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Acerca de la técnica de suavizar la piedra y la escultura precolombina

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Es hermoso este metate, ¿no es cierto?  Es un metate “efigie“, también llamado “piedra tigre” entre la gente de algunas partes de Costa Rica y Panamá.

Es un artefacto usado para moler, para eso su superficie plana y algo cóncava. Se ha dicho que también pudieron servir como asientos, pero no hay nada claro sobre esto.

Es muy característico de la arqueología del sur de Centroamérica, donde se han encontrado como parte de ofrendas funerarias y en contextos domésticos.

Es muy curioso que en esta parte del mundo los indígenas precolombinos fabricaran objetos de piedra para resolver necesidades de su vida cotidiana y ritual a la vez que convirtieran a gran parte de estos objetos en medios para transmitir todo un mundo simbólico.

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En la Costa Rica precolombina destaca la talla de la piedra. Esto es algo compartido en las distintas regiones arqueológicas y compartido también con los vecinos países de Nicaragua y Panamá. 

Existe gran incertidumbre acerca de las técnicas y los instrumentos usados para convertir bloques de piedra en metates o en otras formas. Para mucha gente es muy difícil pensar que los fabricaron usando otros instrumentos de piedra y por la combinación de diversas técnicas escultóricas. Cuesta creerlo, pero así fue.

Cuando la ciencia no da las respuestas apropiadas o cuando el conocimiento científico está muy alejado de la gente, se generan explicaciones propias. En el caso de la escultura en piedra precolombina de Costa Rica existe una creencia entre indígenas y campesinos que sostiene que en tiempos antiguos los indígenas podían suavizar y moldear la piedra.

La capacidad de suavizar la piedra es un pensamiento que está muy arraigado en el Pacífico Sur donde se encuentran gran cantidad de esculturas precolombinas, especialmente las grandes esferas. Algunas personas mayores lo han transmitido a sus descendientes y acompañan la explicación al hallazgo de sustancias de color verde en vasijas encontradas en enterramientos que desaparecían misteriosamente al ver la luz.

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La fabricación de las esferas sigue generando dudas y algunas personas no aceptan que los indígenas hayan sido capaces de haberlas esculpido a partir de rocas propias de la región. Foto: I. Quintanilla

Hace unos meses estuvo de visita en mi casa Doña Margarita, una muy querida amiga indígena de Boruca. Es una señora mayor que ha estado siempre muy involucrada en la recuperación de la cultura tradicional, especialmente de los tejidos de algodón. Hablando y hablando ella me contó lo que su abuelita le había explicado sobre la manera antigua de fundir la piedra y me preguntó lo que yo pensaba.

Lo único que pude decirle fue que hasta ahora no hemos encontrado restos arqueológicos de moldes ni de otras cosas que nos den indicios de que la piedra se fundía. Del oro y del cobre, sí. Pero de piedra, nada.

Oro Diquís Museos Banco Central
Indudablemente, la fundición de metales -oro y cobre- era una técnica conocida y magistralmente dominada en el Diquís. Esto no se puede decir para la piedra, a pesar de que algunos objetos puedan parecer “modelados” mas que tallados a partir de distintos instrumentos de talla.

Le puse el ejemplo de lo grandes que tenían que ser los moldes de las esferas y nos pusimos a imaginar cómo serían. Hasta nos reímos pensando en lo difícil que pudo haber sido moverlos y llevarlos de un lado a otro.

Le expliqué que muchas de las esculturas tenían las cicatrices de los instrumentos que se usaron para hacerlos y que a través de éstas se podía concluir que habían usado masas, martillos, cinceles, punteros, abrasivos y taladros. Le dije que después de hacerlos las alisaron o pulieron y hasta las pintaron. A fin de cuentas, le expliqué que fueron artesanos -muchos de ellos expertos escultores y grandes artistas- quienes hicieron esas esculturas. Que era gente de gran conocimiento y muy trabajadora.

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Escultura singular propia del Diquís. Fabricada en roca arenisca, esta escultura fue hecha usando un tipo de roca muy abundante en la región. Foto: Diego Matarrita.

También le expliqué que las piedras usadas para hacer todas esas esculturas, tanto las esferas como las esculturas de seres humanos y de animales, se encuentran de manera natural en la región y que no se ha visto que hayan cambiado cuando se convirtieron en esculturas.

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Afloramiento de gabro en la Quebrada Olla Cero en Osa. Es la misma roca utilizad para fabricar la mayoría de lase sferas precolombinas, pero en estado natural. Foto: Diego Matarrita.

Doña Margarita y yo conversamos hasta bien entrada la noche sobre esto y otras cosas. Sé que ella entendió y aceptó mi explicación. Sin embargo, también sé otra cosa, y lo entiendo perfectamente: ella siempre va a preferir lo que le dijo su sabia abuelita.

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Un monseñor al que le gustaban los ídolos de piedra

En una entrada de este blog que escribí el pasado mes de julio comentaba el caso de un fraile – Juan de Dios Campos Diez, de la orden de los Observantes- que dedicó parte de su labor misionera a la destrucción de “idolos de piedra“. Dejó constancia de su tarea en un informe de 1804, una fecha bastante tardía para seguir rompiendo objetos indígenas con fines evangelizadores.

Ochenta años después del informe del fraile exterminador fue escrito otro sobre la misma región, pero esta vez decía algo diferente. Lo escribió Manuel Hidalgo Bonilla y aquí les transcribo una parte de su contenido:

El sábado salieron a la alta mar, el domingo, lunes y martes duró la navegación, en la tarde del 6 de mayo llegamos en frente de Boca Zacate. El miércoles 7 a las 8 de la mañana se hizo el desembarco.

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Vista aerea del extenso humedal de Sierpe-Térraba, el lugar por donde se adentró la expedición hacia tierra firme. Foto tomada de: http://www.google.es/imgres?imgurl=http://www.crhoy.com/wp-content/uploads/2013/02/terraba.jpg

En la playa estaban ya diez indios de Boruca con tres botes aguardando a S. Sia. De Boca Zacate se fueron a Boca Brava pasando por los esteros y pasando Boca Chica. En Boca Brava hubo necesidad de aguardar hasta las ocho de la noche por la marea. Toda la noche anduvimos por el río hasta llegar al Pozo.

En el Pozo quedó la embarcación del pailebote y nos fuimos en las estrechas canoas de los indios. A las 11 estuvimos en el Pozo y a las seis de la mañana llegamos. Inmediatamente se fue S.S. Ilmª con tres a visitar un lugar a dos leguas de distancia llamado las Pilas, en donde se encuentran grandes piedras de los antiguos indios. Encontró cuatro ídolos de piedra de dos varas, uno entero y tres en partes, tres figuras de animales de cuatro a cinco quintales de peso o piedra. Simbolizan venados o dantas o cariblancos. Dio después orden al alcalde de Boruca de sacar estas figuras a Boca Zacate, lo cual los indios de Boruca ejecutaron en la semana del 13 al 17 de mayo. S.S.Ilmª les pagó por la sacada $ 44 y un novillo de $16”.

¿Quien era Su Señoría o Su Ilustrísma, y qué hacía en el Pacífico Sur de Costa Rica?

Su Señoría no podía ser nadie más que el insigne e inquieto Monseñor Bernardo Augusto Thiel, quien viajaba por segunda vez a esta parte de Costa Rica, y lo hacía entrando por vía marítima desde Puntarenas para adentrarse a tierra firme en busca de los aislados y alejados territorios indígenas que la Iglesia Católica sentía como propios, en ausencia de acción del Estado costarricense.

En El Pozo -el viejo nombre de Ciudad Cortés- hizo un descanso para seguir el viaje en bote hasta Lagarto desde donde subiría hasta Boruca y a otros territorios indígenas. En realidad, no descansó -se fue a visitar el lugar del que le habían hablado en su primer visita donde habían restos de los pueblos antiguos que habían vivido en la zona.

Tristemente, el secretario que escribió el informe no dice nada sobre lo que observó y encontró Monseñor Thiel en este lugar. Solamente aporta los datos de lo que pagó para que se llevaran un grupo de esculturas de piedra  a un barco que las transportaría hacia San José, la capital. De lo poco que se dice lo único que se puede deducir es que a Monseñor Thiel le interesaban los restos arqueológicos y que destinaba parte de su tiempo en conocer de primera mano los lugares dónde estaban estos restos.

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Imagen escaneada de la publicación de Claudio Barrantes con dos religiosos posando para la cámara. Como fondo se aprecian dos de las esculturas que recolectó Monseñor Thiel y que se conservan en el Colegio Seminario.

El traslado de estas esculturas precolombinas hacia San José fue parte de un proceso que se estaba dando en otras partes del país y del mundo. El coleccionismo y el interés por lo antiguo se estaba instaurando como práctica común entre ciertas élites intelectuales. En Costa Rica, pocos años después del viaje de Monseñor Thiel, se institucionalizaría esta práctica con la creación del Museo Nacional de Costa Rica en 1887.

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Fotografía que se conserva en el Smitsonian Institution en Washington de una de las esculturas que recolectó Monseñor Thiel y que todavía se conserva en el Colegio Seminario en San José.

Es curioso. Guardar, en lugar de destruir o dejar destruirse, constituye un cambio de mentalidad radical. Destinar un lugar para guardar cosas, exponerlas a la vista pública y dedicarles cuido y mantenimiento contrasta con el afán violento de las primeras etapas evangelizadoras. Sin embargo -no nos engañemos- el proceso no dejó de ser violento.

Una cosa son las cosas y otra la gente. Y la tarea de colonizar no se detuvo por la magia de unos objetos. No. Esto siguió y sigue. Y, quizá lo más triste de esta historia es que con las primeras recolecciones de objetos arqueológicos, como esta que hizo Monseñor Thiel, se inició otro proceso más violento todavía: la separación física y emocional entre los objetos y los descendientes de quienes los hicieron, los usaron y los dejaron ahí donde estaban en ese momento. Ya nunca más serían de ellos, ni parte de su memoria.

Se podría decir que esta separación entre los objetos y la gente vinculada a ellos fue el comienzo de un camino que no acaba. De un camino de separación intencional, de un camino donde esos objetos ya no son lo que fueron, ni de quienes fueron. Objetos que perdieron su sentido, su significado original y que ahora, con casi 130 años de coleccionismo institucional, forman parte del patrimonio de una nación, de un estado y de un aparato ideológico que los dota de nuevos valores donde lo indígena es accesorio y parte del decorado.

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Búho con cabeza humana colgando de sus garras. Una escultura similar a esta fue recolectada por Monseñor Thiel en Osa, en 1884. Colección Museo del Jade, Instituto Nacional de Seguros, Costa Rica. Foto I. Quintanilla.

Viéndolo en perspectiva no sé que es más trágico. No sé si un fraile rompiendo esculturas es peor que un monseñor que se las lleva para la ciudad. El que las rompía lo hacía porque sentía que significaban algo para los indígenas. Los objetos recibían su rabia porque representaban algo. ¿Significarían lo mismo 80 años después cuando llegó Monseñor Thiel? ¿Brotaría alguna lágrima de los ojos de los borucas que ayudaron a subirlas al barco que las llevó a San José? ¿Hubo rabia o desgarro cuando las vieron desaparecer? o ¿Se pondrían a contar los reales que les dejó Monseñor Thiel, y no tuvieron ojos para lo que se iba? Eso si sería trágico, triste, desgarrador. Pero bueno… eso es la historia y la Historia.

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El enlace para leer mas sobre el fraile exterminador de ídolos:

(https://ifigeniaquintanilla.com/2013/07/07/sobre-un-milagro-indigena-en-el-sur-de-costa-rica/ )

Aquí la fuente de donde extraje la información del texto citado:

Anexo documental, segunda parte, Documento 6: Segunda visita de Monseñor Thiel al sureste de Costa Rica. Fuente:  AHABAT, serie libros Pastorales y Administrativos, Libro IV de Santa Visita del Ilm. Sr. Thiel, folios 62-67. Tomado del libro de escrito por Claudio Barrantes Cartín. Orígenes de la Diócesis de San Isidro del General. Una historia eclesiástica regional 1522-1954.

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Los boruca y el teñido de algodón con caracoles marinos

Los boruca y el teñido de algodón con caracoles marinos

A la memoria de Pío González

Este blog está dedicado a las esferas de piedra precolombinas. Sin embargo, detrás de las esferas hubo gente; gente indígena cuyos descendientes aún viven y mantienen muchas prácticas tradicionales. He rescatado este texto y estas imágenes de un trabajo de investigación que hice años atrás. Es un homenaje para los artesanos y artesanas indígenas que han sabido desentrañar la naturaleza y usarla de muy distintas e increíbles maneras. Esta es una de ellas.

Desde hace al menos cinco siglos, y hasta hace pocos años, cada vez que llegaba la luna menguante del mes de marzo, parte del pueblo indígena de Boruca se ponía en marcha para vivir una aventura fascinante, de la que hoy muy pocos tienen noticia.

Los boruca, quienes viven desde tiempos muy antiguos en las montañas de la zona sur de Costa Rica (Buenos Aires y Osa, Provincia de Puntarenas) tomaban sus botes de madera tallada e iniciaban un viaje aguas abajo del río Grande de Térraba para llegar a las playas de Ventanas, Piñuela y sus alrededores. Armados con madejas de algodón, bolsos, anzuelos y algunas armas de caza, estos viajeros acampaban durante unas semanas a la orilla del mar.

Ruta del recorrido desde Boruca hasta la costa del Pacífico.

Hombres y mujeres, viejos y jóvenes bruncas retornaban a una parte del territorio donde se habían movido sin barreras antes de la llegada de los españoles. En los escarpados acantilados de la costa y en los bosques enmarañados de los alrededores se proveían de sal, tintes, medicinas, resinas, moluscos, peces y otras valiosas maravillas que sólo se encontraban en esa breve franja costera.

El viaje a la costa era un momento de trabajo intenso, que rompía con la monotonía de las tareas agrícolas en la montaña. Ni bien llegaban a la orilla del Pacífico, se dedicaban a recolectar los troncos arrastrados por el mar para hacer fogatas que iluminaban las noches de campamento y cuyas cenizas procesaban para extraer sal. Después buscaban pequeños moluscos, extraían su carne y la ponían a modo de cuentas de collar en hilos; ahumaban estos collares y otras carnes de los animales cazados o pescados en el mismo viaje: sahinos, venados, tepezcuintles y todo lo que se pudiera. Había que aprovechar el tiempo al máximo. Pero también había ocasiones para la diversión: las noches que se llenaban de historias, de cantos y quizás de atrevidas aventuras a la orilla del mar.

El viaje a la costa tenía muchos objetivos, pero el principal era teñir las madejas de algodón que las mujeres habían preparado con antelación. Este era un trabajo que hacían los hombres. Se les podía ver durante las mareas bajas entre las escarpadas rocas de los acantilados, saltando de una a otra, o suspendidos en aristas de una pared de vértigo, y con una mano sosteniendo los hilos. En cualquier momento podían perder la vida por un pie mal puesto o por una traición del mar.

Don Pío González tiñendo con caracoles en Playa Ventanas, Osa, 1995

El conocimiento acumulado los llevaba a buscar dos especies de  caracoles que soltaban una sustancia blancuzca y lechosa que se convertía en morado horas después. Surem o surem-is le llaman ellos; Plicopurpura patula subsp. pansa (Gould, 1853) y Plicopurpura columellaris (Lamarck, 1816), las llaman los científicos. Son dos especies muy parecidas que viven pegadas en las rocas en las zonas donde sube y baja la marea. No sólo se encuentran en Costa Rica; se las encuentra a lo largo de la costa del Pacífico desde Baja California Sur hasta la costa norte de Perú.

Caracol usado para teñir. Playa Ventanas, Osa

En muchas partes del mundo se han usado distintas especies de caracoles para teñir. En la mayoría de los casos los moluscos morían durante el proceso, porque los trituraban para extraerles el tinte. Sin embargo, los boruca han usado una técnica de teñido directo, que consiste en extraer la sustancia tintórea del animal vivo mediante la estimulación individual de cada ejemplar.

Distribuidos entre las rocas, los hombres buscaban los caracoles, los despegaban, los sacudían para eliminar el agua salada y se los acercaban a la boca. Con la parte abierta del caracol a pocos centímetros, soplaban con fuerza suficiente para estremecer al animal escondido en el interior de su concha. El acosado animal expelía inmediatamente una sustancia lechosa, la que con cuidado de artesano era derramada sobre la madeja de algodón. “Ordeñado”, el caracol volvía al mismo lugar de donde había sido arrancado y así, caracol tras caracol, la madeja quedaba bañada en ese líquido que la convertiría en un apetecido y valioso material: algodón morado.

Caracol con el interior de su concha lleno del líquido que tiñe.

Cumplida su misión, cada hombre entregaba a su mujer las madejas teñidas. Ahora le tocaba a cada una de ellas enjuagarlas con agua salada y ponerlas a secar. Además de los caracoles, la naturaleza, ponía el oxigeno y la luz, sin los cuales no se produciría la reacción química que permitía el tinte directo y que garantizaba a los caracoles seguir viviendo y ser reutilizados tiempo después.

Madeja de algodón recién teñida con caracoles.

Después de por lo menos una o dos semanas a la orilla del mar y aprovisionados de todo lo que podían aprovechar de la costa, los hombres y mujeres boruca regresaban río arriba. Ya tenían mucho de lo que necesitaban para el resto del año y podían dedicarse de nuevo a las labores de cada uno. Las mujeres que habían conseguido teñir madejas podían incorporarla a sus tejidos o bien intercambiar parte de ellas con vecinas que no tenían la suerte de contar con marido o familiares que le convirtieran el simple algodón blanco en la valiosa fibra morada.

El hilo teñido con caracoles adquiría un valor especial dentro de la gama de colores que utilizaban las tejedoras boruca en sus telares. Además del blanco tradicional y del raro algodón café o tocolote, que también cultivaban, los tejidos se coloreaban con fibras de color verde, amarillo, azul, negro y anaranjado, todas ellas teñidas de manera natural y con  materiales conocidos y manejados desde tiempos antiguos.

El hilo morado obtenido mediante el “ordeño” de los caracoles era altamente valorado. Los boruca de mayor edad dicen que era el color relacionado con las personas poderosas. Un color que en tiempos precolombinos era usado por la gente importante al que no todos tenían acceso. En tiempo de la colonia los tejidos con hilo morado siguieron teniendo gran valor: los misioneros y gobernadores obligaban a los boruca a tributar grandes cantidades como se puede leer en varios documentos de la época.

Detalle de manta boruca con fibras moradas teñidas con caracoles. Trabajo de Doña Margarita Lázaro, 2001.

Todo lo narrado anteriormente suena a pasado remoto. Sin embargo, los boruca son uno de los seis pueblos indígenas que todavía existen en Costa Rica. En tiempos precolombinos habitaban en buena parte del Pacífico Sur, pero durante el proceso de conquista y colonización española fueron concentrados en el actual poblado de Boruca y en sus cercanías. En la actualidad, siguen desplazándose hacia la costa para teñir con caracoles. Ahora vienen  en autobús o vehículos alquilados; donde antes acampaban a sus anchas ahora es propiedad privada o zona natural protegida. No pueden cazar porque ya no hay qué cazar y porque aunque hubiera, está prohibido. La sal ya la pueden comprar en la pulpería y hay toda una variedad de hilos teñidos de manera industrial  a su disposición, siempre y cuando puedan comprarlos.

A pesar de la mercantilización y de la fuerte presión externa, las tejedoras boruca siguen cultivando su algodón, tiñendo y tejiendo. Cuando pueden, algunos hombres y mujeres se desplazan hacia la costa y tiñen unos puñados de algodón con el color que siguen extrayendo de los caracoles. Es por eso que no es extraño encontrar en tiendas de recuerdos para turistas alguna manta, mochila o un bolsito elaborado con hilos de un color morado acuoso. Posiblemente el comprador no sabrá nada acerca de esas pocas fibras y la historia que contienen. Quizás no se enteren de que los boruca, junto con los mixtecos de Pinotepa de San Luis, Oaxaca, México, son posiblemente los únicos pueblos indígenas que todavía usan el sistema de teñido directo con caracoles. Tampoco sabrán que ésta es una técnica muy antigua y que es un sistema sostenible, tanto en términos ecológicos como sociales, ya que ni muere el caracol ni mueren socialmente quienes la practican.

Nota: este texto es un resumen de los  siguientes artículos:

Quintanilla, I. 2002. “Moluscos, tintes y textiles: historia del uso del tinte morado entre las artesanas borucas de Costa Rica”. Actas de las II Jornadas Internacionales sobre textiles precolombinos (V. Solanilla, ed), Universitat Autònoma de Barcelona-Institut Catalá de Cooperació Iberoamericana, Barcelona, pp:43-59.

Quintanilla, I. 2004. “La técnica de teñido directo con caracoles: el ejemplo de los boruca de Costa Rica”. PURPURAE VESTES. I Simposium Internacional sobre Textiles y Tintes del Mediterráneo en época Romana (C. Alfaro, J.P. Wild y B. Costa, eds.), España, pp.245-252.

Aquí también está sintetizada gran parte de la información facilitada por el finado Pío González, su esposa Margarita Lázaro y otras personas de Boruca y Uvita quienes gentilmente tuvieron la paciencia y la amabilidad de orientarme en este tema.


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El sitio Cansot, ¿un taller de esferas?

Si uno revisa un mapa del Sur de Costa Rica puede encontrar montañas, riachuelos, pueblos y otros puntos con nombres de origen indígena. En los estudios que hizo la lingüista Carmen Rojas sobre lugares que tienen nombres derivados de la lengua boruca está Fila Cansot, un segmento de la Fila Grisera que a su vez forma parte de la Cordillera Costeña.

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Ubicación de la Fila Cansot en el cantón de Osa. Fuente: Google Maps..

En un artículo especializado que publicó en el 2001, Carmen dice que “es posible encontrar varias formas mediante las que se les puso nombre a lugares, ríos o quebradas que fueron conocidos por los borucas: tomando en cuenta las características topográficas del lugar, haciendo referencia a un animal que frecuentaba el sitio o a una planta o a un árbol característicos de ese lugar, o bien, indicando un acontecimiento histórico que hubiera ocurrido en ese sitio” .

Lo que ella dice es muy interesante e importante en el caso de un sitio arqueológico que encontré en 1991 y que llamé Cansot porque así aparecía en el mapa topográfico que tenía a mano. Años después, y gracias a un comentario que me hizo el arqueólogo Francisco Corrales de que en lengua Boruca “Can” significaba piedra, me preocupé por saber si había una relación entre el topónimo de la Fila Cansot con las esferas de piedra.

Al buscar en el diccionario Boruca-Español efectivamente encontré que esta palabra, en una de sus dos acepciones, se traduce como piedra. Por otra parte, la palabra “Sót”, también tiene dos acepciones. La primera se define como sustantivo y se traduce como “genio, modo de ser, carácter, modo de hacer algo, costumbre” y la segunda como verbo: “hacer, realizar”.

Las información anterior podría parecer anecdótica o llamativa. Sin embargo, es más que eso, ya que en esa fila montañosa se encuentran de manera natural grandes bloques de piedra que están ahí por razones geológicas, y que son del mismo material en que están fabricadas la mayor parte de esferas. Este material se llama gabro, una roca de origen ígneo muy parecida al granito.

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Rocas de gabro sobre la superficie. Son parte de los afloramientos que hay en los alrededores de las dos esferas del sitio Cansot. Foto: I.Quintanilla.

El sitio arqueológico Cansot está situado en la parte alta de la fila montañosa, a unos 200 m de altitud. Para llegar a él hay que caminar, o ir a caballo. Una vez en el lugar lo que se puede ver son dos esferas; una está completa y la otra sólo conserva poco menos de un tercio. La completa mide 163 centímetros de diámetro y la otra pudo haber medido unos 180 centímetros.

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Esfera completa del sitio Cansot, 1.63 m de diámetro. Foto: I. Quintanilla.

Si el hallazgo de estas dos esferas en la parte alta de una fila montañosa es importante, más lo es que alrededor de ellas hayan cientos de grandes bloques de piedra del mismo material. Es más que probable que sea un lugar de aprovechamiento de materia prima y de manufactura de esferas. Es posible, además, que buena parte de las esferas de Osa provengan de acá o de otros puntos cercanos.

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Detalle de la esfera completa del sitio Cansot. Destaca en ella una superficie rugosa con huellas del picado. Esto indica que la esfera estaba en un proceso de manufactura previo al alisado o pulido. Foto: I. Quintanilla.

Es muy relevante que en la memoria boruca se conserve un topónimo que puede estar relacionado con una práctica de aprovechamiento de materia prima vinculada a la manufactura de esferas. Esto es un claro indicio de territorialidad y de vinculación histórica.

A la fecha no se han llevado a cabo estudios arqueológicos en Cansot, salvo recorridos de superficie con recolección de unos pocos fragmentos cerámicos. El lugar necesita ser estudiado con profundidad y se requieren estudios especializados para documentar diversos aspectos que den luz sobre el uso de la piedra, el transporte, los procesos de producción y otros temas fundamentales para comprender el mundo del trabajo vinculado a la fabricación de las esferas y otros objetos precolombinos.