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Esferas de piedra precolombinas

Un regalo en imágenes: las esferas alineadas de Finca 6 y el sol cenital

Hay imágenes que impresionan, que gustan y que sugieren. Dentro de los cientos de fotos que Diego Matarrita tomó el año pasado para el nuevo libro sobre las esferas de piedra hay varias que me han atrapado. Hoy quiero compartir algunas de  ellas para que también los cautiven y vean parte de Finca 6 desde la mirada de Diego.

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Amanecer en el sitio arqueológico Finca 6. Foto: Diego Matarrita.

Esta primer imagen es de un amanecer en el Sitio arqueológico Finca 6. Fue tomada en uno de los días en que el sol sale en la misma dirección que el conjunto de esferas que caracterizan el lugar. Eran cerca de las las 5:40 de la mañana. El sol surgió entre la bruma mañanera, después de una tarde-noche de lluvia. Era una bola blanca, redonda, perfecta. Era otro sol. No el amarillento y luminoso que impide mirarlo directamente. Este era blanco, enorme, imponente. Se dejaba mirar.

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Esferas A y B de Finca 6. Están cubiertas por mas de 150 centímetros de sedimento depositado por las inundaciones del Río Grande de Térraba a lo largo de casi mil años. Foto: Diego Matarrita.

El conjunto de esferas de Finca 6 se conserva en el último lugar en que fueron colocadas hace unos mil años.  Esto es único. Único por lo que nos dicen y único por que se ha conservado de milagro. Había otros conjuntos de esferas alineadas y formando figuras geométricas cerca de Finca 6, en el Delta del Diquís, pero fueron destruidos y ya no existen. Finca 6 es un milagro. Ahora es Patrimonio de la Humanidad declarado por UNESCO. Es un milagro con futuro asegurado.

Finca 6 es un milagro y un regalo. Ahora sabemos que este alineamiento está relacionado con las dos fechas en el año en que el sol está en el cenit en esta parte del mundo.

En Finca 6 los indígenas colocaron este conjunto de esferas para señalar el movimiento y la posición del sol. Esto nos dice que controlaban el paso del tiempo y que manejaban conocimiento astronómico. Específicamente señalaban los días del Sol Cenital. Pero, ¿qué es esto del sol cenital? ¿Por qué es importante?

En la web de la Fundación CIENTEC (http://www.cientec.or.cr/articulos/sol-cenital-en-costa-rica) se explica esto de manera sencilla. Transcribo parte de lo que dicen sobre este fenómeno:

Sol cenital o perpendicular: El fenómeno del Sol Cenital es muy especial, solo se da en la región intertropical de la Tierra y cada localidad lo vive solo dos veces al año. Por esta razón, se puede seguir la posición del sol en las fechas indicadas e identificar cuando sus rayos caen perpendiculares sobre la región del observador. Las culturas antiguas utilizaron esta fecha para ajustar el calendario, orientar la construcción de edificios y más.

Este es un fenómeno exclusivo de la región intertropical, entre las latitudes 23,5° Norte (Trópico de Cáncer) y 23,5° Sur (Trópico de Capricornio), debido a la posición de la Tierra respecto del sol, durante su traslación.

Cada región tiene dos días de perpendicularidad al año, de acuerdo a su latitud, pero no sucede al mismo tiempo, como es el caso del Solsticio y del Equinoccio, momentos especiales para toda la tierra. En el caso del sol perpendicular, este fenómeno se va moviendo sobre el territorio costarricense de sur a norte en la primera parte del año y luego pasa de norte a sur en la segunda.

Las sombras se encogen

Cuando se habla de la perpendicularidad de los rayos solares, se entiende la incidencia de los rayos en un ángulo de noventa grados sobre un punto geográfico. Cuando se dan estas condiciones, cerca del medio día, las sombras son mínimas. A la hora exacta del sol cenital o perpendicular, una varilla vertical no dará sombra.

Generalmente se cree que los rayos solares caen de esa forma siempre a medio día, pero eso no es así. Para Costa Rica esta particularidad se presenta durante abril, después del equinoccio de marzo (de primavera, hemisferio norte), y a finales de agosto, antes del equinoccio de setiembre (de otoño en el hemisferio norte).

El sol cenital se da en toda la región intertropical. En el equinoccio de marzo, el sol es cenital sobre el ecuador terrestre, luego sigue subiendo por Colombia, Panamá y demás países del Caribe. En abril el fenómeno llega a Costa Rica y sigue hacia el norte por Nicaragua en su camino hasta el Trópico de Cáncer en territorio mexicano.

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Salida del Sol en Finca 6 en la misma dirección que el conjunto de esferas alineadas. Foto: Diego Matarrita.

Esta imagen es de otro día en que el sol salió alineado con las esferas de Finca 6. A diferencia del anterior este era un sol brillante y luminoso que nos cubrió de luz dorada.

Finca 6 no solo pudo haber sido un lugar donde se controlaba el paso del tiempo a partir de los movimientos del sol. También pudo ser un lugar de reunión cada vez que el sol salía en la misma dirección que las esferas.

De acuerdo a mi experiencia, el sol es distinto cada vez que sale en Finca 6. El paisaje cambia; la luz lo modifica todo; si ha llovido o no; si hay bruma o muchas nubes. Aquí hay una combinación de conocimiento y sensaciones. Se produce un juego de imágenes en un espacio creado para las esferas, el sol y la gente.

Nota: Al antropólogo Federico Guevara le debo haber llegado a entender la relación entre las esferas de los alineamientos de Finca 6 y el Sol Cenital. 

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Saúl y su esfera para el Yadé

El lunes 27 de octubre de este año murió Yorleni Leiva, una maestra boruca. Era amiga mía en Facebook, pero no la conocía personalmente. He empezado a conocerla ahora que ya no está a través de sus amigos reales. Me he dado cuenta que era una persona muy activa, muy comprometida con su identidad indígena y muy emprendedora. Su partida ha sido una gran perdida no solo para su familia y amigos, sino para todo el pueblo bruncaj.

Restaurante Yadé.
Esfera elaborada por Saúl Morales que hoy en día adorna las afueras el restaurante Yadé, en Boruca. Foto tomada del Facebook del restaurante Yadé.

 

A Yorleni le gustaba el arte tradicional y estaba empezando a sembrar esculturas en el restaurante que montó en Boruca, su pueblo, al que había regresado después de muchos años enseñando a niños de otro territorio indígena.

Yo no lo sabía hace unos meses, pero el azar y la amistad con Saúl Morales, otro bruncaj especial como Yorleni, me llevaron a documentar parte del proceso de elaboración de una esfera que hoy luce en las afueras del restaurante Yadé, el proyecto empresarial de ella.

Me pareció interesante documentar fotograficamente la elaboración de una esfera por alguien indígena y con formación académica en escultura. Le pedí a Diego Matarrita que fotografiáramos a Saúl, amigo al que estimo y respeto profundamente. Las siguientes fotos son parte de ese proceso, que ilustra una manera actual de labrar esferas del mismo material que la mayoría de las esferas precolombinas.

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Saúl haciendo cortes en la roca para luego desbastarla. Agosto 2014. Foto: Diego Matarrita.

Saúl no tuvo reparos en usar sus herramientas habituales para desbastar el bloque de piedra que encontró en las cercanías de su casa, en Cañablancal de Osa. Él no pretendía hacer una réplica precolombina. Hizo una esfera de acuerdo a sus conocimientos,  a su capacidad técnica actual y, principalmente, a sus deseos.

Labrar una piedra para obtener una escultura, sea de la forma que sea, implica unos procedimientos básicos. Eliminar materia innecesaria, limpiar para ir buscando la forma deseada, es lo que hacen habitualmente los escultores. Lo mismo pasó con la esfera de Saúl.

Saúl usó su experiencia, su ojo clínico y puso todo su empeño en la dura tarea de buscar la simetría en el bloque amorfo que escogió para hacer la esfera. Poco a poco, entre el polvo en que se convirtieron los cristales del gabro, fue dando forma a la esfera. Ni una vez se detuvo a medir. A ojo, moviendo el bloque y trabajándolo todo de manera simultánea, fue encontrando lo que buscaba.

Algo que me llamó la atención fue su manera de ir dando vueltas al bloque para tener distintas facetas para tallar. No hizo falta maquinaria pesada ni ayudantes. Él sólo, con su fuerza y su ingenio, movió el bloque a placer. Y no es que Saúl sea un Superman. No…él es bajito, pero robusto. Está acostumbrado al duro trabajo del campo y ha peleado muchas veces con pesadas rocas que transformó en esculturas propias.

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Saúl moviendo la pre-forma de esfera. Agosto 2014. Foto: Diego Matarrita.

Fue hermoso verlo mover la piedra. Imaginé a sus antepasados en igual posición, de manera individual o en grupo. Muchos Saúles moviendo grandes bloques …debió haber sido grandioso en los casos de las esferas monumentales. Cinco, ocho, diez toneladas movidas en una época en que no había rueda, ni animales de tiro, solo fuerza humana, ingenio y capacidad de organizar el trabajo. Eso es parte de lo maravilloso de las esferas precolombinas.

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Saúl con maza y puntero eliminando irregularidades. Agosto 2014. Foto: Diego Matarrita.

Después de usar mazas, martillos y un cortador con disco diamantado para perforar la piedra, y ya con una forma básica de esfera, Saúl pasó a la maza y al puntero para afinar la superficie. Poco a poco afloraba la esfera. Quedaba eliminar irregularidades y dejar lo que él consideraba su sello, su marca para que no se confundiera con una esfera antigua.

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No pude ver la parte final del proceso de afinado de la esfera. Sé, porque me lo dijo Saúl, que una parte quedó con cortes y evidencias del proceso de trabajo actual para que no hubiera duda de que la esfera era de ahora. Era un pedido de Yorleni. Un pedido que pudo disfrutar antes de su trágica muerte.

 

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Los boruca y el teñido de algodón con caracoles marinos

Los boruca y el teñido de algodón con caracoles marinos

A la memoria de Pío González

Este blog está dedicado a las esferas de piedra precolombinas. Sin embargo, detrás de las esferas hubo gente; gente indígena cuyos descendientes aún viven y mantienen muchas prácticas tradicionales. He rescatado este texto y estas imágenes de un trabajo de investigación que hice años atrás. Es un homenaje para los artesanos y artesanas indígenas que han sabido desentrañar la naturaleza y usarla de muy distintas e increíbles maneras. Esta es una de ellas.

Desde hace al menos cinco siglos, y hasta hace pocos años, cada vez que llegaba la luna menguante del mes de marzo, parte del pueblo indígena de Boruca se ponía en marcha para vivir una aventura fascinante, de la que hoy muy pocos tienen noticia.

Los boruca, quienes viven desde tiempos muy antiguos en las montañas de la zona sur de Costa Rica (Buenos Aires y Osa, Provincia de Puntarenas) tomaban sus botes de madera tallada e iniciaban un viaje aguas abajo del río Grande de Térraba para llegar a las playas de Ventanas, Piñuela y sus alrededores. Armados con madejas de algodón, bolsos, anzuelos y algunas armas de caza, estos viajeros acampaban durante unas semanas a la orilla del mar.

Ruta del recorrido desde Boruca hasta la costa del Pacífico.

Hombres y mujeres, viejos y jóvenes bruncas retornaban a una parte del territorio donde se habían movido sin barreras antes de la llegada de los españoles. En los escarpados acantilados de la costa y en los bosques enmarañados de los alrededores se proveían de sal, tintes, medicinas, resinas, moluscos, peces y otras valiosas maravillas que sólo se encontraban en esa breve franja costera.

El viaje a la costa era un momento de trabajo intenso, que rompía con la monotonía de las tareas agrícolas en la montaña. Ni bien llegaban a la orilla del Pacífico, se dedicaban a recolectar los troncos arrastrados por el mar para hacer fogatas que iluminaban las noches de campamento y cuyas cenizas procesaban para extraer sal. Después buscaban pequeños moluscos, extraían su carne y la ponían a modo de cuentas de collar en hilos; ahumaban estos collares y otras carnes de los animales cazados o pescados en el mismo viaje: sahinos, venados, tepezcuintles y todo lo que se pudiera. Había que aprovechar el tiempo al máximo. Pero también había ocasiones para la diversión: las noches que se llenaban de historias, de cantos y quizás de atrevidas aventuras a la orilla del mar.

El viaje a la costa tenía muchos objetivos, pero el principal era teñir las madejas de algodón que las mujeres habían preparado con antelación. Este era un trabajo que hacían los hombres. Se les podía ver durante las mareas bajas entre las escarpadas rocas de los acantilados, saltando de una a otra, o suspendidos en aristas de una pared de vértigo, y con una mano sosteniendo los hilos. En cualquier momento podían perder la vida por un pie mal puesto o por una traición del mar.

Don Pío González tiñendo con caracoles en Playa Ventanas, Osa, 1995

El conocimiento acumulado los llevaba a buscar dos especies de  caracoles que soltaban una sustancia blancuzca y lechosa que se convertía en morado horas después. Surem o surem-is le llaman ellos; Plicopurpura patula subsp. pansa (Gould, 1853) y Plicopurpura columellaris (Lamarck, 1816), las llaman los científicos. Son dos especies muy parecidas que viven pegadas en las rocas en las zonas donde sube y baja la marea. No sólo se encuentran en Costa Rica; se las encuentra a lo largo de la costa del Pacífico desde Baja California Sur hasta la costa norte de Perú.

Caracol usado para teñir. Playa Ventanas, Osa

En muchas partes del mundo se han usado distintas especies de caracoles para teñir. En la mayoría de los casos los moluscos morían durante el proceso, porque los trituraban para extraerles el tinte. Sin embargo, los boruca han usado una técnica de teñido directo, que consiste en extraer la sustancia tintórea del animal vivo mediante la estimulación individual de cada ejemplar.

Distribuidos entre las rocas, los hombres buscaban los caracoles, los despegaban, los sacudían para eliminar el agua salada y se los acercaban a la boca. Con la parte abierta del caracol a pocos centímetros, soplaban con fuerza suficiente para estremecer al animal escondido en el interior de su concha. El acosado animal expelía inmediatamente una sustancia lechosa, la que con cuidado de artesano era derramada sobre la madeja de algodón. “Ordeñado”, el caracol volvía al mismo lugar de donde había sido arrancado y así, caracol tras caracol, la madeja quedaba bañada en ese líquido que la convertiría en un apetecido y valioso material: algodón morado.

Caracol con el interior de su concha lleno del líquido que tiñe.

Cumplida su misión, cada hombre entregaba a su mujer las madejas teñidas. Ahora le tocaba a cada una de ellas enjuagarlas con agua salada y ponerlas a secar. Además de los caracoles, la naturaleza, ponía el oxigeno y la luz, sin los cuales no se produciría la reacción química que permitía el tinte directo y que garantizaba a los caracoles seguir viviendo y ser reutilizados tiempo después.

Madeja de algodón recién teñida con caracoles.

Después de por lo menos una o dos semanas a la orilla del mar y aprovisionados de todo lo que podían aprovechar de la costa, los hombres y mujeres boruca regresaban río arriba. Ya tenían mucho de lo que necesitaban para el resto del año y podían dedicarse de nuevo a las labores de cada uno. Las mujeres que habían conseguido teñir madejas podían incorporarla a sus tejidos o bien intercambiar parte de ellas con vecinas que no tenían la suerte de contar con marido o familiares que le convirtieran el simple algodón blanco en la valiosa fibra morada.

El hilo teñido con caracoles adquiría un valor especial dentro de la gama de colores que utilizaban las tejedoras boruca en sus telares. Además del blanco tradicional y del raro algodón café o tocolote, que también cultivaban, los tejidos se coloreaban con fibras de color verde, amarillo, azul, negro y anaranjado, todas ellas teñidas de manera natural y con  materiales conocidos y manejados desde tiempos antiguos.

El hilo morado obtenido mediante el “ordeño” de los caracoles era altamente valorado. Los boruca de mayor edad dicen que era el color relacionado con las personas poderosas. Un color que en tiempos precolombinos era usado por la gente importante al que no todos tenían acceso. En tiempo de la colonia los tejidos con hilo morado siguieron teniendo gran valor: los misioneros y gobernadores obligaban a los boruca a tributar grandes cantidades como se puede leer en varios documentos de la época.

Detalle de manta boruca con fibras moradas teñidas con caracoles. Trabajo de Doña Margarita Lázaro, 2001.

Todo lo narrado anteriormente suena a pasado remoto. Sin embargo, los boruca son uno de los seis pueblos indígenas que todavía existen en Costa Rica. En tiempos precolombinos habitaban en buena parte del Pacífico Sur, pero durante el proceso de conquista y colonización española fueron concentrados en el actual poblado de Boruca y en sus cercanías. En la actualidad, siguen desplazándose hacia la costa para teñir con caracoles. Ahora vienen  en autobús o vehículos alquilados; donde antes acampaban a sus anchas ahora es propiedad privada o zona natural protegida. No pueden cazar porque ya no hay qué cazar y porque aunque hubiera, está prohibido. La sal ya la pueden comprar en la pulpería y hay toda una variedad de hilos teñidos de manera industrial  a su disposición, siempre y cuando puedan comprarlos.

A pesar de la mercantilización y de la fuerte presión externa, las tejedoras boruca siguen cultivando su algodón, tiñendo y tejiendo. Cuando pueden, algunos hombres y mujeres se desplazan hacia la costa y tiñen unos puñados de algodón con el color que siguen extrayendo de los caracoles. Es por eso que no es extraño encontrar en tiendas de recuerdos para turistas alguna manta, mochila o un bolsito elaborado con hilos de un color morado acuoso. Posiblemente el comprador no sabrá nada acerca de esas pocas fibras y la historia que contienen. Quizás no se enteren de que los boruca, junto con los mixtecos de Pinotepa de San Luis, Oaxaca, México, son posiblemente los únicos pueblos indígenas que todavía usan el sistema de teñido directo con caracoles. Tampoco sabrán que ésta es una técnica muy antigua y que es un sistema sostenible, tanto en términos ecológicos como sociales, ya que ni muere el caracol ni mueren socialmente quienes la practican.

Nota: este texto es un resumen de los  siguientes artículos:

Quintanilla, I. 2002. “Moluscos, tintes y textiles: historia del uso del tinte morado entre las artesanas borucas de Costa Rica”. Actas de las II Jornadas Internacionales sobre textiles precolombinos (V. Solanilla, ed), Universitat Autònoma de Barcelona-Institut Catalá de Cooperació Iberoamericana, Barcelona, pp:43-59.

Quintanilla, I. 2004. “La técnica de teñido directo con caracoles: el ejemplo de los boruca de Costa Rica”. PURPURAE VESTES. I Simposium Internacional sobre Textiles y Tintes del Mediterráneo en época Romana (C. Alfaro, J.P. Wild y B. Costa, eds.), España, pp.245-252.

Aquí también está sintetizada gran parte de la información facilitada por el finado Pío González, su esposa Margarita Lázaro y otras personas de Boruca y Uvita quienes gentilmente tuvieron la paciencia y la amabilidad de orientarme en este tema.