Categorías
Escultura en piedra Esferas de piedra precolombinas Patrimonio cultural Trapitos de dominguear

Saúl y su esfera para el Yadé

El lunes 27 de octubre de este año murió Yorleni Leiva, una maestra boruca. Era amiga mía en Facebook, pero no la conocía personalmente. He empezado a conocerla ahora que ya no está a través de sus amigos reales. Me he dado cuenta que era una persona muy activa, muy comprometida con su identidad indígena y muy emprendedora. Su partida ha sido una gran perdida no solo para su familia y amigos, sino para todo el pueblo bruncaj.

Restaurante Yadé.
Esfera elaborada por Saúl Morales que hoy en día adorna las afueras el restaurante Yadé, en Boruca. Foto tomada del Facebook del restaurante Yadé.

 

A Yorleni le gustaba el arte tradicional y estaba empezando a sembrar esculturas en el restaurante que montó en Boruca, su pueblo, al que había regresado después de muchos años enseñando a niños de otro territorio indígena.

Yo no lo sabía hace unos meses, pero el azar y la amistad con Saúl Morales, otro bruncaj especial como Yorleni, me llevaron a documentar parte del proceso de elaboración de una esfera que hoy luce en las afueras del restaurante Yadé, el proyecto empresarial de ella.

Me pareció interesante documentar fotograficamente la elaboración de una esfera por alguien indígena y con formación académica en escultura. Le pedí a Diego Matarrita que fotografiáramos a Saúl, amigo al que estimo y respeto profundamente. Las siguientes fotos son parte de ese proceso, que ilustra una manera actual de labrar esferas del mismo material que la mayoría de las esferas precolombinas.

Saul y la esfera 2
Saúl haciendo cortes en la roca para luego desbastarla. Agosto 2014. Foto: Diego Matarrita.

Saúl no tuvo reparos en usar sus herramientas habituales para desbastar el bloque de piedra que encontró en las cercanías de su casa, en Cañablancal de Osa. Él no pretendía hacer una réplica precolombina. Hizo una esfera de acuerdo a sus conocimientos,  a su capacidad técnica actual y, principalmente, a sus deseos.

Labrar una piedra para obtener una escultura, sea de la forma que sea, implica unos procedimientos básicos. Eliminar materia innecesaria, limpiar para ir buscando la forma deseada, es lo que hacen habitualmente los escultores. Lo mismo pasó con la esfera de Saúl.

Saúl usó su experiencia, su ojo clínico y puso todo su empeño en la dura tarea de buscar la simetría en el bloque amorfo que escogió para hacer la esfera. Poco a poco, entre el polvo en que se convirtieron los cristales del gabro, fue dando forma a la esfera. Ni una vez se detuvo a medir. A ojo, moviendo el bloque y trabajándolo todo de manera simultánea, fue encontrando lo que buscaba.

Algo que me llamó la atención fue su manera de ir dando vueltas al bloque para tener distintas facetas para tallar. No hizo falta maquinaria pesada ni ayudantes. Él sólo, con su fuerza y su ingenio, movió el bloque a placer. Y no es que Saúl sea un Superman. No…él es bajito, pero robusto. Está acostumbrado al duro trabajo del campo y ha peleado muchas veces con pesadas rocas que transformó en esculturas propias.

Saul y la esfera
Saúl moviendo la pre-forma de esfera. Agosto 2014. Foto: Diego Matarrita.

Fue hermoso verlo mover la piedra. Imaginé a sus antepasados en igual posición, de manera individual o en grupo. Muchos Saúles moviendo grandes bloques …debió haber sido grandioso en los casos de las esferas monumentales. Cinco, ocho, diez toneladas movidas en una época en que no había rueda, ni animales de tiro, solo fuerza humana, ingenio y capacidad de organizar el trabajo. Eso es parte de lo maravilloso de las esferas precolombinas.

Saul y la esfera 4
Saúl con maza y puntero eliminando irregularidades. Agosto 2014. Foto: Diego Matarrita.

Después de usar mazas, martillos y un cortador con disco diamantado para perforar la piedra, y ya con una forma básica de esfera, Saúl pasó a la maza y al puntero para afinar la superficie. Poco a poco afloraba la esfera. Quedaba eliminar irregularidades y dejar lo que él consideraba su sello, su marca para que no se confundiera con una esfera antigua.

saul y la esfera 6

No pude ver la parte final del proceso de afinado de la esfera. Sé, porque me lo dijo Saúl, que una parte quedó con cortes y evidencias del proceso de trabajo actual para que no hubiera duda de que la esfera era de ahora. Era un pedido de Yorleni. Un pedido que pudo disfrutar antes de su trágica muerte.

 

Categorías
Lo que pienso de ... Patrimonio cultural Trapitos de dominguear

Piedras con nombre propio

Hace unas semanas escuché a la antropóloga Carmen Murillo decir que el patrimonio no es lo que nombran o identifican los funcionarios de la cultura. Explicaba que el patrimonio es lo que la gente identifica como propio, como algo que le pertenece y que es a la gente a la que hay que escuchar para identificar, proteger y poner en valor eso que llamamos patrimonio cultural.

Muchas veces escuchamos algo y luego ese algo retorna ante una imagen o un recuerdo. Recordé lo que Carmen dijo mientras pensaba en una piedra que siempre he querido estudiar. Es una piedra que llaman “mano de tigre” y que está a la orilla de la carretera que va de Térraba a Boruca, allá en el Sur de Costa Rica.

Mano de tigre Gisella Diaz copia
Piedra “mano de tigre“.

La piedra “mano de tigre” pasa desapercibida para cualquiera que no sea indígena. Es una piedra relativamente grande, está sola en el camino y no parece haber sido modificada por la acción humana. Sin embargo, esta roca tiene un gran significado para la gente de Térraba y la de Boruca, dos pueblos indígenas distintos étnicamente que han compartido espacio territorial en los últimos 300 años.

Mano de Tigre 1
Detalle de la huela de la “mano del tigre”. Foto: I .Quintanilla.

La piedra “mano de tigre” conserva la huella de un tigre. Esta huella no sabemos si fue tallada o si se formó por causas naturales. Lo importante es que las concavidades que conserva han sido interpretadas y dotadas de sentido por dos comunidades indígenas. Por lo tanto tiene un significado especial para ellos en términos de sus identidades y de sus memorias.

Esta piedra constituye un límite territorial no explícito entre Térrabas y Borucas. Estos pueblos han tenido sus diferencias durante los siglos que han tenido que compartir territorio por obligación colonial. Han tenido conflictos, han intercambiado cosas, se han casado entre ellos y han sufrido de la misma manera un proceso violento de colonización occidental. En todo esto hay una piedra que los une, que ambos pueblos reconocen, a pesar de que podría ser una piedra más a la orilla de una carretera.

Mientras escribía este texto leí en Facebook un comentario de Melvin Kamel González Rojas, un gran pintor y movilizador cultural boruca. Ponía Kamel un texto con una foto.

Piedra MAMRAM Kamel copia
Piedra “Mamran”. Foto: Kamel González.

Dice Kamel: “Piedra llamada MAMRAN. En este lugar hacía su aparición el espíritu del agua Di^Sujcra a veces como hombre a veces como nutria y a veces como espíritu, nutria y hombre. Aki nace la historia de las MAMRAN hijas del Di^Sujcra. Mitos de nuestro pueblo brunkajc de tiempos precolombinos“.

Es bonito que las piedras tengan nombres. Esto les da identidad, las humaniza y las hace diferentes. Si además de nombre tienen historias y son parte de la memoria pues mucho mejor aun. Son piedras naturales con valor social y eso las convierte en algo muy importante.

Con el ejemplo de estas dos piedras naturales con nombre propio, quisiera volver a lo que planteaba Carmen.

El patrimonio no solo son los bailes, las tradiciones gastronómicas o artesanales, o los objetos que los atestiguan. El patrimonio de un pueblo, además de eso, tiene como base su territorio y el territorio tiene nombres, lugares, piedras, montañas, ríos, cuevas, cielo, estrellas…

Cuidar todo lo que tenga significado social, cultural e histórico -no solo los objetos- debería de ser una tarea fundamental de quienes se ocupan de los temas patrimoniales. Es necesario volver los ojos al territorio, no solo para buscar atractivos turísticos y desarrollar el etnoturismo como se plantea para los pueblos indígenas, sino para revalorizarlo y para que la gente se reconozca y se reconstruya como parte de un pueblo con historia.

Categorías
Información fundamental Trapitos de dominguear

Los boruca y el teñido de algodón con caracoles marinos

Los boruca y el teñido de algodón con caracoles marinos

A la memoria de Pío González

Este blog está dedicado a las esferas de piedra precolombinas. Sin embargo, detrás de las esferas hubo gente; gente indígena cuyos descendientes aún viven y mantienen muchas prácticas tradicionales. He rescatado este texto y estas imágenes de un trabajo de investigación que hice años atrás. Es un homenaje para los artesanos y artesanas indígenas que han sabido desentrañar la naturaleza y usarla de muy distintas e increíbles maneras. Esta es una de ellas.

Desde hace al menos cinco siglos, y hasta hace pocos años, cada vez que llegaba la luna menguante del mes de marzo, parte del pueblo indígena de Boruca se ponía en marcha para vivir una aventura fascinante, de la que hoy muy pocos tienen noticia.

Los boruca, quienes viven desde tiempos muy antiguos en las montañas de la zona sur de Costa Rica (Buenos Aires y Osa, Provincia de Puntarenas) tomaban sus botes de madera tallada e iniciaban un viaje aguas abajo del río Grande de Térraba para llegar a las playas de Ventanas, Piñuela y sus alrededores. Armados con madejas de algodón, bolsos, anzuelos y algunas armas de caza, estos viajeros acampaban durante unas semanas a la orilla del mar.

Ruta del recorrido desde Boruca hasta la costa del Pacífico.

Hombres y mujeres, viejos y jóvenes bruncas retornaban a una parte del territorio donde se habían movido sin barreras antes de la llegada de los españoles. En los escarpados acantilados de la costa y en los bosques enmarañados de los alrededores se proveían de sal, tintes, medicinas, resinas, moluscos, peces y otras valiosas maravillas que sólo se encontraban en esa breve franja costera.

El viaje a la costa era un momento de trabajo intenso, que rompía con la monotonía de las tareas agrícolas en la montaña. Ni bien llegaban a la orilla del Pacífico, se dedicaban a recolectar los troncos arrastrados por el mar para hacer fogatas que iluminaban las noches de campamento y cuyas cenizas procesaban para extraer sal. Después buscaban pequeños moluscos, extraían su carne y la ponían a modo de cuentas de collar en hilos; ahumaban estos collares y otras carnes de los animales cazados o pescados en el mismo viaje: sahinos, venados, tepezcuintles y todo lo que se pudiera. Había que aprovechar el tiempo al máximo. Pero también había ocasiones para la diversión: las noches que se llenaban de historias, de cantos y quizás de atrevidas aventuras a la orilla del mar.

El viaje a la costa tenía muchos objetivos, pero el principal era teñir las madejas de algodón que las mujeres habían preparado con antelación. Este era un trabajo que hacían los hombres. Se les podía ver durante las mareas bajas entre las escarpadas rocas de los acantilados, saltando de una a otra, o suspendidos en aristas de una pared de vértigo, y con una mano sosteniendo los hilos. En cualquier momento podían perder la vida por un pie mal puesto o por una traición del mar.

Don Pío González tiñendo con caracoles en Playa Ventanas, Osa, 1995

El conocimiento acumulado los llevaba a buscar dos especies de  caracoles que soltaban una sustancia blancuzca y lechosa que se convertía en morado horas después. Surem o surem-is le llaman ellos; Plicopurpura patula subsp. pansa (Gould, 1853) y Plicopurpura columellaris (Lamarck, 1816), las llaman los científicos. Son dos especies muy parecidas que viven pegadas en las rocas en las zonas donde sube y baja la marea. No sólo se encuentran en Costa Rica; se las encuentra a lo largo de la costa del Pacífico desde Baja California Sur hasta la costa norte de Perú.

Caracol usado para teñir. Playa Ventanas, Osa

En muchas partes del mundo se han usado distintas especies de caracoles para teñir. En la mayoría de los casos los moluscos morían durante el proceso, porque los trituraban para extraerles el tinte. Sin embargo, los boruca han usado una técnica de teñido directo, que consiste en extraer la sustancia tintórea del animal vivo mediante la estimulación individual de cada ejemplar.

Distribuidos entre las rocas, los hombres buscaban los caracoles, los despegaban, los sacudían para eliminar el agua salada y se los acercaban a la boca. Con la parte abierta del caracol a pocos centímetros, soplaban con fuerza suficiente para estremecer al animal escondido en el interior de su concha. El acosado animal expelía inmediatamente una sustancia lechosa, la que con cuidado de artesano era derramada sobre la madeja de algodón. “Ordeñado”, el caracol volvía al mismo lugar de donde había sido arrancado y así, caracol tras caracol, la madeja quedaba bañada en ese líquido que la convertiría en un apetecido y valioso material: algodón morado.

Caracol con el interior de su concha lleno del líquido que tiñe.

Cumplida su misión, cada hombre entregaba a su mujer las madejas teñidas. Ahora le tocaba a cada una de ellas enjuagarlas con agua salada y ponerlas a secar. Además de los caracoles, la naturaleza, ponía el oxigeno y la luz, sin los cuales no se produciría la reacción química que permitía el tinte directo y que garantizaba a los caracoles seguir viviendo y ser reutilizados tiempo después.

Madeja de algodón recién teñida con caracoles.

Después de por lo menos una o dos semanas a la orilla del mar y aprovisionados de todo lo que podían aprovechar de la costa, los hombres y mujeres boruca regresaban río arriba. Ya tenían mucho de lo que necesitaban para el resto del año y podían dedicarse de nuevo a las labores de cada uno. Las mujeres que habían conseguido teñir madejas podían incorporarla a sus tejidos o bien intercambiar parte de ellas con vecinas que no tenían la suerte de contar con marido o familiares que le convirtieran el simple algodón blanco en la valiosa fibra morada.

El hilo teñido con caracoles adquiría un valor especial dentro de la gama de colores que utilizaban las tejedoras boruca en sus telares. Además del blanco tradicional y del raro algodón café o tocolote, que también cultivaban, los tejidos se coloreaban con fibras de color verde, amarillo, azul, negro y anaranjado, todas ellas teñidas de manera natural y con  materiales conocidos y manejados desde tiempos antiguos.

El hilo morado obtenido mediante el “ordeño” de los caracoles era altamente valorado. Los boruca de mayor edad dicen que era el color relacionado con las personas poderosas. Un color que en tiempos precolombinos era usado por la gente importante al que no todos tenían acceso. En tiempo de la colonia los tejidos con hilo morado siguieron teniendo gran valor: los misioneros y gobernadores obligaban a los boruca a tributar grandes cantidades como se puede leer en varios documentos de la época.

Detalle de manta boruca con fibras moradas teñidas con caracoles. Trabajo de Doña Margarita Lázaro, 2001.

Todo lo narrado anteriormente suena a pasado remoto. Sin embargo, los boruca son uno de los seis pueblos indígenas que todavía existen en Costa Rica. En tiempos precolombinos habitaban en buena parte del Pacífico Sur, pero durante el proceso de conquista y colonización española fueron concentrados en el actual poblado de Boruca y en sus cercanías. En la actualidad, siguen desplazándose hacia la costa para teñir con caracoles. Ahora vienen  en autobús o vehículos alquilados; donde antes acampaban a sus anchas ahora es propiedad privada o zona natural protegida. No pueden cazar porque ya no hay qué cazar y porque aunque hubiera, está prohibido. La sal ya la pueden comprar en la pulpería y hay toda una variedad de hilos teñidos de manera industrial  a su disposición, siempre y cuando puedan comprarlos.

A pesar de la mercantilización y de la fuerte presión externa, las tejedoras boruca siguen cultivando su algodón, tiñendo y tejiendo. Cuando pueden, algunos hombres y mujeres se desplazan hacia la costa y tiñen unos puñados de algodón con el color que siguen extrayendo de los caracoles. Es por eso que no es extraño encontrar en tiendas de recuerdos para turistas alguna manta, mochila o un bolsito elaborado con hilos de un color morado acuoso. Posiblemente el comprador no sabrá nada acerca de esas pocas fibras y la historia que contienen. Quizás no se enteren de que los boruca, junto con los mixtecos de Pinotepa de San Luis, Oaxaca, México, son posiblemente los únicos pueblos indígenas que todavía usan el sistema de teñido directo con caracoles. Tampoco sabrán que ésta es una técnica muy antigua y que es un sistema sostenible, tanto en términos ecológicos como sociales, ya que ni muere el caracol ni mueren socialmente quienes la practican.

Nota: este texto es un resumen de los  siguientes artículos:

Quintanilla, I. 2002. “Moluscos, tintes y textiles: historia del uso del tinte morado entre las artesanas borucas de Costa Rica”. Actas de las II Jornadas Internacionales sobre textiles precolombinos (V. Solanilla, ed), Universitat Autònoma de Barcelona-Institut Catalá de Cooperació Iberoamericana, Barcelona, pp:43-59.

Quintanilla, I. 2004. “La técnica de teñido directo con caracoles: el ejemplo de los boruca de Costa Rica”. PURPURAE VESTES. I Simposium Internacional sobre Textiles y Tintes del Mediterráneo en época Romana (C. Alfaro, J.P. Wild y B. Costa, eds.), España, pp.245-252.

Aquí también está sintetizada gran parte de la información facilitada por el finado Pío González, su esposa Margarita Lázaro y otras personas de Boruca y Uvita quienes gentilmente tuvieron la paciencia y la amabilidad de orientarme en este tema.