Un pasado que estorba

He estado reflexionando sobre mi trabajo como arqueóloga, sobre lo que hacemos estudiando, buscando cosas del pasado. Como siempre, volví a entrar en crisis. ¿Al servicio de quién trabajamos? ¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿A quién le importa eso que llamamos historia?

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Encontrar restos arqueológicos para muchos propietarios es como si la peste negra le hubiera caído.

He llegado a una conclusión -ya otra gente lo dijo antes- y es que somos parte del proceso inacabado de colonización. Quizá me equivoque, pero uno de los campos donde mas se visibiliza la violencia y la negación del mundo indígena es en la práctica de la arqueología.

La arqueología, escudada en la ciencia, en un marco legal y en un proyecto de nación, ha sido una herramienta de despojo, de negación de derechos, de irrespeto y de apropiación indebida. El museo, como institución que da sentido a la arqueología, ha sido el lugar donde se materializa esa apropiación y donde se despoja al mundo indígena de su mundo material al convertir eso en patrimonio de la nación; un patrimonio anónimo, un patrimonio que necesita ser cuidado, al igual que “nuestros indígenas“.

Es licito pensar que sin los museos toda ese mundo material antiguo habría desaparecido, o habría sido subsumido por la mercantilización de esos restos. Es innegable. Sin embargo, si hay algo cierto es que desde los museos, desde la academia y desde el poder se define qué, cómo, cuándo y quién recoge, investiga, protege, libera, valora y decide sobre esos restos del pasado.

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Incomodos pedazos que fácilmente se logran desaparecer con una buena maquinaria.

El proyecto de estado-nación en Costa Rica ha usado el pasado, la historia antigua, de acuerdo a sus intereses. El pasado solo es eso, es pasado, y por lo tanto, no tiene relación con el presente ni con el futuro, salvo por el invento que no termina de cuajar de la “identidad nacional“. La identidad nacional ha diluido, ha desaparecido, ha renegado de las otras identidades. Por eso, para la mayoría de los costarricenses, los restos del pasado solo son restos, solo son cosas para guardar en el museo, para ver de vez en cuando, para consumir como producto dentro de la oferta cultural.

Hace unos años, me reuní con un diputado progresista de la Asamblea Legislativa. Le estuve explicando sobre la necesidad de una nueva ley sobre el patrimonio arqueológico, le comenté sobre la indefensión del patrimonio, sobre la necesidad de trascender el enfoque actual de protección centrado en los objetos… en fin, trataba de convencerlo de que se apuntara en la elaboración de una nueva ley y que se comprometiera con el patrimonio nacional. Después de escucharme un buen rato, se movió en su silla, levantó los brazos y me dijo: pero Ifigenia, ¡que desgracia es encontrar un sitio arqueológico dentro de la propiedad¡ se lo digo yo que soy finquero. ¡Que desgracia!

Ha pasado el tiempo y no deja de darme vuelta en la cabeza eso que me dijo el diputado… ¡Que desgracia es encontrar un sitio arqueológico en mi propiedad! ¿Por qué es una desgracia? ¿Por qué, para la mayoría de costarricenses, un hallazgo arqueológico en su propiedad o en propiedades del mismo Estado, es casi una maldición?

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El perro es inconsciente y no repara sobre lo que representa eso sobre lo que orina. Mucha de la destrucción de los sitios arqueológicos es realizada por personas conscientes, estudiadas y económicamente pudientes.

Cada vez que aparece un sitio arqueológico en una propiedad donde planean construir alguna obra, los propietarios o los desarrolladores lo consideran una “desgracia” . ¿Por qué nuestra propiedad y en las vecinas no? ¿Por qué a nosotros si y los que construyeron a la par no?

Nada como evadir los estudios arqueológicos; nada como saltarse la débil ley hecha para no castigar; nada como una buena maquinaria que arrase con todo.

En estos días una asociación de desarrollo local salió al paso de la desgracia que le tocó y que le trastocaba su megalómano proyecto. Para eso están los tractores, para eso están las influencias. Dentro de poco, podrán inaugurar con toda la pompa del mundo el moderno edificio comunal con nombre huetar. Vergüenza les debería de dar usar un nombre indígena de manera tan indigna.

El pasado, ¿a quién le importa?

 

7 comentarios

  1. Estimada colega, es el problema en muchos lugares, gracias por tener la valentía de eleva tu vos y mencionar algunas cosas que se diluyen en el diario quehacer. Espero que pronto podamos hacer incidencias en nuevas propuestas jurídicas que garanticen la protección y la estabilidad del patrimonio centroamericano. Un abrazo, R. Navarro.

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  2. Excelente artículo, claro, sencillo y contundente. Comparto plenamente lo expresado, la situación es exacta aquí en Colombia, donde estamos tratando de promover la construcción de una Política Pública Participativa en Patrimonio Arqueológico, donde se le dé espacio a la gran diversidad de sectores y actores sociales que se relacionan con este tipo de patrimonio, que es mucho mas que “arqueológico”. Cordial saludo.

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  3. Qué gusto leerte Ifigenia desde Lima – Perú. Gusto saber que hay personas en otras partes del mundo que cuestionan también este tipo de atrocidades contra el patrimonio. Lo peor es que las mismas autoridades lo promueven. En Perú el drama es el mismo. Con la figura de los “proyectos de rescate arqueológico” se ha destruido muchos patrimonio arqueológico. Lo más triste es que hay muchos colegas que se han prestado a esto. Es una lucha diaria, pero ahí uno va tratando de encontrar otros caminos para trabajar con el patrimonio arqueológico. No es fácil, pero ahí le vamos. Saludos!

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    • Estimada Rocío: Mil disculpas por responder hasta hoy su extenso y valioso comentario. Realmente es un problema mundial y nuestros países latinoamericanos lo sufrimos con mas fuerza por nuestras débiles legislaciones y, principalmente, por la poca valoración del patrimonio arqueológico entre la gente. También es una pena como la práctica profesional de la arqueología de contrato o los rescates para liberar terrenos para la construcción de proyectos de infraestructura también se ha convertido en una amenaza para el patrimonio. Saludos desde Costa Rica.

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