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Acerca de la técnica de suavizar la piedra y la escultura precolombina

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Es hermoso este metate, ¿no es cierto?  Es un metate “efigie“, también llamado “piedra tigre” entre la gente de algunas partes de Costa Rica y Panamá.

Es un artefacto usado para moler, para eso su superficie plana y algo cóncava. Se ha dicho que también pudieron servir como asientos, pero no hay nada claro sobre esto.

Es muy característico de la arqueología del sur de Centroamérica, donde se han encontrado como parte de ofrendas funerarias y en contextos domésticos.

Es muy curioso que en esta parte del mundo los indígenas precolombinos fabricaran objetos de piedra para resolver necesidades de su vida cotidiana y ritual a la vez que convirtieran a gran parte de estos objetos en medios para transmitir todo un mundo simbólico.

metate felino (1)
En la Costa Rica precolombina destaca la talla de la piedra. Esto es algo compartido en las distintas regiones arqueológicas y compartido también con los vecinos países de Nicaragua y Panamá. 

Existe gran incertidumbre acerca de las técnicas y los instrumentos usados para convertir bloques de piedra en metates o en otras formas. Para mucha gente es muy difícil pensar que los fabricaron usando otros instrumentos de piedra y por la combinación de diversas técnicas escultóricas. Cuesta creerlo, pero así fue.

Cuando la ciencia no da las respuestas apropiadas o cuando el conocimiento científico está muy alejado de la gente, se generan explicaciones propias. En el caso de la escultura en piedra precolombina de Costa Rica existe una creencia entre indígenas y campesinos que sostiene que en tiempos antiguos los indígenas podían suavizar y moldear la piedra.

La capacidad de suavizar la piedra es un pensamiento que está muy arraigado en el Pacífico Sur donde se encuentran gran cantidad de esculturas precolombinas, especialmente las grandes esferas. Algunas personas mayores lo han transmitido a sus descendientes y acompañan la explicación al hallazgo de sustancias de color verde en vasijas encontradas en enterramientos que desaparecían misteriosamente al ver la luz.

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La fabricación de las esferas sigue generando dudas y algunas personas no aceptan que los indígenas hayan sido capaces de haberlas esculpido a partir de rocas propias de la región. Foto: I. Quintanilla

Hace unos meses estuvo de visita en mi casa Doña Margarita, una muy querida amiga indígena de Boruca. Es una señora mayor que ha estado siempre muy involucrada en la recuperación de la cultura tradicional, especialmente de los tejidos de algodón. Hablando y hablando ella me contó lo que su abuelita le había explicado sobre la manera antigua de fundir la piedra y me preguntó lo que yo pensaba.

Lo único que pude decirle fue que hasta ahora no hemos encontrado restos arqueológicos de moldes ni de otras cosas que nos den indicios de que la piedra se fundía. Del oro y del cobre, sí. Pero de piedra, nada.

Oro Diquís Museos Banco Central
Indudablemente, la fundición de metales -oro y cobre- era una técnica conocida y magistralmente dominada en el Diquís. Esto no se puede decir para la piedra, a pesar de que algunos objetos puedan parecer «modelados» mas que tallados a partir de distintos instrumentos de talla.

Le puse el ejemplo de lo grandes que tenían que ser los moldes de las esferas y nos pusimos a imaginar cómo serían. Hasta nos reímos pensando en lo difícil que pudo haber sido moverlos y llevarlos de un lado a otro.

Le expliqué que muchas de las esculturas tenían las cicatrices de los instrumentos que se usaron para hacerlos y que a través de éstas se podía concluir que habían usado masas, martillos, cinceles, punteros, abrasivos y taladros. Le dije que después de hacerlos las alisaron o pulieron y hasta las pintaron. A fin de cuentas, le expliqué que fueron artesanos -muchos de ellos expertos escultores y grandes artistas- quienes hicieron esas esculturas. Que era gente de gran conocimiento y muy trabajadora.

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Escultura singular propia del Diquís. Fabricada en roca arenisca, esta escultura fue hecha usando un tipo de roca muy abundante en la región. Foto: Diego Matarrita.

También le expliqué que las piedras usadas para hacer todas esas esculturas, tanto las esferas como las esculturas de seres humanos y de animales, se encuentran de manera natural en la región y que no se ha visto que hayan cambiado cuando se convirtieron en esculturas.

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Afloramiento de gabro en la Quebrada Olla Cero en Osa. Es la misma roca utilizad para fabricar la mayoría de lase sferas precolombinas, pero en estado natural. Foto: Diego Matarrita.

Doña Margarita y yo conversamos hasta bien entrada la noche sobre esto y otras cosas. Sé que ella entendió y aceptó mi explicación. Sin embargo, también sé otra cosa, y lo entiendo perfectamente: ella siempre va a preferir lo que le dijo su sabia abuelita.

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Patrimonio olvidado

Patrimonio olvidado
Casona y esferas de Bahía Ballena, Uvita, Osa. Foto Diego Matarrita.

Una casona histórica declarada patrimonio histórico-arquitectónico según la ley 7555 y unas esferas de piedra que son patrimonio arqueológico y que quizá sean declaradas «símbolos de la patria».
Una casa abandonada que se destruye ante la mirada de turistas y vecinos en Bahía Ballena, Uvita. Unas esferas descuidadas e invisibles como muchas otras. ¿Es esta la manera de cuidar nuestro patrimonio? ¿Es qué no podemos hacer nada?

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La casona de Bahía Ballena se encuentra en un lamentable estado de conservación. En lo que fueron los jardines de la casona hay Cinco esferas precolombinas. Foto: Diego Matarrita, abril del 2014.

Yo creo que si se puede hacer algo y lo primero es decir que esto está pasando. Lo segundo es actuar y tomar decisiones. La inacción del estado no puede condenar el patrimonio cultural al olvido y a la destrucción. Todos tenemos responsabilidad y todos debemos actuar.

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De cuando Villachica pidió una esfera, y se la dieron

La mayoría de la gente ve las esferas de piedra, y poco saben sobre sus historias; sobre las razones que provocaron que estén en determinado lugar, que estén deterioradas o cuidadas, que se conserven en el último lugar donde la dejaron los indígenas precolombinos, o que estén decorando un jardín o tiradas en medio campo.

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Esfera de Bahía Ballena, Uvita, Osa. El dulce encanto del abandono. Foto: I. Quintanilla, abril del 2014.

De la historia particular de cada esfera poco se conoce porque no se han estudiado ni conservado como objetos con historia. Han sido vistas como «bienes muebles«, como cosas que se llevan de un lugar a otro, donde cada traslado hace que se pierda su historia anterior. Y es que la historia de un objeto dice mucho sobre él, pero también de la gente que le dio vida mediante el uso o el desuso, de la gente que lo apreció, lo abandonó y hasta lo destruyó.

Hoy quiero contar una triste historia. Es la de una esfera «invisible«, de una de esas esferas que están ahí y que pocos ven, y si las ven es para una foto rápida.

La esfera de la historia tuvo una vida «gloriosa» hace unos 50 años. Sin embargo, hace unos 10 años fue «degradada» y enviada a un lugar donde no fue pedida, ni buscada, ni apreciada por la gente con las que hoy convive.

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Esfera del parque de Sierpe, Osa. Foto Diego Matarrita, abril del 2014.

La esfera de la historia mide cerca de 160 cm de diámetro, está fabricada en roca de tipo gabroide, como la mayoría de esferas del Diquís y también, al igual que la mayoría de esferas de esta región, es de forma simétrica y de acabado fino.

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Esfera del parque de Sierpe, Osa. Foto: Diego Matarrita, abril del 2014.

Esta esfera tuvo sus días de gloria cuando la administración de la Compañía Bananera de Costa Rica -el nombre para el país de la United Fruit Company– decidió extraerla de una de las fincas bananeras donde formaba parte de un sitio arqueológico hoy desconocido y colocarla en la entrada de la «zona americana» de Palmar Sur.

En cada área de plantación, la United, tenía una «zona americana«. Era el espacio exclusivo para los altos mandos de la administración bananera. Era zona de acceso restringido para el resto de los mortales, salvo para cocineros, jardineros y para el servicio en general. En la «zona americana» estaban las casas grandes, el club con su cine, su bar, los grandes y cuidados jardines; ahí se concentraba el poder. Un poder encerrado en un mundo blanco, simétrico, limpio que se ejemplificaba en un paisaje tropical dominado por el orden y el progreso.

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Antiguo club social de la zona americana de Palmar Sur. Ahí había un gran salón con bar y cine, tenía un «bowling» o boliche y era el lugar de encuentro para la administración bananera. En el 2009 la Municipalidad de Osa lo restauró y ahora se usa para actividades sociales y culturales. Foto: Diego Matarrita, abril del 2014.

Ahí, en la entrada principal de la «zona americana» de Palmar Sur, estaba la esfera de la triste historia. Una esfera admitida en el mundo blanco, que decoraba y marcaba el lugar. No tengo a mano una foto de este tiempo de gloria. Tampoco la tengo de su período de «decadencia» cuando la Compañía Bananera se fue de la región y la «zona americana» dejó de ser lo que era.

Desde 1985, cuando la Compañía Bananera se fue, hasta el 2005 la esfera estuvo en la misma base de cemento que le habían construido en los años sesenta. A veces los jardines circundantes estaban cuidados; otras veces la vegetación crecía y la ocultaba un poco, pero ahí seguía como un recuerdo vivo de una parte de su historia, de la historia de Costa Rica y también del mundo capitalista y sus procesos.

En el 2005 la vida de la esfera de la triste historia cambió. Según parece, los funcionarios del Museo Nacional de Costa Rica encargados de proteger el patrimonio cultural del país necesitaban equipo pesado para mover y trasladar una serie de esferas que consideraban que estaban en riesgo. El alcalde municipal de ese momento -un señor de apellido Villachica del pueblo pequeño de Sierpe- les facilitó la maquinaria y pidió a cambio, o como favor, una esfera para su pueblo.

A Villachica no le dieron una de las que estaban en riesgo -seguro eran pequeñas o estaban rotas o agrietadas- No, le dieron una grande y bonita. No estaba en riesgo, sólo estaba un poco abandonada, pero a diferencia de la gran mayoría de esferas tenía una base de cemento y estaba incorporada al paisaje de Palmar Sur. Eso no importó para tomar la decisión. Cuando se es funcionario público, se tienen «potestades de imperio» y principalmente si se tiene un cargador, cadenas de acero y un alcalde complaciente todo se decide con facilidad.

Dicen mis amigos de Sierpe que ellos solo vieron llegar una vagoneta y que en unos momentos había una esfera depositada en el parque. Nadie la esperaba. Ni una base de cemento, ni un parque adaptado para lucirla y recibirla. Tampoco estaban los niños de la escuela para la foto, ni las fuerzas vivas del pueblo para aplaudir y agradecer el regalo. Ahí la dejaron, sin mediar palabras ni condiciones y se olvidaron de ella.

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Otra vista de la esfera del parque de Sierpe. Foto: Diego Matarrita, abril del 2014.

Ahora, en abril del 2014, la esfera de la triste historia luce cada vez más abandonada. Nadie recuerda sus tiempos de gloria en la «zona americana«, ni nadie pide cuentas de por qué está ahí y así. Bueno, yo estoy pidiendo cuentas.

Por suerte los objetos, las esferas de piedra, viven en nosotros y somos nosotros quienes les damos sentido y significado. Por eso, porque me da pena y porque la esfera no tiene alma, ni voz para gritar por la injusticia cometida es que escribo esto hoy. Y es que desde el 2005 estoy atragantada por este desatino y porque cada vez que voy a Sierpe no dejo de mirar esta triste y abandonada esfera que no merece el trato que se le ha dado.

 

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Hágase la luz, y las serpientes saldrán

Hace muchos años tuve un novio que tenía en su habitación un gran póster de Natasha Kinski desnuda y «vestida» con una gran boa que cubría sus partes íntimas. Estaba extendida de medio lado y miraba confiada y sensual a la cámara. La enorme boa parecía que no representaba ningún peligro y que era parte de la escena de erotismo, belleza y seducción que quiso transmitir el gran fotógrafo Richard Avedon.

Hoy, como muchas otras veces, he estado revisando imágenes de esculturas del Diquís, y algunas de ellas me han hecho recordar ese viejo póster de la Kinski y su boa. No porque sean esculturas eróticas, sino porque se trata de serpientes que forman parte del ser representado y, principalmente, porque es a través de la luz como podemos verlas en toda su magnitud.

Rodrigo Rubí J.  Escultura antropomorfa P-1257-ESC-7 / Superficie. Palmar Norte, Puntarenas. Costa Rica. ft Rodrigo Rubí J. dic2012
Fragmento de escultura frabricado en roca arenisca y recuperado por funcionarios del Museo Nacional de Costa Rica durante sus investigaciones en el Delta del Diquís. Foto: Rodrigo Rubí.

Las serpientes están muy presentes en la mitología y en el sistema de valores de casi todos los pueblos del mundo. La  Biblia, su Génesis y el papel asignado a la serpiente tentadora y causante del pecado original es uno de los más claros ejemplos de esto.

En el caso de muchas mitologías e historias orales de los pueblos amerindios, las serpientes están casi siempre presentes. La cultura material conservada de tiempos precolombinos da cuenta de la antigüedad y diversidad de representaciones que se han hecho de ellas.

En el caso del Pacífico Sur de Costa Rica hay una recurrencia constante a las representaciones de serpientes en la metalurgia. Y, ahora, al revisar el conjunto escultórico en piedra también es notorio que estos animales fueron muy significativos en el Delta del Diquís.

Las serpientes del Diquís no fueron representadas de manera aislada. Siempre están unidas a seres humanos, tanto hombres como mujeres, o a seres sin clara adscripción de género. Por lo general están relacionadas con seres que sostienen cabezas humanas, o que las tienen colgadas. También a seres de fauces abiertas con colmillos y lenguas que son serpientes.

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Tres vistas del torso con serpientes en el hombro y como cinturón. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Fotos: Rodrigo Rubí.

Mucha gente usa cinturones de piel de serpiente hoy en día, pero no se ata las serpientes a la cintura. En el Diquís, los personajes de piedra sí las usaron como cinturones. Por lo menos así quisieron representarlos los artistas que los esculpieron.

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Escultura con doble cabeza colgando y cinturón de serpiente. Colección Peabody Museum, de Harvard University. Imagen reproducida del libro The Archaeology of the Diquís Delta de Samuel K. Lothrop (1963).

También convirtieron los bastones en serpientes como se ve en varias esculturas.

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Exquisita escultura en piedra del Diquis de un hombre con un colgante humano en lap arte posterior de su cabeza y con las manos sosteniendo una gran serpiente-bastón. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Esta escultura conserva restos de pintura ocre y beige.

La mitología bribri que se conserva en la tradición oral tiene relatos sobre el bastón del chaman que se convierte en serpiente. Hasta donde recuerdo hay un mito de una mujer que tomó el bastón del chamán mientras este lo dejó en el suelo, y a pesar de haber sido advertida por él de que no lo tocara siempre lo hizo. El bastón se convirtió en serpiente y hubo un mal desenlace. Otra vez la mujer desobediente es castigada y ahí estaba la serpiente.

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No hay duda de la relación humano/serpiente en el Diquís, y que la serpiente es parte del ser humano, o de lo que lo hace ese ser particular. Hermosas y complejas esculturas toman realce por las serpientes dobles, que unidas a colmillos y dientes expuestos muestran seres irreales y de gran carga simbólica.

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Escultura característica del Delta del Diquís con una serpiente que se bifurca y se posa en el pecho. Destaca el amplio hocico y los dientes, especialmente los colmillos. Esta escultura era parte de la colección que se exhibía en el Museo de Barbier-Mueller de Arte Precolombino de Barcelona.

Yo se no sé que sintió Natasha Kisnki cuando posó con la gran boa para Avedon. Quizá tuvo miedo, o quizá sintió mucho placer. Lo que no me imagino es como se hubiera sentido si el fotógrafo le hubiera colocado uun cinturón también de serpiente posando su cabeza sobre el pubis. Esta por lo menos fue una ocurrencia precolombina en el Diquís. Eran de piedra y no sintieron miedo. Supongo que no usaron modelos reales como Avedon. Si fue así no me hubiera gustado estar en la piel de estos modelos.

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Escultura del Diquís fotografiada en un momento indeterminado que muestra una cabellera compuesta de serpientes descendentes. Esta pieza forma o formaba parte de la colección del Museo Nacional de Costa Rica.

Nota: en un post anterior escribí sobre serpientes «escondidas» en un metate: Este es el enlace: https://dramadelasesferas.wordpress.com/2012/06/10/metate-para-dominguear/

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Ni a las gallinas ni a los gansos les importa el patrimonio arqueológico

Ni a las gallinas ni a los gansos les importa el patrimonio arqueológico

Comen placenteramente, y no son conscientes de que su plato es un metate precolombino.

Los objetos viven, mueren, resucitan, y algunos sobreviven en lugares y tiempos no pensados para ellos. Ahora este metate tiene una nueva historia y vive integrado en una familia que lo hace servir.

Que importa lo que fue esa piedra cóncava si ahora sirve para dar de comer. Puede que sirva más ahí de recipiente que guardada en una bodega donde nadie la estudia, ni se ve, ni se exhibe. Igual es más útil ahí que tirada en el campo sin que la recoja ninguna mano amiga que le pregunte cosas sobre su pasado.

Quizá se pueda pensar que haya que ir corriendo a recogerlo, lavarlo y guardarlo. Sin datos de contexto, sin información de su vida anterior, de poco puede servir, aparte de ser algo de «tiempos precolombinos«, y por lo tanto objeto patrimonial por ley.

No sé… veo este metate, a las gallinas, a los gansos y no se me mueve la fibra patrimonialista. Hay tanta cosa inútil guardada que me alegra ver algo de vida en esta piedra labrada en tiempos antiguos que ahora sirve de comedero a unas gallinas y a unos gansos inconscientes.

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Ficciones arqueológicas

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Hace unos días se publicó en un períodico una noticia sobre la visita de una experta méxicana en gestión de sitios arqueológicos (http://www.crhoy.com/museo-nacional-busca-crear-conciencia-sobre-importancia-de-sitios-arqueologicos-w6k3x/). La nota se acompañó de esta foto. La vi, y algo se revolvió en mi interior.

Es increíble pero esta imagen circula en distintos medios como representativa de las esferas precolombinas del Diquís, pero no lo es. Son esferas falsas – es decir, replicas de las antiguas precolombinas– y el paisaje de fondo es el embalse del Proyecto Hidroeléctrico Angostura, en Turrialba.

Estas esferas ni son de manufactura indígena, ni están en el «lugar de las esferas precolombinas«. Esto no es el Pacífico Sur de Costa Rica; es el Valle de Turrialba. Tampoco son esferas de roca ígnea, ni esculturas talladas por manos indígenas. Son réplicas recientes.

Este fotogénico grupo de esferas es parte de la decoración exterior del hotel Hacienda Tayutic. Se ven bonitas, pero no representan nada más que una recreación de lo que fue lo precolombino.

Hay otras imágenes que se usan mucho, y que tampoco me gustan. Aunque son imágenes constituidas por esferas precolombinas y tienen como fondo un paisaje del Sur también recrean algo que no es, y que tampoco lo fue. Me refiero al conjunto de esferas de la zona de «esferas en tránsito» del sitio arqueológico de Finca 6.

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Estas esferas ni son de Finca 6, ni representan nada que tenga que ver con este importante sitio arqueológico. Por lo menos las esferas se vinculan al Delta del Diquís. Sin embargo, los pilares de piedra colocados en los últimos años, que fueron traídos desde Pérez Zeledón, no tienen ninguna vinculación con este sitio ni con otros de esta zona.

Mucha gente que visita Finca 6 muestra con gran alegría las esferas de este sitio de «tránsito» y no entienden que no tienen que ver con el pasado sino con decisiones del presente. Tampoco entienden que en un sitio arqueológico no se introducen elementos externos de otros sitios, ni mucho menos objetos sin contexto. Esto no provoca más que distorsión y confusión, y una mirada del objeto por el objeto.

Hace unos años la dueña de un hotel de Drake me comentó que le gustaría entregar unas piezas precolombinas para que fueran exhibidas en Isla del Caño. Ella no tenía ni idea del origen de estos objetos. Me pidió mi opinión. Le dije que era como introducir cerdos o gatos a la isla. No hablamos más al respecto porque ella entendió que cada cosa tiene su lugar, y eso siempre hay que tenerlo claro.

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Perforaciones sin respuesta, o de cómo convertir las cosas en algo que no son

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Metate con perforación central. Colección Museo del Jade, Instituto Nacional de Seguros, Costa Rica. Foto: I. Quintanilla.

En los museos casi siempre vemos las cosas de lado, o de frente, y pocas veces las vemos desde arriba. Y la verdad es que según la posición en que miremos vemos más, menos, o a veces nada. Es el caso de este metate. De lado quizá no nos daríamos cuenta de que está perforado y que ese detalle lo convierte en algo distinto a su forma y a su uso original.

Se supone que en su origen fue un metate, un molino, una piedra de moler. Después de haber sido muy usado le hicieron una hermosa perforación con un taladro –de piedra, precolombino– que lo cambió, e hizo de él otra cosa. Pero, ¿qué era esta nueva cosa?

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Algunos dicen que son piezas matadas, usadas muchas veces como ofrendas funerarias. Yo no creo que haya sido  así. Las perforaron para usarlas de otra manera, no para inutilizarlas. Cuando son «matadas» las rompen y las depositan juntas, o reparten los pedazos. Si ser muy experto se puede ver que esta perforación fue hecha con mimo, y nada parece indicar que haya habido intención de dejar la pieza inservible.

Este metate reconvertido me gusta por su simetría, por la intensidad del desgaste que tiene y, principalmente por las preguntas que me genera. Es una lástima que no tengamos información sobre el lugar exacto donde se encontró, ni tampoco tengamos datos de los otros objetos que lo acompañaban. Es la herencia del saqueo y del coleccionismo del objeto por el objeto mismo.

Hay otros ejemplares como el metate con forma de felino de abajo que también fueron perforados en el centro. Este tampoco quedo «inutilizable«. Quedó diferente y preparado para otro uso, o para un uso complementario al inicial.

metate felino perforado nuevo

Lo que nos dicen estos metates es que ellos, al igual que la mayoría de los objetos, cambian, se usan de manera diferente a la idea que los concibió, se re-adaptan y asumen nuevos usos, nuevos sentidos y significados.

Lo mismo nos pasa a las personas. Al igual que las cosas, y junto con las cosas, nosotros también cambiamos y asumimos nuevos roles y nuevas vidas.

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Limpiar, medir, estudiar: Un largo camino para encontrar respuestas

Es curioso: las fotos siempre nos recuerdan o nos dicen algo; pero esta vez me pegaron un grito. Estaba buscando las fotos de una escultura y me encontré con unas imágenes de septiembre del 2012.

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Desfile de fragmentos de esculturas del sitio Batambal en el Laboratorio del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica. Foto: I. Quintanilla.

Todo ese mes estuve limpiando y estudiando las esculturas del sitio Batambal en el laboratorio del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica.

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El proceso de limpieza de cada fragmentó requirió de muchos cuidados y especialmente de paciencia.

Me ayudaron tres asistentes: Marco, Gabriela y María Graciela. Fue una dura temporada que estuvo llena de esculturas por limpiar, y miles de fotografías que tomar, así como calcos, descripciones y medidas que parecían no acabar nunca.

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Gabriela Rodriguez y Graciela Campos limpiando dos de los fragmentos del sitio Batambal. Foto: I. Quintaniilla

Eran cerca de 170 fragmentos y solo seis esculturas completas: tres esculturas antropomorfas y tres esferas.  Limpiamos cada pieza con todos los cuidados del mundo, y seguiendo procedimientos que afectaran lo menos posible cada cosa. Buscamos a ojo y con lupa restos de pintura, huellas de las herramientas con que las que fueron hechas y huellas del uso al que habían sido sometidas. Trabajamos a toda máquina y aun así nos faltó tiempo y mas profundidad en el trabajo.

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Esferas y estatuas de piedra juntas: parte de la gran riqueza informativa del sitio Batambal.

Hoy, dos años y unos meses después de ese trabajo de laboratorio, veo hacia atrás y siento vértigo por todo lo que generó esa temporada. Ha sido un largo camino que todavía no acaba. Un camino que se ha unido a otro iniciado años atrás, también de vértigo, donde confluyen cientos de esculturas de piedra, unas sin biografía y otras llenas de historia.

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Busto en piedra del sitio Batambal. Corresponde a un fragmento de estatua reconvertido en busto. El resto del cuerpo no apareció dentro del conjunto excavado por el equipo del Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Rodrigo Rubí.

No es fácil contar historias de los objetos, interrogarlos para que cuenten su vida y la de otros objetos. Mas díificil es interrogarlos para que cuenten cosas de la gente que los hizo, los uso, los descartó, los recuperó y los mantuvo y mantienen vivos.

A diferencia de muchas otros objetos arqueológicos del Diquís, las esculturas de Batambal sí tienen historia y una larga biografía. Fueron excavadas por un equipo del Museo Nacional y han sido tratadas adecuadamente. Pero -siempre hay un pero- todavía no se ha dicho nada exhaustivo, claro, potente sobre ellas.

Y de ahí viene el grito que me dieron las fotos: todavía no he dicho nada sobre ellas, ni sobre lo que pasó en ese sitio arqueológico alrededor de ellas. ¿Valió la pena tanto trabajo de laboratorio? Cierro los ojos, los abro y nada mas me digo: Tengo que decir algo. Ahí había mas que cosas rotas. Ahí hay historia, gente y objetos rotos. Pero, ¿por qué están rotos y de esa manera? ¿Por qué tantos fragmentos incompletos, gastados, reutilizados?

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Detalle de un sector de la excavación del sitio Batambal con un conjunto de fragmentos de esculturas y las tres esferas de piedra. Foto: Francisco Corrales, Museo Nacional de Costa Rica.

Por alguna razón tres pequeñas esferas de piedra estaban rodeadas de estas piezas rotas, todas ellas debajo de la base de una estructura hecha de piedra. La gente del Museo Nacional las excavó y las llevó al laboratorio. Han pasado dos años y cuatro meses desde que me atreví a quitarles la capa de tierra que tenían adherida. Ya toca decir algo para no recibir mas gritos de las imágenes. Tampoco quiero despertar un día y encontrar una escultura mostrándome sus colmillos por olvidarlas, o por no hacer bien mi trabajo.

Rodrigo Rubí J. Escultura antropomórfica. P-299-BT-F. E-85 / Procedencia: 82N 24/26W/42-65 cmb/d. Batambal, Palmar Norte, Puntarenas. Costa Rica. ft dic2012.

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Un monseñor al que le gustaban los ídolos de piedra

En una entrada de este blog que escribí el pasado mes de julio comentaba el caso de un fraile – Juan de Dios Campos Diez, de la orden de los Observantes- que dedicó parte de su labor misionera a la destrucción de «idolos de piedra«. Dejó constancia de su tarea en un informe de 1804, una fecha bastante tardía para seguir rompiendo objetos indígenas con fines evangelizadores.

Ochenta años después del informe del fraile exterminador fue escrito otro sobre la misma región, pero esta vez decía algo diferente. Lo escribió Manuel Hidalgo Bonilla y aquí les transcribo una parte de su contenido:

«El sábado salieron a la alta mar, el domingo, lunes y martes duró la navegación, en la tarde del 6 de mayo llegamos en frente de Boca Zacate. El miércoles 7 a las 8 de la mañana se hizo el desembarco.

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Vista aerea del extenso humedal de Sierpe-Térraba, el lugar por donde se adentró la expedición hacia tierra firme. Foto tomada de: http://www.google.es/imgres?imgurl=http://www.crhoy.com/wp-content/uploads/2013/02/terraba.jpg

En la playa estaban ya diez indios de Boruca con tres botes aguardando a S. Sia. De Boca Zacate se fueron a Boca Brava pasando por los esteros y pasando Boca Chica. En Boca Brava hubo necesidad de aguardar hasta las ocho de la noche por la marea. Toda la noche anduvimos por el río hasta llegar al Pozo.»

En el Pozo quedó la embarcación del pailebote y nos fuimos en las estrechas canoas de los indios. A las 11 estuvimos en el Pozo y a las seis de la mañana llegamos. Inmediatamente se fue S.S. Ilmª con tres a visitar un lugar a dos leguas de distancia llamado las Pilas, en donde se encuentran grandes piedras de los antiguos indios. Encontró cuatro ídolos de piedra de dos varas, uno entero y tres en partes, tres figuras de animales de cuatro a cinco quintales de peso o piedra. Simbolizan venados o dantas o cariblancos. Dio después orden al alcalde de Boruca de sacar estas figuras a Boca Zacate, lo cual los indios de Boruca ejecutaron en la semana del 13 al 17 de mayo. S.S.Ilmª les pagó por la sacada $ 44 y un novillo de $16”.

¿Quien era Su Señoría o Su Ilustrísma, y qué hacía en el Pacífico Sur de Costa Rica?

Su Señoría no podía ser nadie más que el insigne e inquieto Monseñor Bernardo Augusto Thiel, quien viajaba por segunda vez a esta parte de Costa Rica, y lo hacía entrando por vía marítima desde Puntarenas para adentrarse a tierra firme en busca de los aislados y alejados territorios indígenas que la Iglesia Católica sentía como propios, en ausencia de acción del Estado costarricense.

En El Pozo -el viejo nombre de Ciudad Cortés- hizo un descanso para seguir el viaje en bote hasta Lagarto desde donde subiría hasta Boruca y a otros territorios indígenas. En realidad, no descansó -se fue a visitar el lugar del que le habían hablado en su primer visita donde habían restos de los pueblos antiguos que habían vivido en la zona.

Tristemente, el secretario que escribió el informe no dice nada sobre lo que observó y encontró Monseñor Thiel en este lugar. Solamente aporta los datos de lo que pagó para que se llevaran un grupo de esculturas de piedra  a un barco que las transportaría hacia San José, la capital. De lo poco que se dice lo único que se puede deducir es que a Monseñor Thiel le interesaban los restos arqueológicos y que destinaba parte de su tiempo en conocer de primera mano los lugares dónde estaban estos restos.

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Imagen escaneada de la publicación de Claudio Barrantes con dos religiosos posando para la cámara. Como fondo se aprecian dos de las esculturas que recolectó Monseñor Thiel y que se conservan en el Colegio Seminario.

El traslado de estas esculturas precolombinas hacia San José fue parte de un proceso que se estaba dando en otras partes del país y del mundo. El coleccionismo y el interés por lo antiguo se estaba instaurando como práctica común entre ciertas élites intelectuales. En Costa Rica, pocos años después del viaje de Monseñor Thiel, se institucionalizaría esta práctica con la creación del Museo Nacional de Costa Rica en 1887.

Thiel 1 copia
Fotografía que se conserva en el Smitsonian Institution en Washington de una de las esculturas que recolectó Monseñor Thiel y que todavía se conserva en el Colegio Seminario en San José.

Es curioso. Guardar, en lugar de destruir o dejar destruirse, constituye un cambio de mentalidad radical. Destinar un lugar para guardar cosas, exponerlas a la vista pública y dedicarles cuido y mantenimiento contrasta con el afán violento de las primeras etapas evangelizadoras. Sin embargo -no nos engañemos- el proceso no dejó de ser violento.

Una cosa son las cosas y otra la gente. Y la tarea de colonizar no se detuvo por la magia de unos objetos. No. Esto siguió y sigue. Y, quizá lo más triste de esta historia es que con las primeras recolecciones de objetos arqueológicos, como esta que hizo Monseñor Thiel, se inició otro proceso más violento todavía: la separación física y emocional entre los objetos y los descendientes de quienes los hicieron, los usaron y los dejaron ahí donde estaban en ese momento. Ya nunca más serían de ellos, ni parte de su memoria.

Se podría decir que esta separación entre los objetos y la gente vinculada a ellos fue el comienzo de un camino que no acaba. De un camino de separación intencional, de un camino donde esos objetos ya no son lo que fueron, ni de quienes fueron. Objetos que perdieron su sentido, su significado original y que ahora, con casi 130 años de coleccionismo institucional, forman parte del patrimonio de una nación, de un estado y de un aparato ideológico que los dota de nuevos valores donde lo indígena es accesorio y parte del decorado.

Buho en piedra INS
Búho con cabeza humana colgando de sus garras. Una escultura similar a esta fue recolectada por Monseñor Thiel en Osa, en 1884. Colección Museo del Jade, Instituto Nacional de Seguros, Costa Rica. Foto I. Quintanilla.

Viéndolo en perspectiva no sé que es más trágico. No sé si un fraile rompiendo esculturas es peor que un monseñor que se las lleva para la ciudad. El que las rompía lo hacía porque sentía que significaban algo para los indígenas. Los objetos recibían su rabia porque representaban algo. ¿Significarían lo mismo 80 años después cuando llegó Monseñor Thiel? ¿Brotaría alguna lágrima de los ojos de los borucas que ayudaron a subirlas al barco que las llevó a San José? ¿Hubo rabia o desgarro cuando las vieron desaparecer? o ¿Se pondrían a contar los reales que les dejó Monseñor Thiel, y no tuvieron ojos para lo que se iba? Eso si sería trágico, triste, desgarrador. Pero bueno… eso es la historia y la Historia.

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El enlace para leer mas sobre el fraile exterminador de ídolos:

(https://ifigeniaquintanilla.com/2013/07/07/sobre-un-milagro-indigena-en-el-sur-de-costa-rica/ )

Aquí la fuente de donde extraje la información del texto citado:

Anexo documental, segunda parte, Documento 6: Segunda visita de Monseñor Thiel al sureste de Costa Rica. Fuente:  AHABAT, serie libros Pastorales y Administrativos, Libro IV de Santa Visita del Ilm. Sr. Thiel, folios 62-67. Tomado del libro de escrito por Claudio Barrantes Cartín. Orígenes de la Diócesis de San Isidro del General. Una historia eclesiástica regional 1522-1954.

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Las distintas vidas de una escultura del Diquís

Parte superior de una escultura reutilizada y convertida en «busto». Sitio Batambal, Osa. Colección Museo Nacional de Costa Rica Foto: Rodrigo Rubí.

Los objetos arqueológicos acumulan distintas historias sobre su vida. Y es que los objetos, sean del tipo que sean, tienen  su vida, su propia historia. Una historia que empieza desde que fueron pensados, que se concreta con su fabricación y se reafirma con su uso. Dice el arqueólogo Vicente Lull en su libro «Los objetos distinguidos» que “allí donde no media lenguaje, el objeto resultante es el todo, el vínculo capaz de grabar la experiencia y transmitirla por sí mismo”….

Rodrigo Rubí J.  Fragmento de escultura antropomorfa P-299-BT-F. E-112 / Procedencia: Cd 82N 28W/44 cmb/d. Batambal, Palmar Norte, Puntarenas. Costa Rica. ft Rodrigo Rubí J. dic2012.
Vista de la parte dorsal de la escultura. Sitio Batambal, Osa. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto Rodrigo Rubí.

El objeto de la foto es un caso singular que muestra partes de sus distintas biografías. En primer lugar es una escultura fabricada en roca arenisca de grano fino, igual que la mayoría de esculturas antropomorfas del Diquís. Fue hecha en piedra de la región. Su origen está en la materia prima local.

Aunque tiene una superficie muy desgastada todavía quedan la huellas de los punteros y de otros instrumentos usados para darle forma y acabado. Estas huellas serían según Vicente «su prehistoria«. Lo que la hizo objeto.

Sabemos que fue «hecha«, que hubo manos, herramientas, conocimiento y experiencia que  la hicieron de ésta y no de otra manera. No es única. Hubo otras parecidas a ella, o distintas a ella pero siempre compartiendo su carácter escultórico.

En segundo lugar, en su forma están plasmados una serie de atributos estilísticos muy concretos y característicos del Delta del Diquís. Su procedencia determina estos atributos; es lo que es porque la hicieron ahí, en un momento determinado, bajo ciertos parámetros estéticos y con un fin determinado. Ahí radica su identidad.

En tercer lugar, esta escultura se convirtió en algo que no fue en su origen.

Tuvo una vida anterior seguramente como estatua de cuerpo entero, y por razones que no conocemos terminó convertida en busto. Se rompió, o la rompieron en tiempos precolombinos, y fue reconvertida  en un nuevo objeto.

Posiblemente cuando estuvo completa se mantuvo erguida en algún lugar junto con otras estatuas y posiblemente con esferas de piedra y esculturas de animales. Cuando fue reconvertida en busto quizá estuvo expuesta a la vista, o la guardaron y la mostraban de vez en cuando. Esa parte de su historia no la conocemos.

Su penúltima vida fue como parte de un grupo de mas de 170 fragmentos de esculturas y esferas de piedra pequeñas colocadas dentro de una estructura en el sitio Batambal. Ahí fue encontrada por un equipo de investigación del Museo Nacional de Costa Rica en diciembre del 2011.

Su última vida, la mas reciente, es como objeto de museo. Ahora vive en una caja de cartón dentro de una bodega. Ya ha sido estudiada, tiene número de identificación y forma parte de una colección arqueológica. Salvo que sea usada en alguna exposición, ya no verá la luz en mucho tiempo.

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La escultura muestra la zona de fractura de lo que fueron sus hombros y el cuerpo perdido. Sitio Batambal, Osa. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Marco Arce.

Vicente Lull también dice en su libro que «un objeto tiene el significado con el que fue producido y adquiere el sentido que su uso le confiere«. Por lo que dice esta escultura en sí misma, y por el contexto donde fue excavada, se puede inferir que debió tener distintos sentidos según el momento, el dónde y el cómo fue usada. Y también debió haber tenido un sentido diferente cuando estuvo completa y luego cuando tomó una nueva forma.

Ahora tiene un nuevo sentido como objeto patrimonial, como parte de una legado histórico. Es un nuevo rol. No fue pensada ni creada para este fin. Ese sentido, ese uso, se lo estamos adjudicando nosotros en este tiempo presente.

La vida de los objetos es lo que es por compartir la vida con gente que los hace, los usa, los rompe, los recoge, los reinventa y los junta con otros. Su vida es social; es compartida; cambian ellos y cambia la gente; o cambia la gente y cambian ellos; o todo al mismo tiempo. Ese es el debate.

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Para los interesados en el mundo de los objetos y la materialidad social:

Lull, Vicente. 2007.  Los Objetos distinguidos: la arqueología como excusa. Barcelona, Editorial Bellaterra.