
Cada vez que iba de San José a San Isidro o seguía camino hacia el Sur veía en un pequeño parque una escultura un poco extraña. En medio de la plazoleta alguien había colocado una escultura de una madre con su hijo en brazos sobre una esfera de piedra precolombina. Era un ensamble extraño que con el paso de los años se convirtió en símbolo de la ciudad de San Isidro El General.
La escultura de la madre, que parecía hecha en cemento, estaba posada sobre una sólida roca granítica con forma de esfera que había sido hecha por escultores indígenas hace cientos de años… Suena un poco irónico y a la vez violento, pero así lo hicieron.
En el 2011 yo tenía que reunirme con una antropóloga que trabaja en San Isidro y quedamos de vernos en el parque principal de la ciudad. Mientras la esperaba fui a caminar por lo alrededores y para mi sorpresa encontré a la esfera y a la madre.
Habían sido trasladadas desde su rincón, a la orilla de la Carretera Interamericana, y ahora ocupaban una parte muy visible del parque recién remodelado. Las habían separado: la madre seguía mirando a su hijo con amor y la esfera lucía sin su carga anterior.

La esfera ahora estaba en posición más alta que la madre; ya no la sostenía. Estaba incrustada sobre una base de cemento -una aborrecible práctica que no deja de repetirse- y mostraba en su parte superior la gran cicatriz que atestigua la incrustación anterior.

Es de imaginar que pocas personas de las que caminan y se sientan en el parque de San Isidro del General no harán ninguna relación entre el viejo ensamble de la madre-esfera y el nuevo conjunto de madre y esfera sobre anillos circulares de cemento. Mucho menos harán la relación entre la esfera atada a una base innoble y el hecho singular de vivir en el territorio de las singulares y únicas esferas precolombinas. Es muy probable que no se den cuenta siquiera que esa esfera es de origen indígena precolombino, y no una burda replica reciente.
Hoy es 26 de mayo del 2013. Estuve en el parque de San Isidro a principios de octubre del 2011. Ha pasado mucho tiempo y desgraciadamente todavía estoy molesta por lo que vi. Duele reconocer la impotencia. Ver y callar… no me gusta esa opción. Mejor tener un blog y decirlo.






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