En el jardín del Colegio Técnico Profesional de Osa, en Palmar Norte, hay dos esferas precolombinas enormes. Miden cerca de 2,10 metros de diámetro y pesan alrededor de nueve toneladas cada una. El 5 de noviembre de 2026 se cumplen 46 años del inicio de la lucha comunal que logró que se quedaran en Osa. Estas esferas fueron protagonistas de una historia única y de gran significado. Se la voy a contar.
Es difícil imaginar a un grupo de hombres introduciendo maquinaria pesada en el territorio de la Compañía Bananera de Costa Rica para robar dos esferas de piedra de tamaño monumental. Pero sí, esto pasó. Al parecer pasó en noviembre de 1974. El lugar parece haber sido la antigua Finca 6 -todavía no logro aclararlo-, cerca de Palmar Sur, camino a Sierpe, en Osa Puntarenas.

Según leí hace tiempo fue un sábado en la tarde. Ese día unos atrevidos ladrones entraron con un camión de carga pesada a la finca bananera y extrajeron dos grandes esferas que se mantenían en su lugar original, aunque estaban descubiertas y sin la cobertura de sedimento propia de la zona del delta. Es increíble pensar no solo en la osadía del robo, sino en la logística que implicó subir al camión dos esferas de más de nueve toneladas de peso cada una.
Ese sábado de noviembre, quizá los administradores de la plantación estaban fuera, los trabajadores de campo seguro estaban de descanso o jugaban béisbol o fútbol en los cuadrantes de la finca. Eso lo sabían quienes tramaron la extracción de las esferas, quienes de seguro contaron con la complicidad de los mandos medios que administraban la finca.

Una vez que la administración de la Compañía Bananera fue avisada del robo, logró que las autoridades nacionales detuvieran el camión el domingo, cuando ya estaba en la carretera con su valiosa carga. El camión había avanzado por la carretera Interamericana rumbo a San José, como muchas otras esferas saqueadas de las llanuras aluviales y de otros puntos del Pacífico Sur. El caso es que estas retornaron y fueron colocadas en una propiedad de la Compañía Bananera a la par del aeropuerto de Palmar Sur.
Es importante recordar que la Compañía Bananera era muy poderosa en ese entonces. De hecho, era el poder en la zona. Imagino que los altos mandos estaban indignados por el robo de las esferas y por los daños que debieron provocar durante la extracción y el montaje en el camión. Mucho más indignados debieron estar por el atrevimiento de los saqueadores de incursionar en sus propiedades sin permiso. Por esa razón pusieron la denuncia en el Juzgado de Ciudad Cortés y se inició un largo proceso judicial que se extendió hasta 1980.
Con la denuncia por el robo de las esferas se inició un proceso legal interesante que marca la historia de la arqueología de Costa Rica. Por una parte, las reclamaron los saqueadores, que alegaron cumplir con un encargo y haber incurrido en grandes gastos. Por otra parte, las reclamó la Compañía Bananera, que alegaba que estaban en su propiedad. Y, por otra parte, hubo un cambio de rumbo del Museo Nacional, que las reclamó para sí, algo que no sucedió con varias decenas de esferas extraídas décadas antes.
Según la documentación resguardada en el Archivo Central del Museo Nacional de Costa Rica, fue Asención Gamboa Palomo, conocido también como Enrique, quien extrajo las dos esferas para vendérselas a Modesto Alfaro Retana, un conocido huaquero y proveedor de piezas arqueológicas a coleccionistas nacionales y extranjeros.
En 1975, Asención Gamboa fue absuelto por razones que no he logrado documentar. Aun así, el señor Gamboa siguió intentando cumplir con su compromiso con Modesto Alfaro. En una nota manuscrita que envió a la Junta Directiva del Museo Nacional el 4 de mayo de 1976 dice que «si yo saque esas esferas es porque siempre lo había echo sin ningún obtáculo alguno. Muestra es que la esfera que está en la Caja de el Seguro Social es una y así otras mas» (transcripción literal). Le pide a la Junta Directiva del Museo que facilite que el señor Alfaro las obtenga y ofrece hacerse cargo del traslado y de otros gastos.
En el proceso legal, además de la Compañía Bananera, que reclamaba las esferas por estar en su propiedad, también se apersonó el Museo Nacional de Costa Rica, institución que en ese momento se regía por la ley de patrimonio arqueológico de 1938. Esta ley nombraba al Museo como depositario del patrimonio arqueológico de la nación; sin embargo, la práctica institucional ejercía esa función de manera poco ortodoxa, especialmente durante el largo período en que Doris Stone fue presidenta de la Junta Administrativa del Museo Nacional y ama y señora del patrimonio arqueológico de Costa Rica.

Lo interesante de la situación legal de estas esferas es que el Museo Nacional, por primera vez, sí reclama y se declara depositario de estos objetos. No acepta la inscripción a su nombre que le solicita en 1974 la Compañía Bananera y mantiene un litigio hasta que el Poder Judicial decide, finalmente, en 1976, que el Museo es el depositario por ley y ordena que se le entreguen. La Compañía Bananera se opuso y no autorizó el traslado.
Ya desde 1976 el Museo Nacional buscó la manera de traer las esferas a San José. Recurrió al Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), que en ese momento realizaba incursiones en la zona para estudiar las posibilidades del Proyecto Hidroeléctrico Boruca, para que le ayudara con el traslado, pero no se concretó la operación. Es curioso, pero antes, en 1974, el mismo director del Museo Nacional —el biólogo Luis Diego Gómez— le solicitó al ICE el traslado de una gran esfera de Finca 4 al Museo. Es importante mencionar esto porque el traslado de esferas desde el Sur hacia San José era algo normalizado en esos años.
Un traslado frustrado que inició una hermosa e histórica lucha
Pasó el tiempo. Las esferas seguían en la propiedad donde las habían dejado en 1974. No fue sino hasta el 5 de noviembre de 1980 que el Museo Nacional intentó concretar su traslado a San José, esta vez en coordinación con el Banco Central. Una iba a ser colocada en el Museo Nacional; su melliza, en el jardín interior del novedoso edificio que se construía para albergar las colecciones del Banco Central de Costa Rica. Ese edificio formaría parte de lo que se iba a llamar la Plaza de la Cultura, que en su parte baja tendría los museos de arqueología, numismática y arte.
Al igual que en 1974, llegaron y las cargaron en un camión. Pero las esferas nunca llegaron a San José. Aquel 5 de noviembre de 1980, la región estaba efervescente. Había vivido bajo la tutela de la hija de la United Fruit Company —la Compañía Bananera de Costa Rica—, con una presencia del Estado muy disminuida. Pero allí había gente con gran conciencia de su historia y de su pertenencia a ese lugar. Esa gente no las dejó ir.
Durante tres días, las comunidades de Palmar Sur y Palmar Norte, en el cantón de Osa, con el apoyo de comunidades vecinas, se lanzaron a la calle para impedir que el camión saliera hacia San José con las dos esferas monumentales. Varios cientos de personas, principalmente estudiantes y profesores del Colegio Técnico Profesional de Osa, cerraron la carretera Interamericana y forzaron una negociación con representantes del Museo Nacional y del Ministerio de Cultura. Ante la contundente y firme posición local, estos tuvieron que ceder.
Después de tres días de tensas negociaciones, los representantes del Gobierno central acordaron que las esferas se quedaran en la zona verde del Colegio Técnico Profesional de Osa, en Palmar Norte. Allí se encuentran actualmente y son un símbolo reconocido de lucha y orgullo local.
Después de décadas de expolio y de traslados fuera de la región, este fue el primer movimiento que reivindicó las esferas como patrimonio local. Fue, y sigue siendo, la lucha más significativa a nivel nacional por el patrimonio local y por el derecho de las comunidades de mantener su historia.
Lo que nos dejó la lucha por el patrimonio local y las esferas de Osa
Lo que pasó en Palmar en noviembre de 1980 no fue una simple lucha por dos esferas. Fue la primera vez que una comunidad del sur dijo, con el cuerpo puesto en la carretera, que las esferas eran suyas. Que no eran adornos para los jardines de la capital ni piezas para coleccionistas, sino parte de su historia.
En 1974, unos hombres con un camión habían intentado llevárselas para entregárselas a Modesto Alfaro, que las había encargado. En 1980, el propio Estado intentó llevárselas para exhibirlas en la capital, lejos de su lugar de origen. En ambos casos, las esferas iban a salir de la región. Primero se plantó la Compañía Bananera, que consideraba suyas esas esferas. En 1980 fueron los estudiantes y los vecinos de la Zona Sur quienes las reclamaron como propias.

Esa lucha abrió un camino. Hoy hablamos de las esferas de piedra como patrimonio nacional, pero más que todo como un patrimonio de las comunidades del sur del país. Asimismo, cuatro sitios con esferas de piedra en su lugar original son patrimonio mundial según la Convención del Patrimonio Mundial. Nada de eso se entiende del todo sin aquel bloqueo de estudiantes y profesores.
Las esferas mellizas siguen en el CTP de Osa, en Palmar Norte. Están ahí porque un pueblo no las dejó ir. Esa historia también es patrimonio, y hay que contarla.




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