancia social e histórica para convertirse en esqueletos vacíos de los que quedan solo las piedras.

Sin conservación in situ, con demarcación de “reservas arqueológicas” sin marco legal para protegerlas y ponerlas en valor, sin mecanismos para un seguimiento a mediano y largo plazo. ¿Qué estamos haciendo? ¿Somos mejores que los antiguos saqueadores? ¿Estamos realmente protegiendo, investigando y poniendo en valor la historia antigua? O, ¿no será que el sistema nos convirtió en técnicos especializados en la limpieza/vaciamiento del patrimonio?

Sé que desde la academia o pseudo-academia muchos se lavarán las manos diciendo que no hacen “arqueología gris“. Que no están en función del sistema. Pero ¿es así? Todos somos participes de este sacrificio. Por mirar hacia otro lado; por complicidad; por lucro; por negligencia; por egoísmo; por falta de visión; por creer que cumplen lo que la ley dice.

¿Quién paga el sacrificio patrimonial? ¿Porqué nos importa tan poco lo que estamos haciendo? ¿Por qué los desarrolladores contratan a arqueólogos baratos? ¿Por qué los arqueólogos se abaratan?¿Por qué piden descuentos para quitar de ahí lo que les obstaculiza sus proyectos? ¿Por qué tanta complacencia y tan poco interés en ir más allá, en buscar nuevas manera de hacer arqueología?

Proteger no es extraer para guardar. No puede significar despojo para las comunidades locales. No puede ser solo escribir un informe, catalogar los objetos y almacenarlos. Se necesita comunicar lo estudiado, mostrar la importancia de los hallazgos, socializar el conocimiento generado por esos estudios.

Debemos pensar y analizar lo que estamos haciendo con ese legado antiguo. Nada nos da legitimidad para ser sus depredadores. Y esto no es problema de los arqueólogos: no es un problema gremial. Esto es problema de un país sin memoria, que niega su historia indígena. Si la historia indígena nos importara como país, como parte de la historia nuestra y de la humanidad quizá actuáramos de manera diferente.

Creo que en última instancia seguimos en el proceso colonizador. Seguimos borrando la historia profunda que no es otra que la historia indígena. La metemos en cajas o exhibimos las piezas bonitas y estamos felices y orgullosos de ello.

Creo que ya es momento de decir ¡basta!, ¡suficiente! ¡paremos! ¡pensemos! no tenemos derecho a seguir haciendo lo que hacemos con eso que llamamos patrimonio arqueológico nacional.

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¿Qué es un D1 de arqueología y cómo determina las decisiones sobre el patrimonio de Costa Rica?

Hace pocas semanas la Secretaria Técnica Nacional (SETENA) aprobó la viabilidad de una nueva plantación de piña en el delta del Diquís a la empresa PINDECO. En este delta y en sus alrededores inmediatos se localizan las cuatro propiedades que conforman el sitio de patrimonio mundial de la UNESCO denominado “Los Asentamientos Cacicales Precolombinos con esferas de piedra del Diquís, Costa Rica“. En el mismo delta está el humedal de Sierpe-Térraba, un sitio RAMSAR, que es la máxima categoría otorgada a un humedal. Independientemente de estas declaratorias, el delta y sus alrededores son de gran riqueza natural, cultural e histórica.

La viabilidad ambiental para la siembra de 600 hectáreas de piña en el delta del Diquís plantea una serie de dudas acerca del instrumento usado para otorgar esta viabilidad. En términos de la SETENA este instrumento se conoce como D1. El mismo se compone de distintos D1 de varios campos. En vista de que el D1 de arqueología presentado adolece de una serie de deficiencias que hubieran permitido una valoración mas objetiva de las implicaciones de esta plantación extensiva, he escrito el siguiente texto.

Es para quienes quieran saber más y entender que es un D1 de arqueología y sus implicaciones.

¿Qué es un D1 de arqueología? Una breve explicación

 

La viabilidad ambiental del componente arqueológico en un proyecto que se presenta a la SETENA se da a partir de un D1. En términos de procedimientos, el D1 de arqueología es una valoración sobre la presencia, o no, de restos arqueológicos de origen precolombino en el área del proyecto. Con esta valoración se emiten recomendaciones sea para decir que no hay impedimentos para el proyecto o si se deben llevar a cabo acciones para investigar, proteger o rescatar patrimonio arqueológico que será afectado por el mismo.

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El delta del Diquís posee una riqueza arqueológica extraordinaria. Entre los sedimentos aluviales y a lo largo de mas de 900 hectáreas hay restos de los lugares de habitación, de enterramiento, de los espacios de uso público, de caminos, esferas de piedra y otros elementos de gran valor histórico y cultural. Muro de un montículo precolombino del sitio  Finca 4.

El D1 de arqueología lo desarrolla un profesional contratado directamente por el desarrollador del proyecto. En principio, el D1 de arqueología implica una visita al área del proyecto, la revisión de la base de datos oficial sobre sitios arqueológicos de Costa Rica – http://origenes.museocostarica.go.cr/ y la revisión bibliográfica del área. A partir de esto se rellena el formulario, se redacta un informe con la información ampliada del formulario y se emiten una serie de recomendaciones que se integran al D1 general que se le presenta a la SETENA.

Con la visita al campo se determina si hay restos arqueológicos visibles en superficie. Esta visita no está regulada por la Comisión Arqueológica Nacional (CAN), que es el ente que regula la investigación en el país y que vela por el cumplimiento de la ley 6703 de patrimonio arqueológico. La metodología que se seguirá en el campo para inspeccionar el terreno la determina el mismo profesional contratado. En principio, no se contempla el desarrollo de excavaciones de prueba para conocer lo que hay en el subsuelo, sin embargo algunos profesionales lo hacen. Esto es algo que ha estado bajo discusión, porque de hacerse remociones de suelo para estudiar el subsuelo se debería de contar con una propuesta aprobada por la CAN.

La inspección de campo para un D1 no establece un límite en cuanto a la intensidad de la inspección, el tamaño del área a abarcar, ni del tipo de muestreo. Asimismo, se realiza de manera indistinta para un proyecto a desarrollar en un área de 100 m² o en otro de 600 000 m². Depende absolutamente del criterio del profesional contratado qué se hace, o no, para determinar y valorar la presencia de restos arqueológicos.

La revisión en la base de datos Orígenes del MNCR consiste en verificar si hay sitios arqueológicos registrados previamente en esta base de datos oficial. Orígenes permite visualizar y obtener información básica sobre los sitios arqueológicos documentados desde el siglo XIX hasta el presente. Es información recabada a partir de distintas fuentes. En los últimos 30 años se formalizó el formulario de registro de sitios arqueológicos de Costa Rica que constituye la base de información de este portal al que se accede a través de Internet.

Es importante señalar que Orígenes presenta un serio problema en el sentido de que indica la presencia de los sitios arqueológicos a partir de un punto situado en unas coordenadas puntuales (ver Figura 1). No se da una indicación en términos de una poligonal que muestra el área que abarca el sitio arqueológico. Por lo tanto, esta base de datos es solo una guía y se requiere obligatoriamente hacer una revisión bibliográfica de los informes o publicaciones del área para conocer la extensión de los yacimientos, sus características, su importancia, su estado de conservación y otra información relevante para valorarlo.

hoja Changuena copia

Fig. 1: Hoja topográfica Changuena, escala 1:50 000. Cada punto de color amarillo representa un sitio arqueológico registrado en la Base de datos Orígenes del Museo Nacional de Costa Rica. Tomado de : http://origenes.museocostarica.go.cr/busquedaMapaIndex.aspx

Por otra parte, Orígenes ofrece información de sitios arqueológicos registrados hace 100 años, 50, o en el 2016. Muchos de los sitios registrados, especialmente los más antiguos, adolecen de datos acerca de su ubicación precisa. Su ubicación en los mapas de consulta muchas veces es aproximada y, en la mayoría de los casos, no se ha corroborado con una visita de campo. En este sentido, Orígenes es una guía y no puede ser considerado un criterio absoluto para descartar, o no, la presencia de sitios arqueológicos en un área específica.

La tercer acción de un D1 es la revisión bibliográfica exhaustiva del área de impacto inmediato y sus alrededores. Ante las carencias de la base de datos Orígenes esta acción es fundamental. Esta revisión generalmente se lleva a cabo mediante solicitud de acceso a los informes de investigación, de inspección o de denuncias que resguarda el Departamento de Antropología e Historia (DAH) del MNCR. Este departamento es la base de consulta oficial de la documentación sobre sitios arqueológicos del país.

A la fecha es muy limitada la cantidad de publicaciones sobre sitios arqueológicos y las investigaciones que se han realizado en ellos. Para poder caracterizar un sitio arqueológico, o varios, dentro de un área puntual se requiere consultar la documentación que resguarda el DAH. Esto es fundamental en los casos en los que el proyecto impacta áreas de tamaño significativo que afectan varios sitios arqueológicos, su paisaje y su entorno socio-cultural.

Distribución sitios arqueológicos Delta Sur copiaFig. 2: La consulta a los informes de trabajo y a otra documentación concerniente a los sitios arqueológicos investigados en el país es fundamental. Este ejemplo muestra la extensión de las áreas con restos arqueológicos en el sector Palmar Sur-Sierpe. Desde la base de datos Orígenes no se puede visualizar el detalle que si ofrecen los informes de trabajo específicos. Figura tomada http://www.diquis.go.cr/investigaciones/Informe.Investigacion.Arqueologica.Delta.del.Diquis.(Temporada.2011-2012).pdf

Como resultado de las tres fases anteriores, el profesional contratado rellena el formulario del D1 de arqueología. Este es un formulario muy básico. Consiste en una guía para determinar si hay, o no, presencia arqueológica en el área de impacto del proyecto. Asimismo, se dan las recomendaciones acerca de si no hay impedimentos arqueológicos, o de si es necesario realizar acciones posteriores (evaluación arqueológica, la supervisión de movimientos de tierra, entre otras).

Los criterios para determinar las acciones concernientes al componente arqueológico lo determina el profesional contratado. Las decisiones y recomendaciones de este profesional no son evaluadas por ningún ente de competencia sobre el patrimonio (CAN, MNCR). En caso de que recomiende una evaluación arqueológica y se lleven a cabo otras acciones de rescate arqueológico, demarcación de áreas a proteger, traslado de bienes muebles (petroglifos, esferas, por ejemplo) entonces si se incorporan el Museo Nacional de Costa Rica y la Comisión Nacional Arqueológica.

El D1 en arqueología es la principal herramienta para la toma de decisiones sobre uno o un conjunto de sitios arqueológicos que serán afectados por una obra de infraestructura. El destino del patrimonio arqueológico del país se define en gran medida en este procedimiento. Es por esto que tiene gran relevancia.

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Los D1 de arqueología pueden determinar la conservación o no de un yacimiento arqueológico. Depende del criterio, de la profesional, de la experiencia y del buen hacer del profesional decidir el futuro de muchos lugares de importancia arqueológica. Foto: E. Volio del sitio Grijalba.

Las acciones para la gestión de los recursos arqueológicos detectados en mediante un D1 de arqueología presentado ante las SETENA son de acatamiento obligatorio para el desarrollador. Asimismo, la “liberación” del área, o de un sector de la misma, también es acatado y permite el desarrollo de un determinado proyecto.

Los D1 de arqueología han sido una herramienta importante para prevenir el impacto arqueológico de los proyectos de desarrollo. Anteriormente (antes de la Ley del Ambiente y la creación de la SETENA en 1996) se contaba con la ley 6703 de patrimonio arqueológico que sólo contemplaba acciones una vez que se detectara patrimonio arqueológico en riesgo. Esto obligaba a detener proyectos en marcha, ocasionaba la destrucción y dejaba en manos de “alguien” que informara al Museo Nacional el hallazgo y el riesgo en que se encontraba un patrimonio X en un lugar X. Asimismo, el Museo Nacional se veía en la obligación de actuar como “bombero” del patrimonio en riesgo, asignando personal y recursos económicos para atender la emergencia.

Con los D1 y los estudios de impacto ambiental se subsanó parcialmente esta manera de actuar sobre el patrimonio arqueológico nacional. Sin embargo, los D1 adolecen de una serie de problemas.

El primero de ellos es delegar la responsabilidad de las decisiones en el profesional contratado por la empresa desarrolladora. Los arqueólogos no tenemos colegio ni ningún órgano regulador. La CAN actúa como regulador mediante la evaluación y aprobación de las propuestas de trabajo para evaluaciones o investigaciones arqueológicas y la posterior aprobación de los informes finales. Al estar los D1 exonerados de cualquier forma de evaluación se corre el riesgo de que las recomendaciones y valoraciones del profesional no sean del todo pertinentes, ni exhaustivas.

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La conservación en su lugar de las esferas y de los objetos y estructuras de los sitios arqueológicos es fundamental en el delta del Diquís. Sin conservación in situ nuestro patrimonio y el conocimiento de la historia precolombina se empobrece. Foto de las esferas alineadas de finca 6. Foto: Diego Matarrita.

Por otro parte, el país no cuenta con una zonificación arqueológica que pueda servir como referencia para la valoración del patrimonio arqueológico. La ausencia de esta zonificación nacional y la ausencia de zonificaciones arqueológicas en los mismos planes reguladores municipales dejan las decisiones sobre el patrimonio arqueológicos al libre alberdrío de los profesionales.

Los D1 en Arqueología se enfocan en el área de impacto directo del proyecto a desarrollar. Esto está provocando una fragmentación de la información, lo que a su vez determina la valoración del patrimonio a afectar o no. En este sentido, la integridad de los sitios arqueológicos se pierde.

Los sitios arqueológicos son remantes de la historia antigua del país que solo se puede estudiar a partir de los restos materiales que se conservan. Los D1 en arqueología están enfocados en identificar esos restos materiales y generalmente las recomendaciones están orientadas a extraer, vaciar esos espacios ocupados antiguamente, para dejarlos libres y que puedan ser usados ahora.

Salvo algunas estructuras consideradas monumentales como los montículos artificiales con muros de piedra, se salvan de ser removidos y se recomienda su conservación y la demarcación de “reservas”. En términos legales, no existe ninguna figura legal que proteja estas reservas. No existen planteamientos para no usar ese espacio por parte de los propietarios del terreno.

El paisaje es un elemento fundamental en la compresión de los sitios arqueológicos. El entorno natural, las modificaciones que se han dado a través del tiempo y sus características actuales, son vitales para el entendimiento de la historia antigua. Como los D1 están enfocados en el área de impacto inmediato del proyecto la perspectiva paisajística no se toma en consideración.

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El entorno natural es fundamental para entender las ocupaciones humanas. El humedal de Sierpe-Térraba fue fundamental en el poblamiento del delta del Diquís.

La ley 6703 del patrimonio arqueológico, y en general la práctica arqueológica del país, está orientada hacia la cultura material que se puede extraer. Los riesgos del patrimonio están enfocados en el saqueo o la destrucción por movimientos de tierra de los objetos. Es por esto que las recomendaciones en la mayoría de los D1 donde se detectan sitios arqueológicos están dirigidos a evaluar y luego a “rescatar” o realizar acciones de salvamento.

La práctica actual de la arqueología que surge a partir de los D1 se orienta a “liberar” terrenos. La arqueología se convierte en una herramienta técnica para permitir el desarrollo de los proyectos amparada en el criterio del salvamento de los objetos y de la información. Esta tendencia a mediano y largo plazo mostrará un país desprovisto de sitios arqueológicos, con información fragmentaria y a un cúmulo de objetos depositados en las bodegas del Museo Nacional sin posibilidades de ser mostrados ni puestos en valor.

 

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Una arqueóloga ajena al espectáculo

El acto más esperado y mas concurrido del pasado Festival de las Esferas fue el concierto de inauguración con el grupo musical Los Ajenos como estrellas. Supongo que sus éxitos musicales Pamela Chu Pamela y Me vale un Cu generaron gritos, risas y alegría entre la gran multitud que se concentró en el parque de Palmar Sur el viernes pasado. Yo no los escuché. No quise. Me fui a tomar una cerveza lejos del ruido, de las luces y para no ver.

Festival de las Esferas 1
Las esferas como protagonistas en una noche de concierto en el Parque de Palmar Sur. Sirvieron como posa botellas, para subirse y ver mejor a Los Ajenos. Fueron mas ajenas que Los Ajenos.

A veces es mejor no ver. Es mejor evitar. ¿Para qué? La voz exhaltada del locutor que amenizaba el concierto antes de la presentación de Los Ajenos me empujó a huir. Sus repetitivas palabras llamando a agradecer al alcalde de Osa el logro de haber traído al Festival de las Esferas a este popular grupo me invitaron a no estar ahí. No por el alcalde -él es un político y hace su trabajo- sino por el contexto, por el lugar, por las esferas perdidas entre la multitud, porque lo que estaba ocurriendo ahí no tenía nada que ver con el patrimonio arqueológico, con su revalorización, con la historia, con nada de lo que me había llevado a colaborar con ese festival. 

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Parte de la experiencia y del recuerdo de la visita al parque de Palmar Sur es fotografiarse junto a esta esfera. Es hermosa; es casi perfecta, mide cerca de 150 cm de diámetro, tiene una superficie pulida. En el pasado festival fue excluida del espectáculo. Supongo que casi nadie se fotografió junto a ella. Foto: I. Quintanilla.

Entiendo a los organizadores. Entiendo que quieran congregar gente. Entiendo que quieran alegrar el patrimonio. Entiendo que se hayan esforzado en no traer aburridos espectáculos culturales. Les respeto que las conferencias las dejen para entre semana. Comprendo que no promocionen los tours a ver los sitios con esferas con la misma vehemencia que lo hacen con la clásica carrera Las Esferas o con los grupos musicales. 

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Estudiantes del Colegio Técnico Profesional de Osa en la gira para conocer las esferas de cerca. Foto: Carolina Arias.

Lo que no entiendo es cómo entienden los organizadores las esferas y lo que representan. Lo que no entiendo es porqué un festival orientado a la revalorización del patrimonio cultural, de fortalecimiento de la identidad local, de reconocimiento hacia los pueblos indígenas y su gran aporte a la historia colectiva, se vaya convirtiendo en la suma de actos sin contenido ni coherencia.

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La gestión del patrimonio arqueológico requiere sensibilidad, sutileza y coherencia. Quizá esto le esté faltando a los organizadores del Festival de las Esferas de Osa. Foto: Carolina Arias.

Yo tengo un problema. Me invitan a un lugar a hablar sobre las esferas, sobre arqueología o patrimonio cultural y voy. Con comida o sin comida; con buen hospedaje o durmiendo en un camastro; con transporte o sin él. Siempre acepto las invitaciones. Casi nunca, o mas bien nunca, recibiendo pago alguno mas que el agradecimiento de algunas personas.

Aunque mi papá se enojaba por esta tontería mía, siempre he justificado que hay que hacerlo por responsabilidad profesional y por amor a lo que hago. Sin embargo, mi pasada colaboración con el Festival de las Esferas ha sido como una bofetada.  He chocado con mi espejo y me he visto estando en un no lugar; me he visto bailando en un baile que no era para mí, ni para lo que yo hago.

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La visita a Olla Cero a conocer los bloques de piedra como los que se pudieron haber usado para hacer esferas siempre es una grata experiencia. Aquí el grupo que participó en el recorrido.

Fui al festival porque me invitaron los encargados de la parte educativa. Di una conferencia el viernes al mediodía a 15 estudiantes sobre la biografía de los objetos y la escultura en piedra del Diquís. También ofrecí una visita guiada el sábado por la mañana a un grupo de 15 personas que quisieron conocer los secretos de las esferas. Como siempre, fue una grata experiencia compartir mi conocimiento y sentir que hay interés y ganas de saber y conocer más.

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En el recorrido sensorial pudimos sentir, tocar, ver, rodear, escuchar, percibir, aprender y hasta danzar alrededor de las esferas. Eso también es divertido.

Antes de venirme del festival, de regreso a mi casa, llevé las facturas con los gastos de alimentación a los organizadores. ¿Por qué lo hice? Sabía que no lo habían presupuestado y que solo comprometía a quienes se las entregara. La mirada de desconcierto de la coordinadora al verlas -no porque había comido caviar ni nada por el estilo, si no por el simple hecho de cobrar mi alimentación y parte del transporte- me confirmó que no estaba dentro de los planes de los organizadores pagar por mis gastos.

Sé que a Los Ajenos no les faltó la cerveza que pidieron, ni los jugos, ni los chocolates. Mucho menos les faltó el pago por su hora y media de espectáculo. Entonces, ¿por qué hubo una mirada de asombro por las facturas de la comida de la arqueóloga especialista? ¿Por qué no pueden pensar que los que estudiamos eso que les da prestigio como comunidad, de eso de lo que ahora se sirven los políticos, también tiene un valor? ¿Es que mas bien, en mi caso como arqueóloga independiente, debo pagar por estar ahí?

Sabía que mi participación era secundaria. Que ser especialista en el tema no significaba nada. Que compartir y transmitir mi conocimiento sobre el tema principal del festival no podía competir con Los Ajenos ni con ningún otro espectáculo. Que putada, ¿no? Aun así, fui e hice lo que me comprometí hacer.

Soy ajena al poder; soy ajena al mundo del espectáculo. Soy invisible y estoy ausente para los políticos de turno. Pero tengo una voz y un blog. Y como dirían esos catalanes de quienes aprendí a no callar: Perdoneu, pero algú debia de dir-ho. Y ese algú, soy yo, sin pedir perdón.

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Gracias a Carolina Arias que me llevó en su carro y tomó las fotos; a Fito Guevara que me acompañó en el recorrido sensorial e hizo danzar a las chicas del colegio alrededor de las esferas. Gracias al Brunka Lodge que me dio cama para dormir. Gracias al antropólogo Carlos Morales, educador del Museo Nacional. Espero que no tenga que pagar mis facturas.

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Sobre el “Proyecto Esferas”, astrólogos y el patrimonio arqueológico

La publicación del reportaje “Municipalidad de Osa delega en astrólogo español proyecto de esferas ticas”, escrito por el periodista de La Nación Álvaro Murillo, ha dado a conocer una situación que se ha venido denunciando en las redes sociales desde el mes de abril de este año. Una situación que ha generado preocupación, indignación y desasosiego entre los especialistas que trabajamos con el patrimonio arqueológico del Sur de Costa Rica.

En abril de este año, el astrólogo Vicente Cassanya, director ejecutivo del “Proyecto Esferas”, me propuso como invitada especial del proyecto.  Después de escucharlo, buscar información y dar seguimiento a las ideas que pregonaba en la página web decidí no aceptar la invitación. También tomé la decisión de dar a conocer lo que desde mi punto de vista implicaba la decisión política de la Municipalidad de Osa de delegar en el Sr. Cassanya un proyecto vinculado con el patrimonio arqueológico de Costa Rica.

Rechacé vincularme a este proyecto porque el patrimonio arqueológico no puede ser usado como pretexto para negocios que benefician a unos cuantos ni para construir imágenes públicas de personajes “pseudo-altruistas”.

Sin conocerlo personalmente, pero sabiendo que el mundo del Sr. Cassanya es el de los horóscopos, las cartas astrales y la pseudo-investigación de fenómenos singulares, me empecé a preocupar. No se trataba de un filántropo de trayectoria conocida. Tampoco una persona de gran conciencia social o ambiental. Lo suyo era más el negocio y la venta de una imagen “espiritual”. Ahí no había sustancia que garantizara beneficios para la investigación, la protección, la conservación y la puesta en valor de las esferas y de los sitios arqueológicos a los que están asociadas. Al contrario: sus opiniones me parecieron desde el principio nocivas y muy perjudiciales. Percibí que este proyecto traería división, desconfianza y que debilitaría los frágiles procesos que se estaban construyendo en la región a partir del patrimonio arqueológico.

Además, desde el principio percibí que el proyecto tenía un trasfondo económico dudoso. Dudoso en el sentido de que el objetivo era llevar gran cantidad de gente a la región, independientemente de si esto era pertinente o no, de si estaban las condiciones de infraestructura para recibir a cientos de personas en los sitios arqueológicos de la región. Me pareció de una total improvisación y de falta de criterios técnicos en cuanto a manejo del patrimonio como producto turístico.

Tampoco quise ser participe de una iniciativa que salía de la nada. Un proyecto que ignoraba a una institución vital en la gestión del patrimonio arqueológico del país, como lo es el Museo Nacional de Costa Rica.

No podía entender que la Municipalidad de Osa estuviera impulsando una iniciativa con un extraño, y que su socio en la protección del patrimonio arqueológico desde principios de los años noventa- el Museo Nacional- no estuviera siendo informado. Esto era inexplicable, especialmente porque en ninguna otra parte de Costa Rica, el Museo Nacional se ha volcado tanto con la comunidad como en Osa. ¿Cómo podía crearse una iniciativa orientada al “desarrollo de Osa” y a dar a conocer las esferas al mundo sin la participación de la institución encargada de investigar y manejar este patrimonio?

Tampoco me pareció acertado que se fuera a impulsar una visión sobre las esferas donde todos los puntos de vista tienen igual valor. No están proponiendo un enfoque científico. Al contrario; lo científico constituye un problema porque limita las visiones “abiertas” que acompañan al proyecto. Pretenden que toda la investigación de años, que múltiples esfuerzos profesionales se ubiquen al mismo nivel y con la misma valía de quienes especulan sobre las esferas. Atlántida, conexiones transoceánicas, extraterrestres, “misterios sin resolver”; todo con el mismo valor bajo el pretexto de mentes “abiertas y no-excluyentes”.

Por otra parte, no me parece correcto legitimar acciones que promueven una idea de desarrollo basado en el asistencialismo y la figura personalista, con millonarios que posan junto a los pobres o que usan a la región como escenario de teatro “buenista”. En el Sur de Costa Rica hay muchos problemas de desempleo, pobreza y falta de oportunidades. Sin embargo, discursos como este no construyen nada a largo plazo, mas que dependencia y actitudes cacicales que ya han hecho mucho daño a la región.

En las últimas semanas el Sr. Cassanaya y asociados han iniciado una fuerte campaña de mercadeo para construir imagen pública y vender el “Proyecto Esferas”. Las fotos del Señor Cassanya entregando donaciones de dinero recolectado en un baile, o de niños agradeciéndoles sus dádivas, recuerda a las viejas imágenes de personajes coloniales que necesitan un pueblo pobre donde esparcir su “filantropía”.

Costa Rica debe manejar una imagen seria sobre el patrimonio arqueológico basada en el conocimiento científico y en una gestión basada en criterios técnicos. En el caso particular de los sitios con esferas de piedra que se quieren proponer como Patrimonio Mundial ante la UNESCO, este tipo de enfoques son muy perjudiciales.

Las esferas de piedra y todo lo que está asociado a ellas son patrimonio arqueológico: son parte de la historia y del pasado colectivo de la región, y los científicos las estamos estudiando. No pueden ser juguetes de pseudo-científicos ni de aficionados. Tampoco pueden ser pretexto para el lucro de unos pocos.

En Osa, al igual que en otras partes de Costa Rica hay inquietud y existe una fuerte demanda social para que el recurso arqueológico sea parte del desarrollo local. Es difícil seguir justificando la manera actual de gestionar este patrimonio por parte del Estado. El Museo Nacional y las otras instancias vinculadas al patrimonio arqueológico deberían tomar el “Proyecto Esferas” como lección. Lección para ocupar los espacios que les corresponde y no dejar puertas abiertas a oportunistas que se aprovechan de la debilidad institucional y de la lentitud de las respuestas a las demandas de la sociedad, especialmente de las regiones más necesitadas.

El patrimonio arqueológico y cultural que posee el Sur de Costa Rica es extraordinario. Ya es hora de dar los pasos necesarios y articular una estrategia conjunta entre organismos internacionales, gobierno central,  municipalidades y grupos locales para que este patrimonio se incorpore activamente en el desarrollo. El Sur de Costa Rica, la región Brunca, no tiene por que ser la que presenta los índices más bajos de desarrollo humano en el país. Es una región rica en recursos. La empobrecen quienes la gobiernan.

NOTA: Texto publicado originalmente en la sección blog de mi página en la Red Mexicana de Arqueología. http://remarq.ning.com/profiles/blogs/sobre-el-proyecto-esferas-los-astr-logos-y-el-patrimonio-arqueol