De rebeldías, manglares y patrimonio mundial

Hoy, 22 de agosto, se cumplen dos meses de la muerte de mi papá. Él murió un domingo por la noche y como buena familia de raíz campesina decidimos velarlo en la casa y no en una fría funeraria. La noche de la vela fue larga y triste, con poca gente y un solo borracho que llegó para alegrar las largas horas de la madrugada.

Mientras velábamos a mi papá estaba pasando algo que era importante en mi vida, en la de él y en la de Costa Rica. En el lejano Qatar se estaba celebrando la 38 sesión anual del Centro del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Esta reunión había comenzado el 15 de junio y el 23 era uno de los últimos días de sesiones. En la madrugada de Costa Rica, mientras Berny nos contaba historias hilarantes de morirnos de risa y papi estaba en su ataúd, se decidía que cuatro sitios arqueológicos con esferas de piedra postulados por el gobierno de Costa Rica eran declarados patrimonio mundial de la UNESCO.

En un momento de esa madrugada entré al facebook y leí la noticia de la declaratoria. No podía celebrar, ni hacer gran cosa. Mi cabeza y mi corazón estaban llorando la perdida de mi papá. Lo único que se me vino a la mente fue una pelea monumental que tuve con él en diciembre de 1990 cuando le dije que iba a empezar un proyecto en Palmar Sur, en las tierras de las antigua Compañía Bananera, y en las montañas de Sierpe y Ciudad Cortés.

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Casas del cuadrante de Finca 6. Ahí vivió mi papá parte de su vida bananera en los años 40 y 50. Foto: Diego Matarrita.

Mi papá se enojó mucho, renegó de mi y de todo el esfuerzo que había hecho para que fuera a la universidad. Renegó de mi licenciatura en arqueología recién recibida y de mi trabajo como funcionaria del Museo Nacional de Costa Rica.

Estaba muy enojado, bravo, furibundo. Él, que había estado ahí, que conocía la bananera, el clima, los vicios, lo duro del lugar, no podía aceptar que su hija universitaria y estudiada se fuera a trabajar al lugar que él había dejado atrás, en 1957, después de 15 años de juventud gastada en la plantación bananera.

Él, que había cruzado montañas caminando y arrastrando el miedo del adolescente casi huérfano que emigraba buscando algo en un país y tierra extraña; él, que había trabajado tanto y tan duramente, no quería aceptar que parte de su esfuerzo se devolviera y que su hija se fuera a gastar como él en la Zona Sur.

Para mi papá en la Zona Sur solo me esperaba un color amarillento en la piel, violencia, reumatismo y un trato de cocinera o prostituta. Estaba decepcionado de mí por no buscar un cómodo escritorio, por no aceptar los placeres de la burocracia.

A pesar de la pelea y los reclamos, mi papá sabía que yo no cambiaría de idea. Esa parte tan nica, ese carácter duro, empecinado, que servía de tabla de supervivencia, yo lo tenía muy adentro y, al igual que él, lo usaría para cumplir mis metas, para ejercer mi libertad, para liberarme aunque fuera de él y de todo lo demás.

El 23 de julio del 2014 cuatro sitios con esferas de piedra del Diquís fueron declarados patrimonio de la humanidad. Tres de ellos –El Silencio, Batambal y Grijalba– los encontré en la primer temporada de trabajo de campo, en 1991, cuando ya  no había nada que discutir con mi papá. El proyecto “Hombre y Ambiente en el Delta de Sierpe-Térraba” daba sus frutos y se sembraba la semilla de esa declaratoria. En 1993, Finca 6 -el otro sitio de la declaratoria- consumía mis energías y las de un grupo de estudiantes de la Universidad de Costa Rica. Ahí quedaba otra semilla que hoy florece espléndidamente.

Grijalba
Vista del sitio arqueológico Grijalba. Foto: Diego Matarrita.

Mi papá se murió y no pudo celebrar ni decirme nada sobre la declaratoria de la UNESCO. Yo tampoco he celebrado porque ya no tengo con quien pelearme, no tengo a quien retar para seguir adelante, no tengo a quien decirle que sí valió la pena, que había que ir al Sur, adonde casi nadie quería ir. Yo fui por mi propia voluntad, por amor a la arqueología y a los manglares, y quizá en lo más profundo de mi ser fui para encontrar a mi papá y a lo que dejó allá.

Mi papá se equivocaba en 1990, aunque tenía razón desde sus propias vivencias. Hoy, dos meses después de su muerte, me hubiera peleado igual por irme al Sur. Así nos relacionábamos, y así nos queríamos y respetábamos.

5 comentarios

  1. Muy emotivo el artículo! Estoy segura que a dos meses de haber partido, de alguna manera tu papá está celebrando contigo la declaratoria de los sitios. La muerte no existe! Así que tienes todo el derecho de celebrar y recordar hoy… que el tiempo de te dio la razón. El trabajo que hiciste a partir de 1990 valió la pena. Tus aportes fueron fundamentales en los 90´s y lo siguen siendo en la actualidad! Así que …ADELANTE!!! A seguir buscando en las evidencias del pasado, parte de lo que da sentido a nuestra vida actual, que es la búsqueda del conocimiento! UN ABRAZO !!!

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  2. ¡Qué relato tan bello, emotivo, desde el corazón profundo, Pini! Armás tan bien los dos hechos dispares de hace dos meses con la historia personal, que aunque sabía toda la historia la leí como si no la conociera. Por él, por vos y por el camino que emprendiste hace tantos años, tenés que seguir adelante con el libro que va a salir hermoso.

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  3. Ifigenia,

    Aprecio mucho sus reflexiones compartidas sobre los misterios encerrados por las esferas de piedra; incluido este post tan personal de la vivencia con su padre. Mi papá, Francisco V. fue obrero en la bananera del sur, en el año 1953. Tubo que salir de ahí enfermo de malaria. tiene muy buena memoria, hoy cumple 81 años. Le he estado contanto sobre sus estudios y descubrimientos; le pregunté si el nombre Quintanilla le sonaba familiar con ese periodo en la bananera; primero le vi un risilla, y de seguido dijo ” Claro, Quintanilla y Carlos L. Fallas andaban juntos,de finca en finca, hablando con los obreros sobre sus derechos”. Ese año hubo una gran huelga de los obreros, y lograron mejoras en las condiciones de trabajo. Papa trabajó ese año en Finca 18, y recuerda en una visita a Finca 6 haber visto una de ls esferas. Me ha contado muchas anécdotas de personajes y memorias de ese periodo, corto en su caso, pero muy significativo. Seguiré leyendo sus blogs

    Saludos,

    Eugenio Vargas L.

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