Una señora huetar caminando por Santa Ana

Ayer vi a una señora que conozco desde que yo era niña. Iba caminando por la calle toda pequeñita, un poco tímida, con el pelo negro recogido y con unas bolsas en las manos. No me acuerdo cómo se llama, pero sé que es de apellido Parra, que su familia es de Quitirrisí y que vinieron a vivir a Santa Ana, mi pueblo, desde hace muchos años.

La señora cruzó la calle y le dije a mi hijo: “Esa señora es de los últimos huetares“. Se lo comenté brevemente y le expliqué que todo el Valle Central de Costa Rica y otras partes del país estaba habitado por miles de personas de lengua huetar antes de la conquista española.

Hoy, los huetares son una pocos cientos de personas que viven en el territorio indígena de Zapatón-Quitirrisí, entre Ciudad Colón y Puriscal. Las pacacuas, o pacacas, les dicen por las referencias al cacicazgo de Pacacua que mencionaron los cronistas coloniales. Aislados y reducidos en una tierras quebradas y poco fértiles ahí vive la mayoría de estos descendientes indígenas, privados de su antigua historia y acompañados de escasas palabras de su lengua ancestral, ya desaparecida.

Desde ayer que vi pasar a esa señora no he dejado de pensar en mis propias palabras –“ella es de los últimos huetares”-. Con que facilidad lo dije, a pesar de lo trágico de esas palabras.

Es trágico y terrible que veamos con naturalidad que hayan pueblos que mueren, que desaparecen o que han desaparecido y que sigamos caminado por la calle como si nada pasara. Es terrible que vivamos en el Valle Central, en la Gran Área Metropolitana, sobre el territorio histórico huetar y que no tengamos conciencia de eso.

Nuestra inconsciencia, nuestra intencional falta de memoria histórica, naturaliza hechos de despojo, de violencia y de permanente colonización sobre los pueblos indígenas. Tan violento y permanente es este proceso que los asentamientos antiguos de estos pueblos son destruidos implacablemente por las obras de infraestructura o por saqueo. Y, quizá mucho mas violento todavía es que la cultura material que se conserva de estos pueblos se convirtió en objetos de museos, en piezas de coleccionistas, en objetos del discurso identitario nacional.

Nadie reconoce en los sitios arqueológicos a pueblos indígenas concretos. Y no es porque no tenemos lo nombres de esos pueblos. Es que reconocer en los restos arqueológicos  a pueblos concretos, implica reconocer su historia, sus derechos y, principalmente, reconocer los crímenes cometidos contra ellos.

Cada día estoy mas convencida que la destrucción del patrimonio arqueológico y el marco legal orientado a proteger objetos no tiene que ver únicamente con la deficiencia de la ley. No…esto tiene que ver con la manera en que el colectivo que se define como “costarricense” niega, invisibiliza y sigue en su afán de colonizar a los pueblos indígenas. No cambiamos la obsoleta ley de patrimonio arqueológico, flexibilizamos los procedimientos para no detener el “desarrollo” y seguimos con la idea de pasado como museo y de pueblos indígenas como restos del pasado.

No nos interesa el pasado indígena salvo para exhibir objetos artísticos. No nos interesa ese pasado mas allá de intereses académicos. No nos interesa ese pasado ni este presente indígena, salvo si constituyen un problema para el desarrollo del país.

Ayer vi pasar a una señora que conozco desde niña y que no recuerdo como se llama. Es de las últimas mujeres huetares. Se lo dije a mi hijo y seguimos caminando como si nada.

 

 

 

 

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