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Limpiar, medir, estudiar: Un largo camino para encontrar respuestas

Es curioso: las fotos siempre nos recuerdan o nos dicen algo; pero esta vez me pegaron un grito. Estaba buscando las fotos de una escultura y me encontré con unas imágenes de septiembre del 2012.

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Desfile de fragmentos de esculturas del sitio Batambal en el Laboratorio del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica. Foto: I. Quintanilla.

Todo ese mes estuve limpiando y estudiando las esculturas del sitio Batambal en el laboratorio del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica.

Limpiando esculturas
El proceso de limpieza de cada fragmentó requirió de muchos cuidados y especialmente de paciencia.

Me ayudaron tres asistentes: Marco, Gabriela y María Graciela. Fue una dura temporada que estuvo llena de esculturas por limpiar, y miles de fotografías que tomar, así como calcos, descripciones y medidas que parecían no acabar nunca.

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Gabriela Rodriguez y Graciela Campos limpiando dos de los fragmentos del sitio Batambal. Foto: I. Quintaniilla

Eran cerca de 170 fragmentos y solo seis esculturas completas: tres esculturas antropomorfas y tres esferas.  Limpiamos cada pieza con todos los cuidados del mundo, y seguiendo procedimientos que afectaran lo menos posible cada cosa. Buscamos a ojo y con lupa restos de pintura, huellas de las herramientas con que las que fueron hechas y huellas del uso al que habían sido sometidas. Trabajamos a toda máquina y aun así nos faltó tiempo y mas profundidad en el trabajo.

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Esferas y estatuas de piedra juntas: parte de la gran riqueza informativa del sitio Batambal.

Hoy, dos años y unos meses después de ese trabajo de laboratorio, veo hacia atrás y siento vértigo por todo lo que generó esa temporada. Ha sido un largo camino que todavía no acaba. Un camino que se ha unido a otro iniciado años atrás, también de vértigo, donde confluyen cientos de esculturas de piedra, unas sin biografía y otras llenas de historia.

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Busto en piedra del sitio Batambal. Corresponde a un fragmento de estatua reconvertido en busto. El resto del cuerpo no apareció dentro del conjunto excavado por el equipo del Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Rodrigo Rubí.

No es fácil contar historias de los objetos, interrogarlos para que cuenten su vida y la de otros objetos. Mas díificil es interrogarlos para que cuenten cosas de la gente que los hizo, los uso, los descartó, los recuperó y los mantuvo y mantienen vivos.

A diferencia de muchas otros objetos arqueológicos del Diquís, las esculturas de Batambal sí tienen historia y una larga biografía. Fueron excavadas por un equipo del Museo Nacional y han sido tratadas adecuadamente. Pero -siempre hay un pero- todavía no se ha dicho nada exhaustivo, claro, potente sobre ellas.

Y de ahí viene el grito que me dieron las fotos: todavía no he dicho nada sobre ellas, ni sobre lo que pasó en ese sitio arqueológico alrededor de ellas. ¿Valió la pena tanto trabajo de laboratorio? Cierro los ojos, los abro y nada mas me digo: Tengo que decir algo. Ahí había mas que cosas rotas. Ahí hay historia, gente y objetos rotos. Pero, ¿por qué están rotos y de esa manera? ¿Por qué tantos fragmentos incompletos, gastados, reutilizados?

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Detalle de un sector de la excavación del sitio Batambal con un conjunto de fragmentos de esculturas y las tres esferas de piedra. Foto: Francisco Corrales, Museo Nacional de Costa Rica.

Por alguna razón tres pequeñas esferas de piedra estaban rodeadas de estas piezas rotas, todas ellas debajo de la base de una estructura hecha de piedra. La gente del Museo Nacional las excavó y las llevó al laboratorio. Han pasado dos años y cuatro meses desde que me atreví a quitarles la capa de tierra que tenían adherida. Ya toca decir algo para no recibir mas gritos de las imágenes. Tampoco quiero despertar un día y encontrar una escultura mostrándome sus colmillos por olvidarlas, o por no hacer bien mi trabajo.

Rodrigo Rubí J. Escultura antropomórfica. P-299-BT-F. E-85 / Procedencia: 82N 24/26W/42-65 cmb/d. Batambal, Palmar Norte, Puntarenas. Costa Rica. ft dic2012.

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Esferas en la playa

Esferas en la playa

Vaya donde vaya encuentro esferas. Unas son auténticas esferas precolombinas, otras son piedras muy redondas esculpidas por la naturaleza y una gran mayoría son réplicas en cemento. La de esta foto es de cemento. Me gustó verla medio decorando, medio demarcando espacios, medio tirada, medio cuidada. Está en un bar de playa, en Guanacaste junto con unas horrorosas creaciones de metates-lagarto, tigres con cabezas colgantes y otras atrocidades en cemento artístico.

Es bueno que haya una estética basada en lo precolombino. Es mucho mas bueno que las esferas estén llegando a Guanacaste y a sus playas, lugares donde nunca estuvieron las precolombinas de verdad. Supongo que ya remiten a algo que debe ser el pasado y la historia; lo indígena y lo que hubo antes. Si solo son decoración pues ni modo. Habrá que dotarlas de contenido y esa tarea nos toca a quienes nos dedicamos a esto del Patrimonio, la Historia y la Memoria.

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Un monseñor al que le gustaban los ídolos de piedra

En una entrada de este blog que escribí el pasado mes de julio comentaba el caso de un fraile – Juan de Dios Campos Diez, de la orden de los Observantes- que dedicó parte de su labor misionera a la destrucción de “idolos de piedra“. Dejó constancia de su tarea en un informe de 1804, una fecha bastante tardía para seguir rompiendo objetos indígenas con fines evangelizadores.

Ochenta años después del informe del fraile exterminador fue escrito otro sobre la misma región, pero esta vez decía algo diferente. Lo escribió Manuel Hidalgo Bonilla y aquí les transcribo una parte de su contenido:

El sábado salieron a la alta mar, el domingo, lunes y martes duró la navegación, en la tarde del 6 de mayo llegamos en frente de Boca Zacate. El miércoles 7 a las 8 de la mañana se hizo el desembarco.

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Vista aerea del extenso humedal de Sierpe-Térraba, el lugar por donde se adentró la expedición hacia tierra firme. Foto tomada de: http://www.google.es/imgres?imgurl=http://www.crhoy.com/wp-content/uploads/2013/02/terraba.jpg

En la playa estaban ya diez indios de Boruca con tres botes aguardando a S. Sia. De Boca Zacate se fueron a Boca Brava pasando por los esteros y pasando Boca Chica. En Boca Brava hubo necesidad de aguardar hasta las ocho de la noche por la marea. Toda la noche anduvimos por el río hasta llegar al Pozo.

En el Pozo quedó la embarcación del pailebote y nos fuimos en las estrechas canoas de los indios. A las 11 estuvimos en el Pozo y a las seis de la mañana llegamos. Inmediatamente se fue S.S. Ilmª con tres a visitar un lugar a dos leguas de distancia llamado las Pilas, en donde se encuentran grandes piedras de los antiguos indios. Encontró cuatro ídolos de piedra de dos varas, uno entero y tres en partes, tres figuras de animales de cuatro a cinco quintales de peso o piedra. Simbolizan venados o dantas o cariblancos. Dio después orden al alcalde de Boruca de sacar estas figuras a Boca Zacate, lo cual los indios de Boruca ejecutaron en la semana del 13 al 17 de mayo. S.S.Ilmª les pagó por la sacada $ 44 y un novillo de $16”.

¿Quien era Su Señoría o Su Ilustrísma, y qué hacía en el Pacífico Sur de Costa Rica?

Su Señoría no podía ser nadie más que el insigne e inquieto Monseñor Bernardo Augusto Thiel, quien viajaba por segunda vez a esta parte de Costa Rica, y lo hacía entrando por vía marítima desde Puntarenas para adentrarse a tierra firme en busca de los aislados y alejados territorios indígenas que la Iglesia Católica sentía como propios, en ausencia de acción del Estado costarricense.

En El Pozo -el viejo nombre de Ciudad Cortés- hizo un descanso para seguir el viaje en bote hasta Lagarto desde donde subiría hasta Boruca y a otros territorios indígenas. En realidad, no descansó -se fue a visitar el lugar del que le habían hablado en su primer visita donde habían restos de los pueblos antiguos que habían vivido en la zona.

Tristemente, el secretario que escribió el informe no dice nada sobre lo que observó y encontró Monseñor Thiel en este lugar. Solamente aporta los datos de lo que pagó para que se llevaran un grupo de esculturas de piedra  a un barco que las transportaría hacia San José, la capital. De lo poco que se dice lo único que se puede deducir es que a Monseñor Thiel le interesaban los restos arqueológicos y que destinaba parte de su tiempo en conocer de primera mano los lugares dónde estaban estos restos.

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Imagen escaneada de la publicación de Claudio Barrantes con dos religiosos posando para la cámara. Como fondo se aprecian dos de las esculturas que recolectó Monseñor Thiel y que se conservan en el Colegio Seminario.

El traslado de estas esculturas precolombinas hacia San José fue parte de un proceso que se estaba dando en otras partes del país y del mundo. El coleccionismo y el interés por lo antiguo se estaba instaurando como práctica común entre ciertas élites intelectuales. En Costa Rica, pocos años después del viaje de Monseñor Thiel, se institucionalizaría esta práctica con la creación del Museo Nacional de Costa Rica en 1887.

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Fotografía que se conserva en el Smitsonian Institution en Washington de una de las esculturas que recolectó Monseñor Thiel y que todavía se conserva en el Colegio Seminario en San José.

Es curioso. Guardar, en lugar de destruir o dejar destruirse, constituye un cambio de mentalidad radical. Destinar un lugar para guardar cosas, exponerlas a la vista pública y dedicarles cuido y mantenimiento contrasta con el afán violento de las primeras etapas evangelizadoras. Sin embargo -no nos engañemos- el proceso no dejó de ser violento.

Una cosa son las cosas y otra la gente. Y la tarea de colonizar no se detuvo por la magia de unos objetos. No. Esto siguió y sigue. Y, quizá lo más triste de esta historia es que con las primeras recolecciones de objetos arqueológicos, como esta que hizo Monseñor Thiel, se inició otro proceso más violento todavía: la separación física y emocional entre los objetos y los descendientes de quienes los hicieron, los usaron y los dejaron ahí donde estaban en ese momento. Ya nunca más serían de ellos, ni parte de su memoria.

Se podría decir que esta separación entre los objetos y la gente vinculada a ellos fue el comienzo de un camino que no acaba. De un camino de separación intencional, de un camino donde esos objetos ya no son lo que fueron, ni de quienes fueron. Objetos que perdieron su sentido, su significado original y que ahora, con casi 130 años de coleccionismo institucional, forman parte del patrimonio de una nación, de un estado y de un aparato ideológico que los dota de nuevos valores donde lo indígena es accesorio y parte del decorado.

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Búho con cabeza humana colgando de sus garras. Una escultura similar a esta fue recolectada por Monseñor Thiel en Osa, en 1884. Colección Museo del Jade, Instituto Nacional de Seguros, Costa Rica. Foto I. Quintanilla.

Viéndolo en perspectiva no sé que es más trágico. No sé si un fraile rompiendo esculturas es peor que un monseñor que se las lleva para la ciudad. El que las rompía lo hacía porque sentía que significaban algo para los indígenas. Los objetos recibían su rabia porque representaban algo. ¿Significarían lo mismo 80 años después cuando llegó Monseñor Thiel? ¿Brotaría alguna lágrima de los ojos de los borucas que ayudaron a subirlas al barco que las llevó a San José? ¿Hubo rabia o desgarro cuando las vieron desaparecer? o ¿Se pondrían a contar los reales que les dejó Monseñor Thiel, y no tuvieron ojos para lo que se iba? Eso si sería trágico, triste, desgarrador. Pero bueno… eso es la historia y la Historia.

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El enlace para leer mas sobre el fraile exterminador de ídolos:

(https://ifigeniaquintanilla.com/2013/07/07/sobre-un-milagro-indigena-en-el-sur-de-costa-rica/ )

Aquí la fuente de donde extraje la información del texto citado:

Anexo documental, segunda parte, Documento 6: Segunda visita de Monseñor Thiel al sureste de Costa Rica. Fuente:  AHABAT, serie libros Pastorales y Administrativos, Libro IV de Santa Visita del Ilm. Sr. Thiel, folios 62-67. Tomado del libro de escrito por Claudio Barrantes Cartín. Orígenes de la Diócesis de San Isidro del General. Una historia eclesiástica regional 1522-1954.

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Claude Baudez y la arqueología del Diquís

El pasado 13 de julio murió el Dr. Claude-François Baudez, arqueólogo francés y uno de los  “americanistas” mas destacados del siglo pasado.

Conocí brevemente al Dr. Baudez en 1990 en Costa Rica. En ese momento no desarrollamos ninguna relación personal ni profesional. Volví a encontrarlo 19 años después, ya no en el trópico sino en un Paris frío e invernal. Cuando nos reencontramos estaba vestido de manera elegante. Mantenía su brillante calva. Su cuerpo, a  pesar de los años, se mantenía delgado y estilizado. Me pareció más simpático y afectuoso que años atrás. Seguro que yo también le parecí más agradable porque después de saludarnos pasamos la mañana revisando esculturas de piedra mientras evocábamos tiempos y lugares pasados.

Mi reencuentro con el Dr, Baudez se dio a partir de la visita de investigación que hice al nuevo y radiante Musee du quai Branly, el heredero del Musée de l’Homme, el museo donde los franceses colocaban lo no occidental, lo de las sociedades primitivas, lo de la América indígena, Oceanía y otras partes del mundo prehistórico. A este nuevo museo habían trasladado los materiales que el Dr. Baudez había colectado en Costa Rica en los años cincuenta y sesenta.

Una de los objetivos de mi vista a los depósitos del quai Branly era revisar  las “esferas de piedra” que el Dr. Baudez había encontrado en el sitio Papagayo, en Guanacaste,  a finales de los años cincuenta. Era el único reporte fiable de esferas en esta parte de Costa Rica y quería verificar si realmente eran esferas como las del Diquís.

Como solicité ver los materiales recolectados por él, Fabienne de Pierrebourg, la curadora de las colecciones de América, lo invitó a venir. Él, ya mayor y jubilado, tuvo a bien compartir una mañana con nosotras.

Debo decir que fue emocionante estar  junto a él en el museo. Pocas veces existe la posibilidad de que alguien que encontró algo hace casi cincuenta años te lo muestre. Normalmente son funcionarios que no tienen nada que ver con esos hallazgos quienes ponen las cosas a tu disposición. A veces te vigilan mientras tomas medidas, fotos y llenas formularios; otras veces confían en tu trabajo y te dejan hacer en paz..

Revisar el material de Papagayo con el Dr. Baudez fue muy importante para mi trabajo porque juntos decidimos que lo que él había encontrado ahí no eran esferas como las del Diquís, sino pequeñas piedras redondeadas que no habían sido talladas.

Esta era una conclusión importante porque ayudaba a acotar la distribución de las esferas de piedra y descartaba a Guanacaste-Gran Nicoya. Él estuvo de acuerdo, y hoy ya borré de la lista de sitios con esferas a Papagayo.

Descartadas las esferas de la Gran Nicoya, nos dedicamos a revisar unas pocas esculturas de piedra del Diquís y hablamos sobre ellas y otras cosas más. Así se nos fue la mañana. Nos despedimos, yo seguí con mi trabajo y quedamos en vernos de nuevo unos días después en la Maison de la Amerique latine, donde yo iba a dar una conferencia sobre las esferas de piedra del Diqúis.

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Escultura precolombina del Diquís. Colección Musée du quai Branly, Paris.

Él vino a la conferencia. Estuvo ahí, quieto, con los ojos muy abiertos; preguntó, se emocionó y al final de todo nos despedimos. Dos cálidos besos; uno en cada mejilla acompañados de sonrisas y afecto. Así me despedí de él y así lo recuerdo ahora. Lo veo de espaldas, caminando por un angosto pasillo con su elegante abrigo de invierno, su boina gris y su maletín de cuero gastado.

Hoy quisiera honrar la memoria del Dr. Baudez a partir de su aporte a la arqueología del Sur de Costa Rica. Y es que quienes nos dedicamos a la arqueología de esta parte del mundo debemos reconocer que el trabajo que él y tres arqueólogas más hicieron en el delta del Diquís en 1990 ha sido un aporte fundamental para la región.

Pero, ¿por qué es importante el trabajo que coordinó el Dr. Baudez en el Diquís?

Es importante porque esta investigación sentó las bases de gran parte de lo que sabemos y protegemos hoy en el Diquís. El proyecto que él dirigió en 1990 y que culminó con un libro  en 1993 –Investigaciones arqueológicas en el Delta del Diquís– ha sido fundamental para una de las zonas olvidadas de la arqueología del sur de Centroamérica en ese momento.

Desde 1949, cuando Samuel Lothrop hizo estudios en las fincas bananeras de Palmar Sur-Sierpe, nadie más había vuelto a estudiar esta parte de Costa Rica de manera sistemática.

El trabajo del equipo del Dr. Baudez generó las bases para un mejor conocimiento del principal foco de esferas precolombinas en el mundo. Además, estableció la secuencia cronológica del delta del Diquís a partir del reconocimiento arqueológico de un área cercana a las 1.050 has en las plantaciones bananeras.

La investigación combinó excavaciones estratigráficas, análisis tipológicos de la cerámica y fechamientos absolutos de Carbono 14. Esto no se había hecho antes en el delta.

La prospección de Baudez y su equipo de arqueólogas mostró que los restos arqueológicos se distribuían en un área cercana a las 900 has. entre Palmar Sur-Sierpe e identificaron distintos focos de ocupación. Ubicaron  los restos en un lapso cronológico desde el 300 d. C. hasta 1500 d. C. con un pico de ocupaciones entre 800 y 1200 d. C.. Con estos resultados, lo que Doris Stone y Lothrop documentaron en el delta del Diquís en los años cuarenta adquirió un nuevo sentido tanto a nivel cronológico como espacial.

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Mapa arqueológico del Delta del Diquís con la distribución de restos precolombinos. Es el resultado del estudio llevado a cabo por la Misión Arqueológica Francesa coordinado por el Dr. Claude Baudez en 1990.

Por otra parte, uno de los resultados más importantes de la prospección del equipo de Baudez fue el hallazgo de cinco esferas monumentales agrupadas en su lugar original en Finca 6; éstas son las únicas que se conservan de esta manera en la actualidad.

Esfera C de Finca 6 como se encuentra actualmente. Foto Diego Matarrita.
El conjunto de esferas de Finca 6 fue descubierto por el equipo de la Misión Arqueológica Francesa en 1990. A ellos se debe, en gran medida, que hoy sea uno de los sitios arqueológicos más importantes de Costa Rica. Esfera C de Finca 6 como se encuentra actualmente. Foto Diego Matarrita.

Otro resultado fue la constatación de que gran parte de las esferas registradas por Stone y Lothrop habían desaparecido o estaban desplazadas. No obstante, mostraron que los vestigios arqueológicos del delta, a pesar de las múltiples alteraciones, poseían un gran potencial de investigación.

Con el paso del tiempo he logrado comprender el valioso y fundamental aporte del proyecto que coordinó el Dr. Baudez. Por suerte, pude decírselo. Le gustó y sonrió muy feliz cuando escuchó mis palabras.

Hoy que ya se ha ido, soy yo quien me alegro de haberle dicho cuán importante fue su trabajo.

Referencias:

Baudez, Claude-François, Nathalie  Borgnino, Sophie Laligant, et Valérie Lauthelin, 1993 – Investigaciones Arqueológicas en el delta del Diquís. 160 pp. ill. CEMCA Mexico/DRCSTE San José de Costa Rica.

Enlaces de interés:

http://mexiqueancien.blogspot.mx/2013/07/disparition-de-claude-baudez.html

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Las distintas vidas de una escultura del Diquís

Parte superior de una escultura reutilizada y convertida en “busto”. Sitio Batambal, Osa. Colección Museo Nacional de Costa Rica Foto: Rodrigo Rubí.

Los objetos arqueológicos acumulan distintas historias sobre su vida. Y es que los objetos, sean del tipo que sean, tienen  su vida, su propia historia. Una historia que empieza desde que fueron pensados, que se concreta con su fabricación y se reafirma con su uso. Dice el arqueólogo Vicente Lull en su libro “Los objetos distinguidos” que “allí donde no media lenguaje, el objeto resultante es el todo, el vínculo capaz de grabar la experiencia y transmitirla por sí mismo”….

Rodrigo Rubí J.  Fragmento de escultura antropomorfa P-299-BT-F. E-112 / Procedencia: Cd 82N 28W/44 cmb/d. Batambal, Palmar Norte, Puntarenas. Costa Rica. ft Rodrigo Rubí J. dic2012.
Vista de la parte dorsal de la escultura. Sitio Batambal, Osa. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto Rodrigo Rubí.

El objeto de la foto es un caso singular que muestra partes de sus distintas biografías. En primer lugar es una escultura fabricada en roca arenisca de grano fino, igual que la mayoría de esculturas antropomorfas del Diquís. Fue hecha en piedra de la región. Su origen está en la materia prima local.

Aunque tiene una superficie muy desgastada todavía quedan la huellas de los punteros y de otros instrumentos usados para darle forma y acabado. Estas huellas serían según Vicente “su prehistoria“. Lo que la hizo objeto.

Sabemos que fue “hecha“, que hubo manos, herramientas, conocimiento y experiencia que  la hicieron de ésta y no de otra manera. No es única. Hubo otras parecidas a ella, o distintas a ella pero siempre compartiendo su carácter escultórico.

En segundo lugar, en su forma están plasmados una serie de atributos estilísticos muy concretos y característicos del Delta del Diquís. Su procedencia determina estos atributos; es lo que es porque la hicieron ahí, en un momento determinado, bajo ciertos parámetros estéticos y con un fin determinado. Ahí radica su identidad.

En tercer lugar, esta escultura se convirtió en algo que no fue en su origen.

Tuvo una vida anterior seguramente como estatua de cuerpo entero, y por razones que no conocemos terminó convertida en busto. Se rompió, o la rompieron en tiempos precolombinos, y fue reconvertida  en un nuevo objeto.

Posiblemente cuando estuvo completa se mantuvo erguida en algún lugar junto con otras estatuas y posiblemente con esferas de piedra y esculturas de animales. Cuando fue reconvertida en busto quizá estuvo expuesta a la vista, o la guardaron y la mostraban de vez en cuando. Esa parte de su historia no la conocemos.

Su penúltima vida fue como parte de un grupo de mas de 170 fragmentos de esculturas y esferas de piedra pequeñas colocadas dentro de una estructura en el sitio Batambal. Ahí fue encontrada por un equipo de investigación del Museo Nacional de Costa Rica en diciembre del 2011.

Su última vida, la mas reciente, es como objeto de museo. Ahora vive en una caja de cartón dentro de una bodega. Ya ha sido estudiada, tiene número de identificación y forma parte de una colección arqueológica. Salvo que sea usada en alguna exposición, ya no verá la luz en mucho tiempo.

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La escultura muestra la zona de fractura de lo que fueron sus hombros y el cuerpo perdido. Sitio Batambal, Osa. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Marco Arce.

Vicente Lull también dice en su libro que “un objeto tiene el significado con el que fue producido y adquiere el sentido que su uso le confiere“. Por lo que dice esta escultura en sí misma, y por el contexto donde fue excavada, se puede inferir que debió tener distintos sentidos según el momento, el dónde y el cómo fue usada. Y también debió haber tenido un sentido diferente cuando estuvo completa y luego cuando tomó una nueva forma.

Ahora tiene un nuevo sentido como objeto patrimonial, como parte de una legado histórico. Es un nuevo rol. No fue pensada ni creada para este fin. Ese sentido, ese uso, se lo estamos adjudicando nosotros en este tiempo presente.

La vida de los objetos es lo que es por compartir la vida con gente que los hace, los usa, los rompe, los recoge, los reinventa y los junta con otros. Su vida es social; es compartida; cambian ellos y cambia la gente; o cambia la gente y cambian ellos; o todo al mismo tiempo. Ese es el debate.

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Para los interesados en el mundo de los objetos y la materialidad social:

Lull, Vicente. 2007.  Los Objetos distinguidos: la arqueología como excusa. Barcelona, Editorial Bellaterra.

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Sobre felinos rechonchos en Barcelona y en el Diquís

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El gato de Fernando Botero en la Rambla del Raval, Barcelona. Foto: I. Quintanilla.

Ayer caminaba por la Rambla del Raval y aproveché mi paseo por esta parte vieja de Barcelona para visitar una de mis esculturas mas queridas: el gato gordo de Botero. Me encanta ese gato rechoncho, tan de Fernando Botero, tan exageradamente carnoso.

Me gusta, no tanto porque sea gato ni gordo. Es porque se deja tocar, porque mucha gente se sube a sus lomos, porque le tocan el cascabel -Botero sí pudo ponérselo-, porque posa y posan con él. Es un gato amigable  y afectuoso, a pesar del frío metal.

Gente sobre el gato de Botero
Gente montada sobre el gato de Botero. Es un caso excepcional de interacción entre paseantes y obra escultórica. Foto: Juan Pedro Chuet.

En la Rambla del Raval el gato de Botero encontró su lugar. Muchas personas también sienten que ese es su lugar, aunque estén de paso. Y es que tocarle los bigotes, caminar entre sus patas, tocarle sus grandes testículos hace que uno se sienta parte de ese espacio y de ese lugar. Esto casi nunca sucede con la escultura pública. Al contrario: la escultura pública, especialmente la conmemorativa y la referida a personajes importantes, tiende a alejar, a infundir respeto, marca distancia y segrega el espacio.

La escultura en espacios públicos muchas veces llama a la ira por lo que representa. Si se puede se le destruye; si no hay quien la vigile, cae en desgracia prontamente. No son objetos neutros; dicen mucho y generan distintos sentimientos. Por eso muchas de las esculturas públicas a lo largo de la historia de la humanidad han terminado rotas, descabezadas e inutilizadas.

En el Diquís precolombino hubo un momento en que convivían grandes esculturas públicas -las esferas monumentales- y otras obras escultóricas de pequeño formato. Entre estas pequeñas había unos felinos rechonchos como los de Botero.

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Escultura de felino. Delta del Diquís. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Diego Matarrita.

Son piezas que miden entre 15 y 40 cm de largo y la mitad de alto. Fueron hechas en roca arenisca, y por lo general se han encontrado completas. Se hicieron y se usaron básicamente en el Delta del Dquís y sus alrededores inmediatos. No parecen haber sido hechas en grandes cantidades.

A la fecha se  conocen cerca de 40 esculturas de este tipo, lo que contrasta con las más de 300 esferas que se han documentado.

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Otro felino en piedra del Delta del Diquís. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Diego Matarrita.

Las esculturas de felinos del Diquís no dan la impresión de representar a seres agresivos, aunque enseñen sus colmillos. Sus cuerpos abultados, las colas pegadas al cuerpo y la inmovilidad  de sus poses dan cuenta de animales que parecen mas domésticos que amenazadoras fieras salvajes. Tampoco simulan la transformación chamánica de hombres y mujeres que se pueden transformar en poderosos felinos, tal y como ha sido registrado en la tradición oral sobre cosmogonías indígenas. No. Estos son más felinos gordos y relativamente amigables que seres creados para castigar y atemorizar.

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Vista frontal de la escultura de un felino del Delta del Diquís mostrando sus colmillos. Foto. Diego Matarrita.

Es curioso comparar las esculturas de bulto con las otras representaciones de felinos que hay en el Diquís. Eso que mucha gente local llama “piedra-tigre“-  y que los arqueólogos llamamos  “metates con efigie de jaguar“, son felinos, pero diferentes. Aquí no hay niños ni adultos con complejo de niños subidos sobre su lomos. Su cuerpo es la base para la molienda. Aquí las mujeres gastaron sus lomos con la diaria tarea de moler. Los de ellas y las del felino. Cada molienda adelgazaba el cuerpo en piedra, y en lugar de engordar perdía volumen cada vez que había que “picar” la superficie del plato de molienda para que “agarrara” mejor el grano, o lo que hubiera que procesar.

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Metate efigie de felino. Delta del Diquís. Foto: Diego Matarrita.

Unos gordos y otros flacos. Así se podrían describir los felinos en piedra del Diquís. No suena muy académico. Que importa. Lo que importa es que en el Diquís precolombino gustaban de los felinos gordos. Hoy en la Rambla del Raval de Barcelona también gusta un felino gordo que hace feliz a la gente.

Nota: Una crónica hermosa que cuenta el itinerario del gato de Botero en Barcelona hasta que encontró su lugar en la Rambla del Raval:

Historia de un gato gordo por Lluis Anton Baulenas (http://elpais.com/diario/2003/04/23/catalunya/1051060041_850215.html)

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Una escultura de la Gran Chiriquí en Nueva York y su confusa identidad

Esta escultura es extraordinaria. Supongo que algunos de los lectores de este blog coincidirán conmigo. Es extraña, diferente, y a la vez cercana.
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Esta obra, que se exhibe en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York (MET),  ha sido muy admirada porque representa magníficamente el arte precolombino en piedra de América Central. Es un ejemplo de la tradición guerrera y del ritual de las cabezas trofeo, una práctica muy arraigada en la América prehispánica.

De acuerdo con los datos puestos por el MET a disposición de los usuarios on-line, esta escultura perteneció a “The Michael C. Rockefeller Memorial Collection, Bequest of Nelson A. Rockefeller“. Desde 1979 forma parte de  las colecciones del museo.

Hace varios años vi la foto de esta escultura. Me gustó mucho y me llamó la atención el estilo que tenía. También me intrigó que estuviera catalogada por el MET como procedente de la Vertiente Atlántica de Costa Rica.

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Vista dorsal de la escultura exhibida en el Metropolitan Museum of Art de New York. Foto tomada de la colección on-line del Museo.

El año pasado encontré un artículo publicado en 1958 por Jorge Lines – uno de los pioneros de la arqueología pre-académica de Costa Rica – donde habla de esta pieza. Ayer volví a leer este artículo y me pareció necesario recuperarla como parte del acervo escultórico de la región que estudio, que es la Gran Chiriquí. Por eso he decidido dedicarle el texto de hoy.

Según Lines, esta escultura fue encontrada en Cañas Gordas, en 1950. Cañas Gordas es una pequeña localidad ubicada en el límite fronterizo entre Costa Rica y Panamá, en lo que se define como las tierras altas. Se localiza relativamente cerca de San Vito de Coto Brus, en Costa Rica, y de Volcán Barú y Boquete, en Panamá.

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La marca roja de Google indica la ubicación de Cañas Gordas. Imagen de Google Maps.

Geográficamente, estamos hablando de un lugar ubicado en la estribación del Pacífico de la cordillera de Talamanca, y no del Caribe Central de Costa Rica.

Lines ofrece poca información sobre la escultura porque lo que le interesa es demostrar la influencia náhuatl en la escultura de Costa Rica, ejemplificada, según él, en el ritual del sacrificio humano. No dice quién la encontró, ni cómo, ni con qué otros objetos. Sí dice que es una escultura “brunka”, pero no del “estilo” Diquís.

Si nos basamos en el artículo de Lines, y a pesar de que los especialistas que la catalogaron para el MET la adscriben al Atlántico, por su origen estaríamos obligados a referirla a la región Gran Chiriquí. Asimismo, por sus características también habría que referirla a esta región, específicamente a la singular y única escultura originada en el sitio Barriles.

Para los que no son expertos en historia de Centroamérica, la Gran Chiriquí es una región cultural concebida desde la arqueología como un espacio donde una serie de grupos humanos compartieron un desarrollo común y toda una serie de elementos culturales y sociales. Abarca parte de la geografía de Costa Rica y de Panamá. Se divide caprichosamente en dos sectores: la sub-región Diquís que corresponde a la parte costarricense, y la de Panamá Oeste, en el lado panameño.

Gran Chiriquí
Mapa de Costa Rica y un sector de Panamá con la ubicación de la región arqueológica Gran Chiriquí. Dibujo: I. Quintanilla,

Viendo en detalle las imágenes de la escultura del MET,  lo que se puede deducir es que está “emparentada” con la tradición escultórica Barriles, sin ser propiamente Barriles: gorro cónico, colgantes, cabeza trofeo y arma en cada mano, individuo erguido, cuerpo redondeado, en bulto y no aplanado como en el Diquís. Sus pies son realistas y se apoya sobre una base cilíndrica, de manera muy semejante a las características esculturas del sitio Barriles.

Foto cortesía de
Escultura de guerrero que sostiene una cabeza trofeo y un hacha en cada mano. Sitio Barriles, Panamá. Foto cortesía de Tomás Mendizabal.

No es el mismo estilo del guerrero decapitado de Barriles, pero posee elementos similares vinculados a la práctica de mostrar cabezas humanas  e instrumentos que sugieren alguna forma de violencia, en este caso un cuchillo o algo semejante.

Tampoco es similar a los hombres con gorro cónico del mismo sitio Barriles, pero tiene ese elemento característico de la escultura masculina de esta parte de América Central. Asimismo, luce colgantes, al igual que los hombres del sitio Barriles.

Escultura sitio Barriles
Escultura antropomorfa a la que le falta la parte inferior del cuerpo. Luce gorro cónico y colgantes. Procede del Sitio Barriles. Se exhibe actualmente en el Museo de Antropología Reina Torres Arauz de Panamá. Foto cortesía de Tomas Mendizabal.

Si alguien me preguntara sobre el período de tiempo en que se podría ubicar la escultura que está en el MET diría que es Aguas Buenas, quizá de la parte final del mismo (300 d.C.- 800 d.C.). En este período son comunes las representaciones de cabezas trofeo y de hombres con emblemas de poder y de violencia. En el período siguiente, pareciera que en lugar de cabezas trofeo y armas, lo que se tiende a representar son prisioneros: hombres vivos que todavía conservan sus cabezas.

Soy de la opinión de que los objetos necesitan tener una identidad. Es muy triste que muchos de ellos la hayan perdido por el saqueo y que hayan circulado por mundos no concebidos originalmente para ellos.

Decir que esta escultura fue hecha en una parte del territorio de la Gran Chiriquí y que forma parte de una rica y expresiva tradición escultórica es importante y necesario. No es para que cobre mayor valor en el mercado de arte; es para entender mejor el mundo precolombino y para recuperar los pedazos de memoria afectados por el huaquerismo y el comercio de antigüedades.

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Enlace para acceder a la fuente de la fotos del MET:

http://www.metmuseum.org/works_of_art/collection_database/arts_of_africa_oceania_and_the_americas/warrior_with_trophy_head/objectview.aspx?page=1&sort=6&sortdir=asc&keyword=sculpture&fp=1&dd1=5&dd2=48&vw=1&collID=48&OID=50005223&vT=1&hi=0&ov=0

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Detalle esférico

Detalle esférico
Esfera precolombina. Facultad de Ciencias Agroalimentarias, UCR. Foto: Diego Matarrita.

Sería egoísta de mi parte no compartir imágenes como ésta, ¿no es cierto? Es un detalle de la esfera que está en la Facultad de Ciencias Agroalimentarias de la Universidad de Costa Rica en San José. La foto la tomó Diego Matarrita.
Sus casi 190 cm de diámetro y su curvatura perfecta nos recuerdan lo magníficas e imponentes que son las esferas precolombinas del Pacífico Sur. Hasta el musgo y los líquenes adheridos a ella se vuelven hermosos.

Esta esfera se encuentre fuera de su contexto original: se ha convertido en una esfera urbana en una ciudad que la ignora. Pero eso no le quita ni un ápice de su belleza y su valor.

 

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Esculturas sin rostro del Diquís

Esculturas sin rostro del Diquís
Escultura fragmentada excavada en el sitio Batambal, Palmar Norte, Osa en el 2011. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto Rodrigo Rubí. Catalogo P-299-Bt-F.E-84.

Una característica singular de algunas esculturas del Diquís es la ausencia de rasgos faciales. En unos casos parece que fueron borrados intencionalmente; en otros que la erosión natural los eliminó. También hay casos donde estos rasgos  no fueron tallados.

Otro elemento singular, además de la ausencia de rasgos faciales, es que todas las esculturas con estas características que he estudiado fueron reutilizadas, a pesar de haberse fragmentado. Esto indica que no eran pre-formas o formas fallidas. Fueron objetos integrados a determinadas prácticas sociales que contrastaban con esculturas finamente acabadas y de rasgos detallados.

Las esculturas sin rasgos faciales no parecen haber sido hechas para un solo uso y un único tiempo. Su permanencia y reutilización debieron haber trascendido a quienes las hicieron y usaron primeramente. Fueron objetos que vivieron distintas vidas y que acumularon distintas historias en su relación con otros objetos y con distinta gente. La ausencia de rasgos faciales  les dio un sentido y un significado a los que apenas estamos acercándonos.

Escultura sin datos de contexto que fue recolectada en el Pacífico Sur de Costa Rica en 1939. Sus rasgos faciales no fueron tallados. Está fragmentada y fue reutilizada en tiempos precolombinos. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Catalogo MNCR-14533.

Hoy puede que estas esculturas sin rostro no califiquen como “obras de arte”, ni sean consideradas atractivas para una exposición museográfica. Sin embargo, lo que les falta las hace tremendamente valiosas. En ellas están plasmados el paso del tiempo y la mano caprichosa del que decidió no tallar los rasgos, o del que la recogió cuando ya los había perdido. Está plasmado un gusto y un sentido estético. También están plasmados sentidos y significados que solo la excavación sistemática y las preguntas bien hechas nos podrán aclarar.

En el sitio Batambal, recientemente excavado por un equipo de investigación del Museo Nacional de Costa Rica, es posible ver con toda certeza que muchas esculturas tuvieron vida después de haberse roto y a pesar de la ausencia de rasgos detallados. Un grupo cercano a 170 fragmentos fueron recogidos en distintos lugares y fueron depositados junto con pequeñas esferas de piedra. Quizá eran objetos de memoria; objetos puestos como un conjunto en un sector de un área empedrada que estaban fuera de la vista y que quedaron enterrados. Fue su destino final. Antes estuvieron en otros lugares y tuvieron otra vida.

Conocer las distintas vidas de un objeto escultórico es una tarea apasionante. En el Diquís, en el Sur de Costa Rica, es posible hacer esto por el rico legado precolombino y por la gran capacidad de la piedra para comunicarnos cosas. Solo queda preguntar, ver, estudiar y dialogar con los objetos.

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Mujeres de piedra del Diquís

Mujer con máscara
Escultura antropomorfa. Delta del Diquís, Costa Rica. Foto: Diego Matarrica.

¿Qué ven en esta escultura? A mí me llamó la atención el hecho de que representa a una mujer pero no lo hace en la forma en que se la suele encontrar en la escultura en piedra precolombina. Esta figura femenina, con pechos insinuados, se muestra erguida, en pose de autoridad, luce dientes o colmillos prominentes.

En la línea de mostrar el rico y variado conjunto escultórico que acompañó a las esferas de piedra precolombinas, hoy les muestro este ejemplar especial.
Es una de mis esculturas preferidas por su iconografía y la fuerza que transmite. Además hay tres elementos que la hacen especial:

1- Es un fragmento re-utilizado después de que se partió de una escultura completa.

2- Es uno de los ejemplares mejor conservados de las representaciones femeninas en escultura en piedra.

3- Conserva las huellas de los instrumentos de fabricación, los que se integran a su acabado de superficie y la dotan de textura.

Si estuviera completa, esta figura posiblemente mostraría genitales femeninos. Fracturada como está, todavía conserva sus protuberancias que simulan pechos. Estaría desnuda al igual que la mayoría de las esculturas del Sur de Costa Rica.

Un elemento especial de las esculturas de mujeres del Diquís es que no fueron representadas en los roles típicamente señalados como femeninos. Por el contrario, en el período Chiriquí y específicamente en el Delta del Diquís y sus alrededores inmediatos, entre los años 800 y 1500, las mujeres fueron representadas con elementos singulares que en otros contextos se relacionan con los hombres.

En el Diquís las mujeres de piedra tienen máscaras que simulan lagartos o felinos; muestran sus dientes y colmillos y se mantienen rígidas como muchas de las esculturas de base de espiga. A diferencia de las figuras masculinas no sostienen bastones, pero sí tienen lenguas o cinturones con forma de serpientes. No se presentan armadas, pero sí  acompañadas de animales poderosos y temibles en las cosmogonías del trópico americano.

Esta escultura se conserva en los depósitos del Museo Nacional de Costa Rica y algún día podrá ver la luz en alguna exhibición. Mientras tanto, es accesible para investigadoras como yo que podemos medirla, fotografiarla y documentarla para estudios académicos.

Pero esta no es la situación de todas las esculturas de este tipo tan singular. Lamentablemente, una escultura de su misma “familia” pronto saldrá a subasta y el mejor postor se la llevará a su casa o a su museo privado.

La escultura de la que les hablo está en el catalogo de Sotheby’s de Paris y es parte de la colección Barbier Mueller de Arte Precolombino que se subastará los días 22 y 23 de marzo de este año. Los mercaderes del coleccionismo la han tasado entre 150.000 y 200.000 euros.

Sacada ilegalmente, pasó de mano en mano, de coleccionista en coleccionista. Ahora cuenta con un expediente limpio después de haber sido exhibida en un museo público en Barcelona. Por eso, está pieza está disponible para el que ofrezca más. ¿Sabrá valorar quien haya pagado más su valor cultural, simbólico, patrimonial? ¿Qué les parece?

Fotografía tomada de:
Fotografía tomada de: http://www.sothebys.com/fr/auctions/ecatalogue/2013/collection-barbier-mueller-pf1340/lot.154.html