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Ficciones arqueológicas

esferas falsas copia

Hace unos días se publicó en un períodico una noticia sobre la visita de una experta méxicana en gestión de sitios arqueológicos (http://www.crhoy.com/museo-nacional-busca-crear-conciencia-sobre-importancia-de-sitios-arqueologicos-w6k3x/). La nota se acompañó de esta foto. La vi, y algo se revolvió en mi interior.

Es increíble pero esta imagen circula en distintos medios como representativa de las esferas precolombinas del Diquís, pero no lo es. Son esferas falsas – es decir, replicas de las antiguas precolombinas– y el paisaje de fondo es el embalse del Proyecto Hidroeléctrico Angostura, en Turrialba.

Estas esferas ni son de manufactura indígena, ni están en el “lugar de las esferas precolombinas“. Esto no es el Pacífico Sur de Costa Rica; es el Valle de Turrialba. Tampoco son esferas de roca ígnea, ni esculturas talladas por manos indígenas. Son réplicas recientes.

Este fotogénico grupo de esferas es parte de la decoración exterior del hotel Hacienda Tayutic. Se ven bonitas, pero no representan nada más que una recreación de lo que fue lo precolombino.

Hay otras imágenes que se usan mucho, y que tampoco me gustan. Aunque son imágenes constituidas por esferas precolombinas y tienen como fondo un paisaje del Sur también recrean algo que no es, y que tampoco lo fue. Me refiero al conjunto de esferas de la zona de “esferas en tránsito” del sitio arqueológico de Finca 6.

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Estas esferas ni son de Finca 6, ni representan nada que tenga que ver con este importante sitio arqueológico. Por lo menos las esferas se vinculan al Delta del Diquís. Sin embargo, los pilares de piedra colocados en los últimos años, que fueron traídos desde Pérez Zeledón, no tienen ninguna vinculación con este sitio ni con otros de esta zona.

Mucha gente que visita Finca 6 muestra con gran alegría las esferas de este sitio de “tránsito” y no entienden que no tienen que ver con el pasado sino con decisiones del presente. Tampoco entienden que en un sitio arqueológico no se introducen elementos externos de otros sitios, ni mucho menos objetos sin contexto. Esto no provoca más que distorsión y confusión, y una mirada del objeto por el objeto.

Hace unos años la dueña de un hotel de Drake me comentó que le gustaría entregar unas piezas precolombinas para que fueran exhibidas en Isla del Caño. Ella no tenía ni idea del origen de estos objetos. Me pidió mi opinión. Le dije que era como introducir cerdos o gatos a la isla. No hablamos más al respecto porque ella entendió que cada cosa tiene su lugar, y eso siempre hay que tenerlo claro.

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Limpiar, medir, estudiar: Un largo camino para encontrar respuestas

Es curioso: las fotos siempre nos recuerdan o nos dicen algo; pero esta vez me pegaron un grito. Estaba buscando las fotos de una escultura y me encontré con unas imágenes de septiembre del 2012.

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Desfile de fragmentos de esculturas del sitio Batambal en el Laboratorio del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica. Foto: I. Quintanilla.

Todo ese mes estuve limpiando y estudiando las esculturas del sitio Batambal en el laboratorio del Departamento de Antropología del Museo Nacional de Costa Rica.

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El proceso de limpieza de cada fragmentó requirió de muchos cuidados y especialmente de paciencia.

Me ayudaron tres asistentes: Marco, Gabriela y María Graciela. Fue una dura temporada que estuvo llena de esculturas por limpiar, y miles de fotografías que tomar, así como calcos, descripciones y medidas que parecían no acabar nunca.

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Gabriela Rodriguez y Graciela Campos limpiando dos de los fragmentos del sitio Batambal. Foto: I. Quintaniilla

Eran cerca de 170 fragmentos y solo seis esculturas completas: tres esculturas antropomorfas y tres esferas.  Limpiamos cada pieza con todos los cuidados del mundo, y seguiendo procedimientos que afectaran lo menos posible cada cosa. Buscamos a ojo y con lupa restos de pintura, huellas de las herramientas con que las que fueron hechas y huellas del uso al que habían sido sometidas. Trabajamos a toda máquina y aun así nos faltó tiempo y mas profundidad en el trabajo.

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Esferas y estatuas de piedra juntas: parte de la gran riqueza informativa del sitio Batambal.

Hoy, dos años y unos meses después de ese trabajo de laboratorio, veo hacia atrás y siento vértigo por todo lo que generó esa temporada. Ha sido un largo camino que todavía no acaba. Un camino que se ha unido a otro iniciado años atrás, también de vértigo, donde confluyen cientos de esculturas de piedra, unas sin biografía y otras llenas de historia.

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Busto en piedra del sitio Batambal. Corresponde a un fragmento de estatua reconvertido en busto. El resto del cuerpo no apareció dentro del conjunto excavado por el equipo del Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Rodrigo Rubí.

No es fácil contar historias de los objetos, interrogarlos para que cuenten su vida y la de otros objetos. Mas díificil es interrogarlos para que cuenten cosas de la gente que los hizo, los uso, los descartó, los recuperó y los mantuvo y mantienen vivos.

A diferencia de muchas otros objetos arqueológicos del Diquís, las esculturas de Batambal sí tienen historia y una larga biografía. Fueron excavadas por un equipo del Museo Nacional y han sido tratadas adecuadamente. Pero -siempre hay un pero- todavía no se ha dicho nada exhaustivo, claro, potente sobre ellas.

Y de ahí viene el grito que me dieron las fotos: todavía no he dicho nada sobre ellas, ni sobre lo que pasó en ese sitio arqueológico alrededor de ellas. ¿Valió la pena tanto trabajo de laboratorio? Cierro los ojos, los abro y nada mas me digo: Tengo que decir algo. Ahí había mas que cosas rotas. Ahí hay historia, gente y objetos rotos. Pero, ¿por qué están rotos y de esa manera? ¿Por qué tantos fragmentos incompletos, gastados, reutilizados?

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Detalle de un sector de la excavación del sitio Batambal con un conjunto de fragmentos de esculturas y las tres esferas de piedra. Foto: Francisco Corrales, Museo Nacional de Costa Rica.

Por alguna razón tres pequeñas esferas de piedra estaban rodeadas de estas piezas rotas, todas ellas debajo de la base de una estructura hecha de piedra. La gente del Museo Nacional las excavó y las llevó al laboratorio. Han pasado dos años y cuatro meses desde que me atreví a quitarles la capa de tierra que tenían adherida. Ya toca decir algo para no recibir mas gritos de las imágenes. Tampoco quiero despertar un día y encontrar una escultura mostrándome sus colmillos por olvidarlas, o por no hacer bien mi trabajo.

Rodrigo Rubí J. Escultura antropomórfica. P-299-BT-F. E-85 / Procedencia: 82N 24/26W/42-65 cmb/d. Batambal, Palmar Norte, Puntarenas. Costa Rica. ft dic2012.

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Esferas en la playa

Esferas en la playa

Vaya donde vaya encuentro esferas. Unas son auténticas esferas precolombinas, otras son piedras muy redondas esculpidas por la naturaleza y una gran mayoría son réplicas en cemento. La de esta foto es de cemento. Me gustó verla medio decorando, medio demarcando espacios, medio tirada, medio cuidada. Está en un bar de playa, en Guanacaste junto con unas horrorosas creaciones de metates-lagarto, tigres con cabezas colgantes y otras atrocidades en cemento artístico.

Es bueno que haya una estética basada en lo precolombino. Es mucho mas bueno que las esferas estén llegando a Guanacaste y a sus playas, lugares donde nunca estuvieron las precolombinas de verdad. Supongo que ya remiten a algo que debe ser el pasado y la historia; lo indígena y lo que hubo antes. Si solo son decoración pues ni modo. Habrá que dotarlas de contenido y esa tarea nos toca a quienes nos dedicamos a esto del Patrimonio, la Historia y la Memoria.

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Gente que “jala piedras”: cuando el trabajo colectivo y el conocimiento sirven para mover grandes cosas

Desde hace unos meses no he podido escribir nuevos aportes en éste, mi querido blog. Hay momentos en los que las cosas no son como quisiéramos, momentos en los que la vida nos atropella, cuando la enfermedad y la perdida de seres queridos nos llegan de manera brutal, nos rompen el alma y nos sitúan en lugares y estados emocionales “inconocibles“, al decir de mi papá.

No sé si podré volver con el impetú anterior, con los mismos deseos de compartir que animaron la creación de este espacio desde su origen hace mas de un año. Lo intentaré y espero que sea medicina, consuelo y alegría. 

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Gente que “jala piedras”: cuando el trabajo colectivo y el conocimiento sirven para mover grandes cosas

Hace unas semanas me reuní con unos niños que estaban preparando una presentación sobre las esferas de piedra precolombinas para una feria científica. Me hicieron una exposición sobre lo que iban a decir y me entrevistaron como experta en el tema. Los escuché, los interrumpí varias veces y no pude resistirme a preguntarles algunas cosas.

Les pregunté si ellos entendían lo que significaba que una esfera pesara dos, tres, diez y hasta quince toneladas. Les pregunté si sabían lo que era una tonelada, lo que equivalía tener 100, 150 o 250 centímetros de diámetro. Les pregunté si sabían lo duro que era un gabro  o una grano-diorita, y si podían imaginarse lo que era fabricar una esfera casi perfecta usando instrumentos de piedra.

Las pobres criaturas, inspiradas por sus madres para hacer la investigación, se me quedaron mirando con cara de asombro que pasó a ser frustración, posiblemente decepción y, quizá en lo mas profundo de su inocencia pre-adolescente, rabia. No tenía derecho a preguntarles eso. Sé que los presioné. Quizá los forcé a pensar en cosas de la materia difíciles de visualizar. Es posible que me haya excedido en lo que quería transmitirles.

Trate de suavizar mi actitud y quise ayudarlos a pensar. Les dije que algo especial de las esferas precolombinas del sur de Costa Rica era que muchas de ellas pesaban mucho y que  parte de lo maravilloso de estas esculturas era que habían sido trasladadas a través de muchos kilómetros sin ayuda de maquinaria con ruedas, sin caballos, ni bueyes, ni búfalos de agua,  y unas pocas hasta en bote por el mar.

Les expliqué que en el Pacífico Sur, el lugar donde fueron hechas las esferas, llovía mucho; que había muchos ríos, grandes y pequeños; que era montañoso y que trasladar una gran piedra entre la frondosa vegetación debió haber sido una tarea dura que sólo con habilidad, ingenio y trabajo bien organizado se podía hacer.

Ahora que lo veo en perspectiva debí haber parecido una pastora evangélica, una pastora del culto al conocimiento de las esferas de piedra ¡Necesitaban comprender lo que significaba una tonelada en una roca esférica! Tenían que saber la verdad, iluminarse, sorprenderse, caer rendidos ante estos asombrosos objetos.

Hablé solo una vez con estos niños y sus madres. No me llamaron de nuevo y no sé como acabó su trabajo de investigación. Cuando los dejé en la heladería donde nos habíamos reunido y me fui caminando por la calle me entró un sentimiento extraño, pero nada nuevo para mí. Era el sentimiento de no tener respuestas suficientes, de no saber decir ni explicar aspectos fundamentales sobre la gente que hizo y usó  las esferas de piedra.

¿Cómo explicar ese aspecto maravilloso de las esferas de piedra del sur de Costa Rica que tiene que ver con su traslado? ¿Cómo explicarle a gente acostumbrada a grúas, a medios mecánicos, algo que se dio sin que existiera lo que ahora es parte de nuestra vida cotidiana? ¿Cómo hablar de otra gente y de su manera de trabajar y de organizarse en un mundo lleno de máquinas y de artificios? ¿Cómo explicar y convencer si no tenemos talleres de fabricación de esferas documentados, si no tenemos la “fotografía” de la gente transportándolas?

Traslado de una esfera de piedra precolombina en 1999 usando cargadores de gran capacidad y cadenas de acero. Aparte del conductor del cargador y de unos pocos ayudantes, el resto de la gente era mera espectadora del proceso. Era otro tiempo, otra gente, otra tecnología y había otro sentido en este traslado. La única que no había cambiado era la esfera.

Pasaron los días y mientras masticaba mis pensamientos sobre la reunión con los niños encontré una información en Facebook que me iluminó y me dio esperanza en encontrar respuestas a mis inquietudes. En la página del Proyecto Jirondai (https://www.facebook.com/proyectojirondai) se anunciaba una actividad en Amubri, Talamanca. Se trataba de la “jala de la piedra” (Ak kuk, en idioma bribri), una práctica ancestral de traslado de piedras de moler donde participa gran cantidad de gente.

En Costa Rica, “jalar” es un verbo. Se usa de distintas maneras, y la de mover cosas es una de sus acepciones. La gente jala cosas, las mueve a través del uso de la fuerza. Yo puedo jalar algo, pero entre muchos podemos jalar más. En Talamanca, los bribris jalan piedras de manera colectiva, al igual que lo hacen con otras muchas cosas.

La radio La Voz de Talamanca hacía la convocatoria para llevar una vieja piedra de moler hacia sus instalaciones. Me emocioné con la invitación, hice algunos contactos y el 27 de septiembre me fui para Amubri.

Quería ver con mis propios ojos esta práctica tradicional, documentar el proceso y encontrar argumentos para explicar el trabajo colectivo que implicó la fabricación, traslado y uso de las esferas de piedra a través de un pueblo indígena vivo. Fui hasta allá y apenas tuve tiempo para dormir una noche.  Al día siguiente regresé a la casa de mis padres porque mi mamá no se encontraba bien. He tenido que ver el traslado a través de los ojos de la gente del proyecto Jirondai y de mi amigo Ricardo Araya. Es a través de ellos como sé lo que les voy a explicar.

Las piedras que trasladan los bribris son para las mujeres. Son piedras grandes para moler distintas cosas, pero especialmente el maíz que se usa en la preparación de la chicha. Su traslado sigue toda una serie de rituales y actividades que comienzan muchos días antes del traslado propiamente.

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La piedra de moler cuando recién llegó a su destino final. ¿Cuánto pesa? ¿200 kilos? ¿250 kilos? Pesa lo suficiente como para requerir toda una inversión de trabajo colectivo. Culminar el proceso de traslado es un logro de todos y todas. Son mas comunidad cada vez que hacen esto y otras cosas colectivas. Foto cortesía de Ricardo Araya Rojas.

Hay personas que juegan un papel especial porque son quienes organizan el trabajo, hacen las proyecciones de lo que se necesita, convocan a la gente y montan la infraestructura del traslado, entre otras cosas.

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Atar bien sin tocar. Atar para cuidar a la piedra y a quienes la transportan. Solo el saber y la experiencia posibilitan que todo vaya bien y se cumpla la tarea. Foto cortesía Ricardo Araya Rojas.

El traslado de estas grandes piedras de moler se hace gracias al trabajo colectivo. El motor que mueve las piedras son los muchos hombros sobre los que se asientan troncos y lianas que sostienen la roca que nadie puede tocar- solo su propietaria, la mujer que escogió la piedra-.

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La organización del trabajo es fundamental en el traslado de la piedra de moler. Ni que decir de la fuerza y de la gran capacidad de física de quienes cargan el peso de la misma. Foto cortesía de Ricardo Araya Rojas.

No hay bueyes, ni carretas, ni grúas. Solo gente organizada que lo hace de manera muy alegre, que comparte y pone sus hombros.

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Hombres y hombros cargando la pesada piedra que se asienta en cuerdas vegetales y en troncos cortados expresamente para soportarla. Foto cortesía de Ricardo Araya Rojas.

Cruzan ríos, suben laderas, caminan entre el lodo y la vegetación tropical.La llevan a su lugar de destino siguiendo la cuerda vegetal guía que lleva la mujer dueña y sus acompañantes.

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No hay obstáculos para el traslado de la piedra de moler. La fuerza colectiva supera la naturaleza. Foto cortesía del Proyecto Jirondai.

Hombres y mujeres participan en el traslado. Jóvenes y mayores. Cada uno ocupa el rol que le corresponde. Participar del traslado crea comunidad que a la vez es un requisito indispensable para hacerlo una y otra vez. No hay dinero de por medio, solo trabajo, fuerza, coordinación y experiencia acumulada. Sí, hay chicha -la bebida de maíz que fue molido en otras piedras que vivieron el mismo proceso-. También hay voces, cantos, solidaridad entre la gente; gente que se une para hacer cosas grandes; gente que se une para ser y seguir siendo.

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Las mujeres van guiando el traslado de la piedra de moler a través de una liana o cuerda vegetal. Foto cortesía de Proyecto Jirondai.

Todos jalan para el mismo lado, y jalan lo mismo. A veces unos más que otros pero siempre con el mismo objetivo. En este caso jala mas un bejuco, una liana llevada por mujeres, que un bak-hoe o unas cadenas de acero.

Es posible que no vuelva a ver a los niños de la feria científica. Supongo que les habré aportado algo. Ellos a mí mucho. Volvieron a sembrar en mi las ganas de saber más, de buscar nuevas respuestas. En Talamanca puede que estén muchas de ellas. Habrá que ir hacia allá a buscar lo que las esferas y los sitios arqueológicos donde están o estuvieron no me puedan dar.

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Nota: Aquí pueden ver un pase de diapositivas con fotos del traslado que se hizo el 29 de septiembre. del 2013 Todas son imágenes tomadas por Ricardo Araya Rojas: http://www.youtube.com/watch?v=6XVl1ixTYPI. Le agradezco su gentileza al autorizarme a reproducirlas. Igualmente le agradezco a Luis Porras del proyecto Jirondai la autorización para usar sus fotos y el poco pero enriquecedor tiempo compartido.

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Sobre felinos rechonchos en Barcelona y en el Diquís

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El gato de Fernando Botero en la Rambla del Raval, Barcelona. Foto: I. Quintanilla.

Ayer caminaba por la Rambla del Raval y aproveché mi paseo por esta parte vieja de Barcelona para visitar una de mis esculturas mas queridas: el gato gordo de Botero. Me encanta ese gato rechoncho, tan de Fernando Botero, tan exageradamente carnoso.

Me gusta, no tanto porque sea gato ni gordo. Es porque se deja tocar, porque mucha gente se sube a sus lomos, porque le tocan el cascabel -Botero sí pudo ponérselo-, porque posa y posan con él. Es un gato amigable  y afectuoso, a pesar del frío metal.

Gente sobre el gato de Botero
Gente montada sobre el gato de Botero. Es un caso excepcional de interacción entre paseantes y obra escultórica. Foto: Juan Pedro Chuet.

En la Rambla del Raval el gato de Botero encontró su lugar. Muchas personas también sienten que ese es su lugar, aunque estén de paso. Y es que tocarle los bigotes, caminar entre sus patas, tocarle sus grandes testículos hace que uno se sienta parte de ese espacio y de ese lugar. Esto casi nunca sucede con la escultura pública. Al contrario: la escultura pública, especialmente la conmemorativa y la referida a personajes importantes, tiende a alejar, a infundir respeto, marca distancia y segrega el espacio.

La escultura en espacios públicos muchas veces llama a la ira por lo que representa. Si se puede se le destruye; si no hay quien la vigile, cae en desgracia prontamente. No son objetos neutros; dicen mucho y generan distintos sentimientos. Por eso muchas de las esculturas públicas a lo largo de la historia de la humanidad han terminado rotas, descabezadas e inutilizadas.

En el Diquís precolombino hubo un momento en que convivían grandes esculturas públicas -las esferas monumentales- y otras obras escultóricas de pequeño formato. Entre estas pequeñas había unos felinos rechonchos como los de Botero.

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Escultura de felino. Delta del Diquís. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Diego Matarrita.

Son piezas que miden entre 15 y 40 cm de largo y la mitad de alto. Fueron hechas en roca arenisca, y por lo general se han encontrado completas. Se hicieron y se usaron básicamente en el Delta del Dquís y sus alrededores inmediatos. No parecen haber sido hechas en grandes cantidades.

A la fecha se  conocen cerca de 40 esculturas de este tipo, lo que contrasta con las más de 300 esferas que se han documentado.

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Otro felino en piedra del Delta del Diquís. Colección Museo Nacional de Costa Rica. Foto: Diego Matarrita.

Las esculturas de felinos del Diquís no dan la impresión de representar a seres agresivos, aunque enseñen sus colmillos. Sus cuerpos abultados, las colas pegadas al cuerpo y la inmovilidad  de sus poses dan cuenta de animales que parecen mas domésticos que amenazadoras fieras salvajes. Tampoco simulan la transformación chamánica de hombres y mujeres que se pueden transformar en poderosos felinos, tal y como ha sido registrado en la tradición oral sobre cosmogonías indígenas. No. Estos son más felinos gordos y relativamente amigables que seres creados para castigar y atemorizar.

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Vista frontal de la escultura de un felino del Delta del Diquís mostrando sus colmillos. Foto. Diego Matarrita.

Es curioso comparar las esculturas de bulto con las otras representaciones de felinos que hay en el Diquís. Eso que mucha gente local llama “piedra-tigre“-  y que los arqueólogos llamamos  “metates con efigie de jaguar“, son felinos, pero diferentes. Aquí no hay niños ni adultos con complejo de niños subidos sobre su lomos. Su cuerpo es la base para la molienda. Aquí las mujeres gastaron sus lomos con la diaria tarea de moler. Los de ellas y las del felino. Cada molienda adelgazaba el cuerpo en piedra, y en lugar de engordar perdía volumen cada vez que había que “picar” la superficie del plato de molienda para que “agarrara” mejor el grano, o lo que hubiera que procesar.

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Metate efigie de felino. Delta del Diquís. Foto: Diego Matarrita.

Unos gordos y otros flacos. Así se podrían describir los felinos en piedra del Diquís. No suena muy académico. Que importa. Lo que importa es que en el Diquís precolombino gustaban de los felinos gordos. Hoy en la Rambla del Raval de Barcelona también gusta un felino gordo que hace feliz a la gente.

Nota: Una crónica hermosa que cuenta el itinerario del gato de Botero en Barcelona hasta que encontró su lugar en la Rambla del Raval:

Historia de un gato gordo por Lluis Anton Baulenas (http://elpais.com/diario/2003/04/23/catalunya/1051060041_850215.html)

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Un tesoro de la arquitectura tropical precolombina en Osa: el sitio Grijalba al descubierto

Vista del área central del sitio arqueológico Grijalba, Balsar, Ciudad Cortes, Osa. Foto: Eduardo Volio.

Hoy he tenido la alegría del día. En uno de los recorridos por Facebook he encontrado unas fotos que me han iluminado. Mi amigo, mi ex-compañero de trabajo en el Museo Nacional de Costa Rica, Eduardo Volio ha puesto unas fotos del sitio arqueológico Grijalba. Son fotos tomadas con su celular, hechas para compartir con sus amigos que están lejos y que no participan de las duras jornadas de trabajo que implican lugares como éste. He tomado el teléfono para transmitirle la alegría que me había dado y para pedirle permiso de reproducir las fotos. Aquí están algunas de ellas para que entiendan el por qué de mi emoción.

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Al igual que muchos otros poblados precolombinos de Costa Rica, en Grijalba hay extensos sectores empedrados con cantos rodados. Foto Eduardo Volio.

En estas semanas un equipo del Museo Nacional ha estado haciendo una limpieza de la vegetación que cubre el asentamiento precolombino. Poco a poco, y sin necesidad de excavación, han ido aflorando las bases de las antiguas casas, los empedrados, las terrazas de nivelación y otros elementos arquitectónicos de este antiguo poblado indígena. Son casi 9 hectáreas cubiertas de restos de un pueblo fundado ahí hace unos 1200 años, por lo menos.

Aunque no he estado en estas jornadas de trabajo sé que es así porque desde 1991 conozco este lugar. En el 93 lo limpiamos y pudimos ver una pequeña parte. Ahí estuvo Lucía de la Fuente haciendo su trabajo para el curso de Investigación de campo de la licenciatura en Arqueología de la Universidad de Costa Rica. En el 94 se volvió al limpiar para que  ella continuara sus estudios.

En esos años, cuando había sectores sin vegetación y se podían ver los restos de las estructuras precolombinas, organizamos las primeras visitas a un sitio arqueológico con gente de la comunidad. Gente acostumbrada al trabajo de los huaqueros, o que nunca habían visto lo que era un sitio arqueológico, tuvieron en Grijalba su primer encuentro con la arqueología y con la educación basada en el patrimonio.

Alumnos de escuelas y colegios, alcaldes, regidores, dirigentes comunales, amas de casa, obreros, jornaleros…. mucha gente pasó por el sitio de don Alejandro Grijalba. Todavía recuerdo la emoción y el agradecimiento por las visitas guiadas que les dimos. Recuerdo las caras de sorpresa, las risas de los niños caminando alrededor de las estructuras, las preguntas tímidas de las amas de casa que se lanzaron al potrero para ir a ver las casa de los indios. Ahí descubrí el encanto de la comunicación y el sentido de la arqueología.

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Grijalba tiene dos grandes montículos artificiales con la cualidad de que en su construcción se usó roca caliza. Da gusto ver como resplandece el blanco de sus piedra cuando están recién expuestas. Foto: Eduardo Volio.

Me ha dicho Eduardo que  la propiedad donde se encuentra el sitio está a punto de ser adquirida por el Estado. Ya lo sabía por el arqueólogo Francisco Corrales y conocía la forma expedita en que se estaban haciendo las gestiones para hacer la compra. Ha sido, quizá, una de las acciones de gobierno mas positiva y beneficiosa para la conservación del patrimonio arqueológico “in situ” que se haya hecho en los últimos años. Todo esto se enmarca en el Proceso de candidatura de una serie de sitios arqueológicos con esferas de piedra como patrimonio mundial ante la UNESCO que lleva adelante el Gobierno de Costa Rica con el Museo Nacional como institución responsable.

Y es que Grijalba, además de unas extraordinarias estructuras arquitectónicas construídas a partir del uso de piedra sin uso de mortero -un elemento característico de la arquitectura tropical de esta parte del mundo- también tiene su esfera de piedra. Es una esfera de 115 cm de diámetro, fabricada en roca de tipo gabroide. Como la gran mayoría de esferas ha estado a merced de la intemperie y sin ningún tipo de protección ni mantenimiento. Soy optimista y espero que dentro de poco sea dignificada porque ella ha sido el “pretexto” para proteger este sitio.

Es una buena noticia para todos que Grijalba se vaya a convertir en un verdadero patrimonio nacional. Osa y toda la zona sur  ganarán muchísimo con la adquisición de  este sitio arqueológico por parte del Estado, y especialmente se beneficiarán si se logra desarrollar una buena gestión del mismo.

Estamos enhorabuena. Hoy  siento la misma emoción del descubrimiento, de encontrar un tesoro para compartir que viví al trabajar en el sitio Grijalba años atrás. Muchas gracias, Eduardo. Tenía mucho días de no estar feliz.

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La madre, su hijo y una esfera: una historia hecha en cemento

Esfera precolombina y escultura de madre con su hijo en brazos de manufactura moderna. Parque central de Pérez Zeledon. foto I . Quintanilla.

Cada vez que iba de San José a San Isidro o seguía camino hacia el Sur veía en un pequeño parque una escultura un poco extraña. En medio de la plazoleta alguien había colocado una escultura de una madre con su hijo en brazos sobre una esfera de piedra precolombina. Era un ensamble extraño que con el paso de los años se convirtió en símbolo de la ciudad de San Isidro El General.

La escultura de la madre, que parecía hecha en cemento, estaba posada sobre una sólida roca granítica con forma de esfera que había sido hecha por escultores indígenas hace cientos de años… Suena un poco irónico y a la vez violento, pero así lo hicieron.

En el 2011 yo tenía que reunirme con una antropóloga que trabaja en San Isidro y quedamos de vernos en el parque principal de la ciudad. Mientras la esperaba fui a caminar por lo alrededores y para mi sorpresa encontré a la esfera y a la madre.

Habían sido trasladadas desde su rincón, a la orilla de la Carretera Interamericana, y ahora ocupaban una parte muy visible del parque recién remodelado. Las habían separado: la madre seguía mirando a su hijo con amor y la esfera lucía sin su carga anterior.

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Detalle de la esfera y a madre en su nueva ubicación. Foto: I.Quintanilla.

La esfera ahora estaba en posición más alta que la madre; ya no la sostenía. Estaba incrustada sobre una base de cemento -una aborrecible práctica que no deja de repetirse- y mostraba en su parte superior la gran cicatriz que atestigua la incrustación anterior.

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Es de imaginar que pocas personas de las que caminan y se sientan en el parque de San Isidro del General no harán ninguna relación entre el viejo ensamble de la madre-esfera y el nuevo conjunto de madre y esfera sobre anillos circulares de cemento. Mucho menos harán la relación entre la esfera atada a una base innoble y el hecho singular de vivir en el territorio de las singulares y únicas esferas precolombinas. Es muy probable que no se den cuenta siquiera que esa esfera es de origen indígena precolombino, y no una burda replica reciente.

Hoy es 26 de mayo del 2013. Estuve en el parque de San Isidro a principios de octubre del 2011. Ha pasado mucho tiempo y desgraciadamente todavía estoy molesta por lo que vi. Duele reconocer la impotencia. Ver y callar… no me gusta esa opción. Mejor tener un blog y decirlo.

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Detalle esférico

Detalle esférico
Esfera precolombina. Facultad de Ciencias Agroalimentarias, UCR. Foto: Diego Matarrita.

Sería egoísta de mi parte no compartir imágenes como ésta, ¿no es cierto? Es un detalle de la esfera que está en la Facultad de Ciencias Agroalimentarias de la Universidad de Costa Rica en San José. La foto la tomó Diego Matarrita.
Sus casi 190 cm de diámetro y su curvatura perfecta nos recuerdan lo magníficas e imponentes que son las esferas precolombinas del Pacífico Sur. Hasta el musgo y los líquenes adheridos a ella se vuelven hermosos.

Esta esfera se encuentre fuera de su contexto original: se ha convertido en una esfera urbana en una ciudad que la ignora. Pero eso no le quita ni un ápice de su belleza y su valor.

 

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Una esfera invisible en la ciudad

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Foto: Diego Matarrita.

Si hiciéramos una encuesta para preguntar dónde podemos ver esta esfera- quizá la más grande que hay en el Valle Central de Costa Rica- pocas personas podrían responder. Sin embargo, miles de personas circulan cada día cerca del lugar donde se encuentra.

¿Es que esta esfera es invisible? ¿Por qué sus 190 centímetros de diámetro y sus casi ocho toneladas son tan insignificantes? ¿Es que la ciudad la engulló y la hizo perder su sentido al estar fuera de su lugar natural? ¿O es que sus “dueños” no saben lo que tienen y de alguna manera la tienen invisibilizada?

O, peor todavía, ¿es que a la gente no le importa la escultura pública, mucho menos la precolombina?

Quizá otra imagen ayude a saber dónde se encuentra esta esfera:

Foto: Diego Matarrita.

Seguro que aquí muchos la pueden reconocer. Sí, está en la Facultad de Ciencias Agroalimentarias de la Universidad de Costa Rica, en la sede de San Pedro de Montes de Oca. Ha estado ahí por mucho tiempo, posiblemente desde los años setenta del siglo pasado y fue traída, como muchas otras esferas precolombinas, del Sur del país; quizá de Osa o de otro cantón del Pacífico Sur, que son los lugares donde están los sitios arqueológicos con esferas de piedra.

Es curioso, pero ser esfera universitaria no le ha dado ningún privilegio excepcional a esta gran escultura precolombina. Sufre de ataque biológico y del mismo deterioro que la mayoría de las esferas expuestas al aire libre, sea en el Valle Central o en los lugares originales.

Foto. Diego Matarrita

Y es que aunque esta esfera haya sido removida de su lugar original y ahora esté ” sin contexto” merece ser cuidada y protegida en su integridad. El deterioro no es un problema de la piedra. El deterioro es un problema de la obra que fue plasmada en piedra y por lo tanto, es un problema del patrimonio y de la sociedad que debería tratarla como algo propio, valioso y frágil.

Con tantos años de estar ahí, esta esfera debería de tener título universitario. Un título que la reconozca en su valor y que la ayude a ser re-valorizada. Supongo que los importantes esfuerzos de inventario patrimonial que se han venido haciendo en los últimos años en la UCR incluyen esta esfera y que tanto la UCR como el Museo Nacional de Costa Rica habrán tomado medidas para conservar, proteger y especialmente poner en valor a una de las esferas de mayor tamaño que se conocen. Supongo que así será. ¿O no?

Nota: un pequeño video para ilustrar mejor el ataque biológico permanente que sufre esta esfera. No esta´hecho con cámara profesional, pero ilustra: http://youtu.be/T1bKCP9zrGQ

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