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Limpiar, medir, estudiar: Un largo camino para encontrar respuestas

Es curioso: las fotos siempre nos recuerdan o nos dicen algo; pero esta vez me pegaron un grito. Estaba buscando las fotos de una escultura y me encontré con unas imágenes de septiembre del 2012.

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Desfile de fragmentos de esculturas del sitio Batambal en el Laboratorio del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica. Foto: I. Quintanilla.

Todo ese mes estuve limpiando y estudiando las esculturas del sitio Batambal en el laboratorio del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica.

Limpiando esculturas
El proceso de limpieza de cada fragmentó requirió de muchos cuidados y especialmente de paciencia.

Me ayudaron tres asistentes: Marco, Gabriela y María Graciela. Fue una dura temporada que estuvo llena de esculturas por limpiar, y miles de fotografías que tomar, así como calcos, descripciones y medidas que parecían no acabar nunca.

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Gabriela Rodriguez y Graciela Campos limpiando dos de los fragmentos del sitio Batambal. Foto: I. Quintaniilla

Eran cerca de 170 fragmentos y solo seis esculturas completas: tres esculturas antropomorfas y tres esferas.  Limpiamos cada pieza con todos los cuidados del mundo, y seguiendo procedimientos que afectaran lo menos posible cada cosa. Buscamos a ojo y con lupa restos de pintura, huellas de las herramientas con que las que fueron hechas y huellas del uso al que habían sido sometidas. Trabajamos a toda máquina y aun así nos faltó tiempo y mas profundidad en el trabajo.

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Esferas y estatuas de piedra juntas: parte de la gran riqueza informativa del sitio Batambal.

Hoy, dos años y unos meses después de ese trabajo de laboratorio, veo hacia atrás y siento vértigo por todo lo que generó esa temporada. Ha sido un largo camino que todavía no acaba. Un camino que se ha unido a otro iniciado años atrás, también de vértigo, donde confluyen cientos de esculturas de piedra, unas sin biografía y otras llenas de historia.

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Busto en piedra del sitio Batambal. Corresponde a un fragmento de estatua reconvertido en busto. El resto del cuerpo no apareció dentro del conjunto excavado por el equipo del Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Rodrigo Rubí.

No es fácil contar historias de los objetos, interrogarlos para que cuenten su vida y la de otros objetos. Mas díificil es interrogarlos para que cuenten cosas de la gente que los hizo, los uso, los descartó, los recuperó y los mantuvo y mantienen vivos.

A diferencia de muchas otros objetos arqueológicos del Diquís, las esculturas de Batambal sí tienen historia y una larga biografía. Fueron excavadas por un equipo del Museo Nacional y han sido tratadas adecuadamente. Pero -siempre hay un pero- todavía no se ha dicho nada exhaustivo, claro, potente sobre ellas.

Y de ahí viene el grito que me dieron las fotos: todavía no he dicho nada sobre ellas, ni sobre lo que pasó en ese sitio arqueológico alrededor de ellas. ¿Valió la pena tanto trabajo de laboratorio? Cierro los ojos, los abro y nada mas me digo: Tengo que decir algo. Ahí había mas que cosas rotas. Ahí hay historia, gente y objetos rotos. Pero, ¿por qué están rotos y de esa manera? ¿Por qué tantos fragmentos incompletos, gastados, reutilizados?

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Detalle de un sector de la excavación del sitio Batambal con un conjunto de fragmentos de esculturas y las tres esferas de piedra. Foto: Francisco Corrales, Museo Nacional de Costa Rica.

Por alguna razón tres pequeñas esferas de piedra estaban rodeadas de estas piezas rotas, todas ellas debajo de la base de una estructura hecha de piedra. La gente del Museo Nacional las excavó y las llevó al laboratorio. Han pasado dos años y cuatro meses desde que me atreví a quitarles la capa de tierra que tenían adherida. Ya toca decir algo para no recibir mas gritos de las imágenes. Tampoco quiero despertar un día y encontrar una escultura mostrándome sus colmillos por olvidarlas, o por no hacer bien mi trabajo.

Rodrigo Rubí J. Escultura antropomórfica. P-299-BT-F. E-85 / Procedencia: 82N 24/26W/42-65 cmb/d. Batambal, Palmar Norte, Puntarenas. Costa Rica. ft dic2012.

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Claude Baudez y la arqueología del Diquís

El pasado 13 de julio murió el Dr. Claude-François Baudez, arqueólogo francés y uno de los  “americanistas” mas destacados del siglo pasado.

Conocí brevemente al Dr. Baudez en 1990 en Costa Rica. En ese momento no desarrollamos ninguna relación personal ni profesional. Volví a encontrarlo 19 años después, ya no en el trópico sino en un Paris frío e invernal. Cuando nos reencontramos estaba vestido de manera elegante. Mantenía su brillante calva. Su cuerpo, a  pesar de los años, se mantenía delgado y estilizado. Me pareció más simpático y afectuoso que años atrás. Seguro que yo también le parecí más agradable porque después de saludarnos pasamos la mañana revisando esculturas de piedra mientras evocábamos tiempos y lugares pasados.

Mi reencuentro con el Dr, Baudez se dio a partir de la visita de investigación que hice al nuevo y radiante Musee du quai Branly, el heredero del Musée de l’Homme, el museo donde los franceses colocaban lo no occidental, lo de las sociedades primitivas, lo de la América indígena, Oceanía y otras partes del mundo prehistórico. A este nuevo museo habían trasladado los materiales que el Dr. Baudez había colectado en Costa Rica en los años cincuenta y sesenta.

Una de los objetivos de mi vista a los depósitos del quai Branly era revisar  las “esferas de piedra” que el Dr. Baudez había encontrado en el sitio Papagayo, en Guanacaste,  a finales de los años cincuenta. Era el único reporte fiable de esferas en esta parte de Costa Rica y quería verificar si realmente eran esferas como las del Diquís.

Como solicité ver los materiales recolectados por él, Fabienne de Pierrebourg, la curadora de las colecciones de América, lo invitó a venir. Él, ya mayor y jubilado, tuvo a bien compartir una mañana con nosotras.

Debo decir que fue emocionante estar  junto a él en el museo. Pocas veces existe la posibilidad de que alguien que encontró algo hace casi cincuenta años te lo muestre. Normalmente son funcionarios que no tienen nada que ver con esos hallazgos quienes ponen las cosas a tu disposición. A veces te vigilan mientras tomas medidas, fotos y llenas formularios; otras veces confían en tu trabajo y te dejan hacer en paz..

Revisar el material de Papagayo con el Dr. Baudez fue muy importante para mi trabajo porque juntos decidimos que lo que él había encontrado ahí no eran esferas como las del Diquís, sino pequeñas piedras redondeadas que no habían sido talladas.

Esta era una conclusión importante porque ayudaba a acotar la distribución de las esferas de piedra y descartaba a Guanacaste-Gran Nicoya. Él estuvo de acuerdo, y hoy ya borré de la lista de sitios con esferas a Papagayo.

Descartadas las esferas de la Gran Nicoya, nos dedicamos a revisar unas pocas esculturas de piedra del Diquís y hablamos sobre ellas y otras cosas más. Así se nos fue la mañana. Nos despedimos, yo seguí con mi trabajo y quedamos en vernos de nuevo unos días después en la Maison de la Amerique latine, donde yo iba a dar una conferencia sobre las esferas de piedra del Diqúis.

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Escultura precolombina del Diquís. Colección Musée du quai Branly, Paris.

Él vino a la conferencia. Estuvo ahí, quieto, con los ojos muy abiertos; preguntó, se emocionó y al final de todo nos despedimos. Dos cálidos besos; uno en cada mejilla acompañados de sonrisas y afecto. Así me despedí de él y así lo recuerdo ahora. Lo veo de espaldas, caminando por un angosto pasillo con su elegante abrigo de invierno, su boina gris y su maletín de cuero gastado.

Hoy quisiera honrar la memoria del Dr. Baudez a partir de su aporte a la arqueología del Sur de Costa Rica. Y es que quienes nos dedicamos a la arqueología de esta parte del mundo debemos reconocer que el trabajo que él y tres arqueólogas más hicieron en el delta del Diquís en 1990 ha sido un aporte fundamental para la región.

Pero, ¿por qué es importante el trabajo que coordinó el Dr. Baudez en el Diquís?

Es importante porque esta investigación sentó las bases de gran parte de lo que sabemos y protegemos hoy en el Diquís. El proyecto que él dirigió en 1990 y que culminó con un libro  en 1993 –Investigaciones arqueológicas en el Delta del Diquís– ha sido fundamental para una de las zonas olvidadas de la arqueología del sur de Centroamérica en ese momento.

Desde 1949, cuando Samuel Lothrop hizo estudios en las fincas bananeras de Palmar Sur-Sierpe, nadie más había vuelto a estudiar esta parte de Costa Rica de manera sistemática.

El trabajo del equipo del Dr. Baudez generó las bases para un mejor conocimiento del principal foco de esferas precolombinas en el mundo. Además, estableció la secuencia cronológica del delta del Diquís a partir del reconocimiento arqueológico de un área cercana a las 1.050 has en las plantaciones bananeras.

La investigación combinó excavaciones estratigráficas, análisis tipológicos de la cerámica y fechamientos absolutos de Carbono 14. Esto no se había hecho antes en el delta.

La prospección de Baudez y su equipo de arqueólogas mostró que los restos arqueológicos se distribuían en un área cercana a las 900 has. entre Palmar Sur-Sierpe e identificaron distintos focos de ocupación. Ubicaron  los restos en un lapso cronológico desde el 300 d. C. hasta 1500 d. C. con un pico de ocupaciones entre 800 y 1200 d. C.. Con estos resultados, lo que Doris Stone y Lothrop documentaron en el delta del Diquís en los años cuarenta adquirió un nuevo sentido tanto a nivel cronológico como espacial.

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Mapa arqueológico del Delta del Diquís con la distribución de restos precolombinos. Es el resultado del estudio llevado a cabo por la Misión Arqueológica Francesa coordinado por el Dr. Claude Baudez en 1990.

Por otra parte, uno de los resultados más importantes de la prospección del equipo de Baudez fue el hallazgo de cinco esferas monumentales agrupadas en su lugar original en Finca 6; éstas son las únicas que se conservan de esta manera en la actualidad.

Esfera C de Finca 6 como se encuentra actualmente. Foto Diego Matarrita.
El conjunto de esferas de Finca 6 fue descubierto por el equipo de la Misión Arqueológica Francesa en 1990. A ellos se debe, en gran medida, que hoy sea uno de los sitios arqueológicos más importantes de Costa Rica. Esfera C de Finca 6 como se encuentra actualmente. Foto Diego Matarrita.

Otro resultado fue la constatación de que gran parte de las esferas registradas por Stone y Lothrop habían desaparecido o estaban desplazadas. No obstante, mostraron que los vestigios arqueológicos del delta, a pesar de las múltiples alteraciones, poseían un gran potencial de investigación.

Con el paso del tiempo he logrado comprender el valioso y fundamental aporte del proyecto que coordinó el Dr. Baudez. Por suerte, pude decírselo. Le gustó y sonrió muy feliz cuando escuchó mis palabras.

Hoy que ya se ha ido, soy yo quien me alegro de haberle dicho cuán importante fue su trabajo.

Referencias:

Baudez, Claude-François, Nathalie  Borgnino, Sophie Laligant, et Valérie Lauthelin, 1993 – Investigaciones Arqueológicas en el delta del Diquís. 160 pp. ill. CEMCA Mexico/DRCSTE San José de Costa Rica.

Enlaces de interés:

http://mexiqueancien.blogspot.mx/2013/07/disparition-de-claude-baudez.html

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Sobre un milagro indígena en el Sur de Costa Rica

Me pasa muchas veces. Mi cabeza se va para otro lugar mientras leo, veo una película, escucho una canción, o simplemente mientras camino por la calle. Me pasó hace poco cuando estaba leyendo el libro “Orígenes de la Diócesis de San Isidro del General:  Una historia eclesiástica regional 1522-1954” de Claudio Barrantes. Lo sé … el nombre invita a dejarlo y buscar otras cosas mas interesantes, pero no es cosa del libro- que sí es interesante- sino un breve texto que encontré.

Cuando lo leí inmediatamente vino a mi memoria el libro “Arrancad la semilla, fusilad a los niños” de Kenzaburō Ōe, el gran escritor japonés. La historia de los niños huérfanos, la violencia ejercida contra ellos, su lucha y resistencia me dejó impresionada cuando lo leí hace varios años.  Ahora una nota del período colonial referente al sur de Costa Rica me ha hecho volver a este libro, y mas que a este libro, me ha hecho sentir la desagradable sensación que me provoca la violencia del poder que unos ejercen contra otros.

La nota que encontré, y que Claudio resume, hace referencia a un informe que  el fraile Juan de Dios Campos Diez de la orden de los Observantes envió a Tomás de Acosta, Gobernador de Costa Rica, en 1804. Dice Claudio:

“… aprovechó en febrero de 1804 para quejarse al gobernador de que dos indias de aquel pueblo hacían maleficios y practicaban brujerias, y que una de ellas tenía dos piedras, de la redondez y tamaño de un peso fuerte que cuando las soplaba respondían por los acontecimientos futuros.

El mismo reductor decía que habiendo ido hacia la costa del mar halló varios ídolos de piedra en un lugar llamado Draque, de una y dos varas de altura, y que no descansó hasta dejarlos todos desfigurados, no habiendo podido arrojarlos al mar por su mucho peso” .

Es 1804. Habla del Sur de Costa Rica, de Boruca y sus alrededores, y de la parte norte de la península de Osa, de Drake.

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“Ídolo” de piedra semejante a los que desfiguró el fraile Campos en Drake, según su informe. Estatua precolombina del Diquís, Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Diego Matarrita.

Me imagino la escena: un fraile enfurecido en plena selva golpeando, rompiendo, aniquilando, desterrando la idolatría… cumpliendo su deber. Ataca objetos, bautiza gente, erradica malas prácticas mientras recorre un territorio selvatico, hostil, caliente, lluvioso. Es el poder colonial que todavía lucha por dominar y someter a los pueblos indígenas que han logrado sobrevivir al exterminio.

Se nota frustrado. La Iglesia no logra consolidar su obra civilizadora. No es resistencia guerrera; es resistencia cultural. Los indios  se  resisten; se mueren, se escapan, hacen cosas a escondidas. Los religiosos y los administradores coloniales podían romper o desfigurar objetos, podían prohibir, podían imponer y aun así los indígenas sobrevivieron siendo lo que eran, o siendo algo nuevo, pero no lo que el poder colonial quería.

Ahora que lo veo en perspectiva me doy cuenta que en el Sur de Costa Rica ocurrió un milagro. Hay cinco pueblos indígenas que han superado siglos de violencia, de despojo, de negación. Ahí están. Siguen dando la guerra, peleando por sus derechos, re-inventándose y recuperando su historia.

En el largo camino de dolor, muerte y destrucción del proyecto colonial cristiano y civilizatorio ha ocurrido un milagro, y esto hay que celebrarlo.

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Las distintas vidas de una escultura del Diquís

Parte superior de una escultura reutilizada y convertida en “busto”. Sitio Batambal, Osa. Colección Museo Nacional de Costa Rica Foto: Rodrigo Rubí.

Los objetos arqueológicos acumulan distintas historias sobre su vida. Y es que los objetos, sean del tipo que sean, tienen  su vida, su propia historia. Una historia que empieza desde que fueron pensados, que se concreta con su fabricación y se reafirma con su uso. Dice el arqueólogo Vicente Lull en su libro “Los objetos distinguidos” que “allí donde no media lenguaje, el objeto resultante es el todo, el vínculo capaz de grabar la experiencia y transmitirla por sí mismo”….

Rodrigo Rubí J.  Fragmento de escultura antropomorfa P-299-BT-F. E-112 / Procedencia: Cd 82N 28W/44 cmb/d. Batambal, Palmar Norte, Puntarenas. Costa Rica. ft Rodrigo Rubí J. dic2012.
Vista de la parte dorsal de la escultura. Sitio Batambal, Osa. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto Rodrigo Rubí.

El objeto de la foto es un caso singular que muestra partes de sus distintas biografías. En primer lugar es una escultura fabricada en roca arenisca de grano fino, igual que la mayoría de esculturas antropomorfas del Diquís. Fue hecha en piedra de la región. Su origen está en la materia prima local.

Aunque tiene una superficie muy desgastada todavía quedan la huellas de los punteros y de otros instrumentos usados para darle forma y acabado. Estas huellas serían según Vicente “su prehistoria“. Lo que la hizo objeto.

Sabemos que fue “hecha“, que hubo manos, herramientas, conocimiento y experiencia que  la hicieron de ésta y no de otra manera. No es única. Hubo otras parecidas a ella, o distintas a ella pero siempre compartiendo su carácter escultórico.

En segundo lugar, en su forma están plasmados una serie de atributos estilísticos muy concretos y característicos del Delta del Diquís. Su procedencia determina estos atributos; es lo que es porque la hicieron ahí, en un momento determinado, bajo ciertos parámetros estéticos y con un fin determinado. Ahí radica su identidad.

En tercer lugar, esta escultura se convirtió en algo que no fue en su origen.

Tuvo una vida anterior seguramente como estatua de cuerpo entero, y por razones que no conocemos terminó convertida en busto. Se rompió, o la rompieron en tiempos precolombinos, y fue reconvertida  en un nuevo objeto.

Posiblemente cuando estuvo completa se mantuvo erguida en algún lugar junto con otras estatuas y posiblemente con esferas de piedra y esculturas de animales. Cuando fue reconvertida en busto quizá estuvo expuesta a la vista, o la guardaron y la mostraban de vez en cuando. Esa parte de su historia no la conocemos.

Su penúltima vida fue como parte de un grupo de mas de 170 fragmentos de esculturas y esferas de piedra pequeñas colocadas dentro de una estructura en el sitio Batambal. Ahí fue encontrada por un equipo de investigación del Museo Nacional de Costa Rica en diciembre del 2011.

Su última vida, la mas reciente, es como objeto de museo. Ahora vive en una caja de cartón dentro de una bodega. Ya ha sido estudiada, tiene número de identificación y forma parte de una colección arqueológica. Salvo que sea usada en alguna exposición, ya no verá la luz en mucho tiempo.

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La escultura muestra la zona de fractura de lo que fueron sus hombros y el cuerpo perdido. Sitio Batambal, Osa. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Marco Arce.

Vicente Lull también dice en su libro que “un objeto tiene el significado con el que fue producido y adquiere el sentido que su uso le confiere“. Por lo que dice esta escultura en sí misma, y por el contexto donde fue excavada, se puede inferir que debió tener distintos sentidos según el momento, el dónde y el cómo fue usada. Y también debió haber tenido un sentido diferente cuando estuvo completa y luego cuando tomó una nueva forma.

Ahora tiene un nuevo sentido como objeto patrimonial, como parte de una legado histórico. Es un nuevo rol. No fue pensada ni creada para este fin. Ese sentido, ese uso, se lo estamos adjudicando nosotros en este tiempo presente.

La vida de los objetos es lo que es por compartir la vida con gente que los hace, los usa, los rompe, los recoge, los reinventa y los junta con otros. Su vida es social; es compartida; cambian ellos y cambia la gente; o cambia la gente y cambian ellos; o todo al mismo tiempo. Ese es el debate.

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Para los interesados en el mundo de los objetos y la materialidad social:

Lull, Vicente. 2007.  Los Objetos distinguidos: la arqueología como excusa. Barcelona, Editorial Bellaterra.

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Sobre felinos rechonchos en Barcelona y en el Diquís

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El gato de Fernando Botero en la Rambla del Raval, Barcelona. Foto: I. Quintanilla.

Ayer caminaba por la Rambla del Raval y aproveché mi paseo por esta parte vieja de Barcelona para visitar una de mis esculturas mas queridas: el gato gordo de Botero. Me encanta ese gato rechoncho, tan de Fernando Botero, tan exageradamente carnoso.

Me gusta, no tanto porque sea gato ni gordo. Es porque se deja tocar, porque mucha gente se sube a sus lomos, porque le tocan el cascabel -Botero sí pudo ponérselo-, porque posa y posan con él. Es un gato amigable  y afectuoso, a pesar del frío metal.

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Gente montada sobre el gato de Botero. Es un caso excepcional de interacción entre paseantes y obra escultórica. Foto: Juan Pedro Chuet.

En la Rambla del Raval el gato de Botero encontró su lugar. Muchas personas también sienten que ese es su lugar, aunque estén de paso. Y es que tocarle los bigotes, caminar entre sus patas, tocarle sus grandes testículos hace que uno se sienta parte de ese espacio y de ese lugar. Esto casi nunca sucede con la escultura pública. Al contrario: la escultura pública, especialmente la conmemorativa y la referida a personajes importantes, tiende a alejar, a infundir respeto, marca distancia y segrega el espacio.

La escultura en espacios públicos muchas veces llama a la ira por lo que representa. Si se puede se le destruye; si no hay quien la vigile, cae en desgracia prontamente. No son objetos neutros; dicen mucho y generan distintos sentimientos. Por eso muchas de las esculturas públicas a lo largo de la historia de la humanidad han terminado rotas, descabezadas e inutilizadas.

En el Diquís precolombino hubo un momento en que convivían grandes esculturas públicas -las esferas monumentales- y otras obras escultóricas de pequeño formato. Entre estas pequeñas había unos felinos rechonchos como los de Botero.

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Escultura de felino. Delta del Diquís. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Diego Matarrita.

Son piezas que miden entre 15 y 40 cm de largo y la mitad de alto. Fueron hechas en roca arenisca, y por lo general se han encontrado completas. Se hicieron y se usaron básicamente en el Delta del Dquís y sus alrededores inmediatos. No parecen haber sido hechas en grandes cantidades.

A la fecha se  conocen cerca de 40 esculturas de este tipo, lo que contrasta con las más de 300 esferas que se han documentado.

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Otro felino en piedra del Delta del Diquís. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Diego Matarrita.

Las esculturas de felinos del Diquís no dan la impresión de representar a seres agresivos, aunque enseñen sus colmillos. Sus cuerpos abultados, las colas pegadas al cuerpo y la inmovilidad  de sus poses dan cuenta de animales que parecen mas domésticos que amenazadoras fieras salvajes. Tampoco simulan la transformación chamánica de hombres y mujeres que se pueden transformar en poderosos felinos, tal y como ha sido registrado en la tradición oral sobre cosmogonías indígenas. No. Estos son más felinos gordos y relativamente amigables que seres creados para castigar y atemorizar.

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Vista frontal de la escultura de un felino del Delta del Diquís mostrando sus colmillos. Foto. Diego Matarrita.

Es curioso comparar las esculturas de bulto con las otras representaciones de felinos que hay en el Diquís. Eso que mucha gente local llama “piedra-tigre“-  y que los arqueólogos llamamos  “metates con efigie de jaguar“, son felinos, pero diferentes. Aquí no hay niños ni adultos con complejo de niños subidos sobre su lomos. Su cuerpo es la base para la molienda. Aquí las mujeres gastaron sus lomos con la diaria tarea de moler. Los de ellas y las del felino. Cada molienda adelgazaba el cuerpo en piedra, y en lugar de engordar perdía volumen cada vez que había que “picar” la superficie del plato de molienda para que “agarrara” mejor el grano, o lo que hubiera que procesar.

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Metate efigie de felino. Delta del Diquís. Foto: Diego Matarrita.

Unos gordos y otros flacos. Así se podrían describir los felinos en piedra del Diquís. No suena muy académico. Que importa. Lo que importa es que en el Diquís precolombino gustaban de los felinos gordos. Hoy en la Rambla del Raval de Barcelona también gusta un felino gordo que hace feliz a la gente.

Nota: Una crónica hermosa que cuenta el itinerario del gato de Botero en Barcelona hasta que encontró su lugar en la Rambla del Raval:

Historia de un gato gordo por Lluis Anton Baulenas (http://elpais.com/diario/2003/04/23/catalunya/1051060041_850215.html)

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Un tesoro de la arquitectura tropical precolombina en Osa: el sitio Grijalba al descubierto

Vista del área central del sitio arqueológico Grijalba, Balsar, Ciudad Cortes, Osa. Foto: Eduardo Volio.

Hoy he tenido la alegría del día. En uno de los recorridos por Facebook he encontrado unas fotos que me han iluminado. Mi amigo, mi ex-compañero de trabajo en el Museo Nacional de Costa Rica, Eduardo Volio ha puesto unas fotos del sitio arqueológico Grijalba. Son fotos tomadas con su celular, hechas para compartir con sus amigos que están lejos y que no participan de las duras jornadas de trabajo que implican lugares como éste. He tomado el teléfono para transmitirle la alegría que me había dado y para pedirle permiso de reproducir las fotos. Aquí están algunas de ellas para que entiendan el por qué de mi emoción.

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Al igual que muchos otros poblados precolombinos de Costa Rica, en Grijalba hay extensos sectores empedrados con cantos rodados. Foto Eduardo Volio.

En estas semanas un equipo del Museo Nacional ha estado haciendo una limpieza de la vegetación que cubre el asentamiento precolombino. Poco a poco, y sin necesidad de excavación, han ido aflorando las bases de las antiguas casas, los empedrados, las terrazas de nivelación y otros elementos arquitectónicos de este antiguo poblado indígena. Son casi 9 hectáreas cubiertas de restos de un pueblo fundado ahí hace unos 1200 años, por lo menos.

Aunque no he estado en estas jornadas de trabajo sé que es así porque desde 1991 conozco este lugar. En el 93 lo limpiamos y pudimos ver una pequeña parte. Ahí estuvo Lucía de la Fuente haciendo su trabajo para el curso de Investigación de campo de la licenciatura en Arqueología de la Universidad de Costa Rica. En el 94 se volvió al limpiar para que  ella continuara sus estudios.

En esos años, cuando había sectores sin vegetación y se podían ver los restos de las estructuras precolombinas, organizamos las primeras visitas a un sitio arqueológico con gente de la comunidad. Gente acostumbrada al trabajo de los huaqueros, o que nunca habían visto lo que era un sitio arqueológico, tuvieron en Grijalba su primer encuentro con la arqueología y con la educación basada en el patrimonio.

Alumnos de escuelas y colegios, alcaldes, regidores, dirigentes comunales, amas de casa, obreros, jornaleros…. mucha gente pasó por el sitio de don Alejandro Grijalba. Todavía recuerdo la emoción y el agradecimiento por las visitas guiadas que les dimos. Recuerdo las caras de sorpresa, las risas de los niños caminando alrededor de las estructuras, las preguntas tímidas de las amas de casa que se lanzaron al potrero para ir a ver las casa de los indios. Ahí descubrí el encanto de la comunicación y el sentido de la arqueología.

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Grijalba tiene dos grandes montículos artificiales con la cualidad de que en su construcción se usó roca caliza. Da gusto ver como resplandece el blanco de sus piedra cuando están recién expuestas. Foto: Eduardo Volio.

Me ha dicho Eduardo que  la propiedad donde se encuentra el sitio está a punto de ser adquirida por el Estado. Ya lo sabía por el arqueólogo Francisco Corrales y conocía la forma expedita en que se estaban haciendo las gestiones para hacer la compra. Ha sido, quizá, una de las acciones de gobierno mas positiva y beneficiosa para la conservación del patrimonio arqueológico “in situ” que se haya hecho en los últimos años. Todo esto se enmarca en el Proceso de candidatura de una serie de sitios arqueológicos con esferas de piedra como patrimonio mundial ante la UNESCO que lleva adelante el Gobierno de Costa Rica con el Museo Nacional como institución responsable.

Y es que Grijalba, además de unas extraordinarias estructuras arquitectónicas construídas a partir del uso de piedra sin uso de mortero -un elemento característico de la arquitectura tropical de esta parte del mundo- también tiene su esfera de piedra. Es una esfera de 115 cm de diámetro, fabricada en roca de tipo gabroide. Como la gran mayoría de esferas ha estado a merced de la intemperie y sin ningún tipo de protección ni mantenimiento. Soy optimista y espero que dentro de poco sea dignificada porque ella ha sido el “pretexto” para proteger este sitio.

Es una buena noticia para todos que Grijalba se vaya a convertir en un verdadero patrimonio nacional. Osa y toda la zona sur  ganarán muchísimo con la adquisición de  este sitio arqueológico por parte del Estado, y especialmente se beneficiarán si se logra desarrollar una buena gestión del mismo.

Estamos enhorabuena. Hoy  siento la misma emoción del descubrimiento, de encontrar un tesoro para compartir que viví al trabajar en el sitio Grijalba años atrás. Muchas gracias, Eduardo. Tenía mucho días de no estar feliz.

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Otra esfera atrapada en el cemento

Esfera del Parque La Merced. San José, Costa Rica. Foto: Diego Matarrita.

El uso de bases de cemento para emplazar las esferas de piedra precolombinas ha sido un recurso usado en distintos  lugares de Costa Rica, especialmente en espacios públicos. En la anterior entrada de mi blog comenté sobre la esfera del parque central de Pérez Zeledón. Hoy les muestro, a través de esta hermosa fotografía de Diego Matarrita, la esfera del Parque La Merced.

Este es un transitado parque de la ciudad de San José. Por aquí caminan y se sientan a conversar, o a esperar, cientos de personas cada día. Para muchos de ellos la esfera es parte del paisaje. Está ahí desde hace muchos años, y su ubicación en el centro del parque la hace visible y reconocible.

La Municipalidad de San José la incrustó en la base piramidal de cemento, le hizo una destacada placa y le puso una iluminación potente para que se viera de noche. No está mal si la comparamos con otras esferas. Sin embargo, sí está mal si la pensamos en lo que fue su contexto original.

Por cierto esta esfera, al igual que otras 150 o más, no tiene identidad. Aparte de que procede de la Zona Sur del país, no hay más datos. Es otra esfera a la que se despojó de su historia, de su gente y de su pasado. Hoy aparenta representar un símbolo; un símbolo vacío que se ha venido rellenando de ideología nacionalista e identitaria.

¿Representan las esferas el ser costarricense? ¿Han marcado nuestra historia? Mucha carga ideológica para unos objetos maltratados, mal cuidados y mal utilizados por quienes en nuestra Costa Rica deciden dónde se coloca cada cosa.

Por lo menos, sigue en marcha una candidatura como patrimonio mundial para un grupo de esferas ubicadas en su lugar original. Es lo de menos, ¿no?

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Una esfera invisible en la ciudad

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Foto: Diego Matarrita.

Si hiciéramos una encuesta para preguntar dónde podemos ver esta esfera- quizá la más grande que hay en el Valle Central de Costa Rica- pocas personas podrían responder. Sin embargo, miles de personas circulan cada día cerca del lugar donde se encuentra.

¿Es que esta esfera es invisible? ¿Por qué sus 190 centímetros de diámetro y sus casi ocho toneladas son tan insignificantes? ¿Es que la ciudad la engulló y la hizo perder su sentido al estar fuera de su lugar natural? ¿O es que sus “dueños” no saben lo que tienen y de alguna manera la tienen invisibilizada?

O, peor todavía, ¿es que a la gente no le importa la escultura pública, mucho menos la precolombina?

Quizá otra imagen ayude a saber dónde se encuentra esta esfera:

Foto: Diego Matarrita.

Seguro que aquí muchos la pueden reconocer. Sí, está en la Facultad de Ciencias Agroalimentarias de la Universidad de Costa Rica, en la sede de San Pedro de Montes de Oca. Ha estado ahí por mucho tiempo, posiblemente desde los años setenta del siglo pasado y fue traída, como muchas otras esferas precolombinas, del Sur del país; quizá de Osa o de otro cantón del Pacífico Sur, que son los lugares donde están los sitios arqueológicos con esferas de piedra.

Es curioso, pero ser esfera universitaria no le ha dado ningún privilegio excepcional a esta gran escultura precolombina. Sufre de ataque biológico y del mismo deterioro que la mayoría de las esferas expuestas al aire libre, sea en el Valle Central o en los lugares originales.

Foto. Diego Matarrita

Y es que aunque esta esfera haya sido removida de su lugar original y ahora esté ” sin contexto” merece ser cuidada y protegida en su integridad. El deterioro no es un problema de la piedra. El deterioro es un problema de la obra que fue plasmada en piedra y por lo tanto, es un problema del patrimonio y de la sociedad que debería tratarla como algo propio, valioso y frágil.

Con tantos años de estar ahí, esta esfera debería de tener título universitario. Un título que la reconozca en su valor y que la ayude a ser re-valorizada. Supongo que los importantes esfuerzos de inventario patrimonial que se han venido haciendo en los últimos años en la UCR incluyen esta esfera y que tanto la UCR como el Museo Nacional de Costa Rica habrán tomado medidas para conservar, proteger y especialmente poner en valor a una de las esferas de mayor tamaño que se conocen. Supongo que así será. ¿O no?

Nota: un pequeño video para ilustrar mejor el ataque biológico permanente que sufre esta esfera. No esta´hecho con cámara profesional, pero ilustra: http://youtu.be/T1bKCP9zrGQ

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Pequeñas maravillas en piedra

La escultura en piedra del Delta del Diquís no me deja de sorprender. Me gustaría que ustedes también se sorprendan y le encuentren el gusto a uno de los elementos característicos de la escultura precolombina del Sur de Costa Rica: los objetos de pequeño formato y de formas sencillas.

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Vista dorsal de la escultura. Colección Museo Nacional de Costa Rica, sitio El Silencio, Osa.

En apariencia esta foto muestra una piedra; un canto rodado como muchos de los miles que  se encuentran a la orilla de los ríos caudalosos y que la fuerza del agua y el roce con otras piedras ha alisado y redondeado.

Sin embargo, el ojo experto, la mirada que busca, ha logrado distinguir esta aparente simple piedra y ha encontrado en ella la huella del trabajo transformador, de la intención de comunicar algo recurriendo a la mínima modificación.

Gracias al trabajo generoso del fotógrafo Rodrigo Rubí es posible mirar en toda su dimensión la sencillez pero a la vez potente fuerza comunicativa de esta pieza en su parte frontal:

Rodrigo Rubí J.  Escultura amorfa P-257-ESC-1 / Procedencia: El Silencio. Palmar Norte, Puntarenas. Costa Rica. ft Rodrigo Rubí J. dic2012
Parte frontal de la escultura. Colección Museo Nacional de Costa Rica, Sitio El Silencio. Fotografía de Rodrigo Rubí.

Para algunos éste sería un ejemplo de arte primitivo, de las formas primigenias de expresión humana. Sin embargo, esta pequeña piedra tallada fue encontrada cerca de donde se encuentra la gran esfera del sitio arqueológico El Silencio que tiene 2.5 metros de diámetro y que pesa mas de 15 toneladas. Es un ejemplo de convivencia de distintas formas escultóricas, de obras monumentales y de piezas pequeñas usadas cada una de manera distinta, pero posiblemente complementarias.

En general insisto mucho en que la riqueza de la escultura del Diquís va más allá de las esferas de piedra. Hubo otro mundo de objetos, la mayoría de ellos pequeños y relativamnete sencillos, fabricados posiblemente por las mismas manos que tallaron las esferas. Cada uno fue hecho con una clara intención y desempeñaron un papel de acuerdo a su tamaño, forma e iconografía,  y de acuerdo también al lugar y a las prácticas sociales a los que fueron incorporados.

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Tres vistas de un mismo objeto escultórico del Diquís. Colección Peabody Museum, Harvard University. Foto: I. Quintanilla.

Samuel K. Lothrop en su libro sobre el Delta del Diquís llamó a algunas de estas sencillas esculturas como “fantasmas”. Realmente no sabemos como las llamaban y usaban en tiempos precolombinos. Lo que sí es evidente es que eran comunes, que eran de pequeño formato (no más de 2 kilos de peso), que están terminadas como esculturas y principalmente que convivieron con otras formas escultóricas más sofisticadas técnicamente y de mayor volumen.

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Pequeña escultura del Diquís, también fabricada sobre la base de un canto rodado. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: I. Quintanilla.

Nota: Agradezco al Dr. Francisco Corrales del Departamento de Antropología e Historia del Museo Nacional de Costa Rica que me haya facilitado el acceso a todo un conjunto de esculturas recientemente recolectadas en investigaciones de campo. 

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